Vendrán de Oriente y de Occidente

Antonio Zugasti

Vendrán de Oriente y de Occidente, del Septentrión y del Mediodía y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. (Lc. 13,29)   En el Reino de Dios. En ese Reino de total plenitud que Dios levantará más allá del tiempo y del espacio. Pero ahora, en el tiempo y en el espacio, nosotros tenemos que caminar hacia él, por muy superior a nuestras fuerzas que sea el alcanzarlo. Aquí, entre nosotros, en nuestro mundo, en la España del 2007, tenemos que plantar los signos de ese Reino  de vida y de fraternidad. ¿Qué signos del Reino de Dios tenemos que plantar los que proclamamos creer en él?

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Aquí y ahora vemos que vienen a miles de Oriente y de Occidente, del Septentrión y del Mediodía, de Pakistán y de Ecuador, de Polonia y de Senegal. Un día se sentarán en la mesa del definitivo Reino con Abraham, con Isaac y Jacob. ¿Les vamos a negar que se sienten ahora a nuestra mesa? ¿Podremos escudarnos detrás de las vírgenes prudentes para decirles: “Es que no hay bastante para nosotras y para vosotras”? ¿Qué Reino vamos a construir si no les admitimos a nuestra mesa?

Pero ¡cuidado! no vayamos a caer en la tentación de pensar que somos como ese rey que da un banquete, y generosamente invita a todos los pobres que andan por los caminos para que vengan a comer  a su mesa. No es nuestra mesa. Se trata de comer en la gran mesa que Dios ha extendido sobre la Tierra para todos los seres humanos. No cabe duda de que los habitantes de los países ricos hemos sido más hábiles para surtir de alimentos nuestra parte de mesa. Pero tampoco cabe la menor duda de que muchas veces nos hemos dedicado y nos seguimos dedicando a expoliar a otros pueblos, simplemente porque nuestra “habilidad” se ha plasmado en una superior tecnología militar, la cual nos permitía dominarlos y explotarlos a nuestro antojo. Dejarlos, pues, que se sienten a la mesa en que estamos sentados no es un acto de graciosa condescendencia, es una obligación de estricta justicia. Tampoco cabe duda de que si seguimos con nuestra exacerbada “habilidad y eficacia” para explotar la tierra, es muy probable que, en vez de una mesa cada vez más abundante, nos encontremos con un desierto de hormigón y pesticidas.

En este pasaje de Lucas, lo mismo que en el paralelo de Mateo (Mt. 8, 10-11) nada indica que se exija a esos que vienen de Oriente y Occidente ningún requisito de conversión previa a una determinada religión. Toda la humanidad será juzgada de acuerdo a los mismos principios: “Tuve hambre y me distéis de comer o no me distéis de comer”. Lo que sí está muy claro es que algunos “hijos del Reino”, de esos que comieron y bebieron con el Maestro y le oyeron predicar en sus plazas, serán arrojados fuera. (Lc. 13, 26) ¿No podemos pensar que serán, precisamente, los que cerraron la puerta a los que vienen de lejos, los que sean arrojados fuera?

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Sentarse a la mesa con alguien no es simplemente dejarle que coma, que sacie su hambre lo mismo que se hace con una hamburguesa en un sitio de comida rápida, donde cada uno va a lo suyo y nadie comparte nada. En el Evangelio sentarse a la mesa es signo de comunión, de amistad, de convivencia. Compartir la comida es compartir la vida. Compartir, romper barreras, acercarse unos a otros, porque como dice Pablo, en Dios “no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre” (Col. 3, 11).

¿Cuál tendría que ser  la actitud de los cristianos ante los que vienen de oriente y occidente? Por supuesto acogerlos. La prudencia nos obligará a pensar cuáles son las mejores formas de acoger a los que vienen, pero siempre bajo la premisa incuestionable de que no podemos rechazarlos. Pero, además ¿podemos decir que compartimos la mesa si los dejamos encerrados en ghetos, alejados de nuestra vida y nuestras preocupaciones? El símbolo de la mesa compartida nos empuja inevitablemente a una convivencia fraternal, a una fusión, a un mestizaje.  Ninguna pretensión de superioridad cultural, ni de pureza de raza o religión verdadera, está por encima del llamamiento del Padre a una fraternidad universal.

Acogimiento en un plano de igualdad. Damos y recibimos, y no sólo en el aspecto económico y laboral.  La teología más actual pone de relieve que los mandamientos de Dios no son ocurrencias de un arbitrario legislador. Los mandamientos lo que hacen es ayudarnos a descubrir lo que reclama la realización más plena de nuestra condición humana. El mandamiento de Amar a Dios no es la imposición de un ególatra que quiere sentirse centro de todas las miradas y todos los afectos. Es una invitación para acercarnos al misterio insondable de la vida con una mirada de amor y confianza. Es la única manera realmente positiva de enfrentarnos a la angustia existencial que se esconde en el fondo de todo corazón humano. Amar al prójimo como a uno mismo es la única forma de tener un corazón de carne en vez de un corazón de piedra, de hacer crecer en nosotros las tendencias más positivas para nosotros mismos y para los demás. Nos permite superar el conocido verso de Antonio Machado: vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas. No, si realmente nos dejamos llevar por el amor que nos mostró Jesús, viviremos en paz con los hombres y en paz con nosotros mismos.

Cuando Jesús nos apremia para sentarnos a la mesa con los que vienen de Oriente y Occidente, en realidad nos presenta el camino para superar las estrecheces y las insuficiencias de nuestra propia cultura, de nuestra forma de ver la vida y de disfrutarla. Pablo nos dice: Probadlo todo y quedaos con los bueno. Pensar que nuestra cultura, nuestra forma de vida, incluso nuestra religiosidad, son perfectas y no tienen que aprender nada de nadie, no sólo sería una estupidez soberana, es que sería un gesto de soberbia totalmente inaceptable.

Nuestra civilización occidental ha logrado formidables realizaciones materiales, pero

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también padece formidables carencias. El mismo desarrollo material no sólo se ha erigido en ídolo incuestionable que ahoga el espíritu, sino que cuestiona la propia supervivencia de nuestras sociedades, y hasta la vida del planeta. El hombre occidental se ha reducido al Hombre unidimensional de que hablaba Marcuse. Necesita un soplo de aire nuevo, que precisamente puede venir de otras culturas más apegadas a la madre tierra. Este hombre unidimensional ha desarrollado extraordinariamente la inteligencia instrumental, la capacidad técnica. Sabe cómo poner en órbita un sofisticado satélite artificial, pero ha perdido el hábito de pensar por qué y para qué lo hace. Y acaba usándolo para transmitir 60 canales de televisión que atonten un poco más a la gente.  Otras culturas conservan una sabiduría humana que se pregunta por el sentido profundo de lo que hacemos. Un diálogo sincero y humilde con esas culturas nos podría aportar elementos de los que tenemos una carencia alarmante.

En la cultura occidental se ha desarrollado una teoría de los derechos humanos que, bien mirada, parece un notable avance sobre lo que históricamente conocemos en la humanidad. Es una valiosa aportación que nuestra cultura puede y debe hacer a toda la humanidad. Pero desgraciadamente esas solemnes proclamaciones se quedan en papel mojado y perfumado, pero papel.

Son precisamente los que se tienen que jugar la vida para venir a nuestra mesa, porque en sus países se mueren de miseria, los que nos hacen ver todo lo que de brindis al sol tienen nuestros cacareados derechos humanos. Nos obligan a una cura de honradez y sinceridad en este terreno, lo que nos evitaría caer en un esquizofrenia destructora de nuestra propia estabilidad social.

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Desde luego ninguna civilización ha dispuesto de la enorme capacidad de crear riqueza que posee la nuestra, pero seguramente es también la civilización menos capaz de disfrutarla, y se debate en un agotador y estéril esfuerzo para conseguir más y más. Nuestra sociedad opulenta busca desesperadamente la alegría de vivir en las drogas del alcohol, la coca o el consumo. Otros pueblos y otras culturas, que gozan de mucha mayor capacidad para disfrutar de la vida, aunque esta sea más sencilla y austera, nos pueden ayudar a encontrarla.

La gran mesa compartida nos acerca más al reino de Dios porque nos hace más humanos.

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