Vivir de Otra Manera: Ecofeminismo como revulsivo cultural

Eva del Fresno

Frente a las mentiras de la extrema derecha el ecofeminismo señala  las verdades que nuestro sistema está negando, por lo que resulta hoy especialmente molesto y necesario. Frente a la insolidaridad y el individualismo nos recuerda que somos, sin excepción, vulnerables. Y frente a la polarización social que la nueva política debe pivotar poniendo en el centro el cuidado de la vida. Pero la mayor mentira de los grupos reaccionarios es cuando se presentan como de extrema necesidad, haciéndonos creer que sólo hay una forma de hacer las cosas  y  que en época de crisis la agresividad es  aún más legítima. El ecofeminismo nos recuerda que hay otras opciones y que otras decisiones son posibles.

Otras opciones y decisiones posibles

La primera diferencia que existe entre estos dos movimientos  es  cómo se construyen y cómo refuerzan su propia identidad. El discurso del odio necesita tener para reafirmarse un enemigo al que demonizar y contra el que dirigir su ira. Siempre se  trata de destruir algo, de conquistar algo, o de mantenerlo sometido para no perder el poder.  Estos sentimientos son los que le permiten extenderse, y  los que le dan fuelle para repuntar cíclicamente en la historia. Paradójicamente funcionar así es  una muestra de dependencia y constituye una debilidad. En el mismo sentido en que un depredador depende de su víctima, el discurso que se construye contra otros, necesita de alguien que permanentemente represente ese papel. Y a su vez ese sujeto marginado va a desarrollar una conciencia crítica. Por eso una  sociedad jerárquica incorpora estructuralmente un espacio para la resistencia y la esperanza que siempre va a estar ahí.

No destruir: deconstruir

El ecofeminismo sin embargo se construye de modo distinto. Lo que hace es cuestionar la realidad y buscar el modo  de reorganizarla para que  responda  mejor a las necesidades humanas. No  busca destruir sino deconstruir; desmontar poco a poco lo que está mal hecho sin que la estructura se desmorone. Es decir necesita paciencia, esforzarse por entender lo que se está haciendo, actuar con respeto y con cuidado para que el proceso sea inocuo. Y una vez que el proceso concluye no hay un espacio para el odio porque resulta – sorpresa – que era lo único innecesario.

Esta primera diferencia en los mecanismos a la hora de formarse ya marca que el ecofeminismo no puede   limitarse a ser una crítica a la extrema derecha o una reacción reformista dentro del sistema, sino que constituye una alternativa cultural. Aunque sea la antítesis del fascismo se contrapone a todos sus valores sin tomarlo como referencia ni caer en la trampa de la confrontación. Lo que hace es generar lógicas distintas, en función de otros valores y otros argumentos, que  resultan más estables a nivel social y ecológico y que forman un todo independiente.

¿Pero cómo llegamos hasta este punto?

El ecofeminismo empezó a deconstruir el sistema en  el momento en que observó y se dedicó a estudiar la relación que existe entre el patriarcado, el capitalismo, y la crisis ecológica a la que nos enfrentamos.

El patriarcado a largo plazo es insostenible ecológicamente 

Hay muchos tipos de sociedad patriarcal. Es normal porque es un sistema antiguo y por  tanto  se ha reinventado muchas veces adaptándose a los distintos lugares y momentos históricos. Aunque todos los patriarcados se basan en la subordinación de las mujeres, en su opresión, explotación y maltrato, y  en atribuirle distintos roles y capacidades a las personas en función de su sexo. En un momento determinando un patriarcado empezó a producir en serie, aplicó las máquinas al trabajo en cadena y se inició una revolución que cambió nuestra economía, nació el capitalismo que es el responsable directo del agotamiento de los recursos naturales y del cambio climático. Pasó de ser una herramienta del progreso que nos permitiera vivir mejor a amenazar nuestra supervivencia en el futuro. Y la clave está en los valores que guiaron toda esa locura. ¿Adivinas cuáles? Los mismos que regían la sociedad, los mismos que la gente consideraba correctos y naturales, y por los que se guiaban  las relaciones entre hombres y mujeres. Cuando establecemos un paralelismo entre la explotación de la naturaleza  y la subordinación de las mujeres tenemos que tener en cuenta cuál es la consecuencia última y cuál la causa inicial.

La relación entre los sexos es nuestra base cultural

El machismo encontró una estrategia muy buena para reproducirse generación tras generación, y le fue tan bien que a día de hoy sigue utilizándola. Las palizas, las violaciones, los límites que imponían las leyes a las mujeres estaban bien, pero si hablamos de todas las mujeres y de la necesidad de mantener el orden en toda la sociedad hacía falta algo más: los roles de género son construcciones culturales que permiten naturalizar las relaciones de poder, permiten que los hombres sean “hombres” y  las mujeres “mujeres” y de esa forma se educa para asumir lugares distintos en el mundo de forma natural. Se educa también en una forma de pensar y de actuar, en unos valores y razonamientos, y en una lógica. La lógica del patriarcado será la que forme nuestras mentalidades. Luego las personas, – realmente los hombres – como miembros de los espacios de poder y toma de decisiones construirán el mundo a su imagen: construirán un tipo de política, de económica, y establecerán unas relaciones con otras comunidades y con la naturaleza en las que reflejarán lo que son y su visión del mundo. Construiremos incluso nuestra propia visión de Dios, lo interpretaremos desde la subjetividad humana de un modo u otro, y los caminos que imaginemos para el desarrollo espiritual acabarán cortados por los mismos esquemas mentales que dan sentido al resto de nuestra vida.

No se trata de las mujeres si no de la igualdad 

Nos podríamos imaginar la desigualdad como una tierra árida, con poca diversidad y hambrunas periódicas.  La igualdad no solo sería una tierra fértil, sino también resistente  a las plagas. Las  semillas de odio  no van a germinar  en esta tierra. Si germinaran no crecerían por falta de alimento. Y si crecieran no podrían reproducirse porque  las personas que no se rigen por la crueldad en sus relaciones personales no son de esperar que las acepten naturalmente en cualquier otro ámbito.

Las mujeres sabemos que no tomamos mejores decisiones por ser mujeres, pero un mundo donde las mujeres toman decisiones igual que los hombres es ya un mundo mucho  mejor. Si lo que queremos es una sociedad libre, democrática, ética, colaborativa, desarrollada espiritualmente, al servicio del bien común y capaz de autorregularse y razonar con madurez, necesitamos lo primero de todo una sociedad igualitaria a partir de la que reproducir esquemas de comportamiento sanos y horizontales. No podemos mejorar nuestro mundo si no mejoramos como personas y en ese proceso superar el machismo es vital, no sólo para la mujer que ha sido golpeada y se siente abandonada en algún lugar en estos momentos, si no para todos y todas. Debemos empezar a pensar que nuestro destino colectivo está ligado al trato que reciben las peor tratadas.

Un mundo igualitario no estará exento de problemas, quizá de conflictos que ahora nos resulta difícil imaginar. Pero toca dar marcha atrás y probar algo nuevo ahora que estamos en un punto de inflexión. Vale la pena esforzarse, vale la pena intentarlo. Frente a la intolerancia y la intransigencia  lo que el ecofeminismo defiende en el fondo es la esperanza, y que nos merecemos ante  todo esa segunda oportunidad.

1 comentario

    • Rasputin en 14 abril, 2019 a las 21:59
    • Responder

    La ideología de género es incompatible con la fe cristiana.
    Y por cierto, los extremistas son peligrosos pero existen en todas partes: en la derecha, en la izquierda, en el ecologismo, en la religión, etc.
    Un saludo.

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