Vamos a recuperar la alegría

Bajo este enunciado general, tan optimista, se desarrollarán los cuatro números de  Utopía correspondientes a este año 2006.

En este primero, que tienes entre tus manos, reflexionaremos sobre La Buena Noticia de Jesús, fundamento y razón de la esperanza cristiana, que debería ser gran motivo de alegría para quienes creemos que el Reino de Dios llegará un día a nosotros. Y en los tres siguientes profundizaremos en aquellos valores de la vida, que Dios puso a nuestro alcance, para que los compartiésemos, y, así, alegrarnos la existencia a los seres humanos: el amor, la sexualidad, la amistad, los placeres gratuitos, la fiesta, la diversión, la creatividad, la esperanza…

Hoy, como decíamos, toca La Buena Noticia que, 21 siglos después de que Jesús estuviese físicamente entre nosotros, aún sigue anunciándose, aún sigue siendo un proyecto, una utopía, y ¡qué largo y lento se nos hace el proceso de su consolidación!

Quisiéramos que sucediese ya. Que los dones del Reino, que predijo Jesús, pudieran ser disfrutados por todos los habitantes del mundo. Pero vemos la vergonzante pobreza de tantos millones de seres humanos, los turbios intereses de las guerras, que imperan sobre los intentos de paz, la proliferación de armas, la violencia contra las mujeres, la esclavitud infantil, el aumento constante de seres humanos insignificantes en las grandes poblaciones de nuestro primer mundo, tanto atropello, tanta exclusión que nos parece imposible que la Buena Noticia llegue a hacerse algún día realidad.

Sin embargo, no podemos caer en el desánimo. Si dejamos de creer en las palabras de Jesús y en su proyecto, que, aunque no finalizado, está en marcha desde que él lo anunció, tenderemos a instalarnos en nuestro estatus lo más cómodamente posible y adoptaremos una mentalidad carente de cualquier crítica hacia los poderes establecidos.

Nuestro moderado optimismo ha de estar fundamentado más en la esperanza de un mundo futuro de justicia, paz y fraternidad que en el sombrío presente que nos toca vivir.

Y la Buena Noticia llegará a sus destinatarios, los pobres en todas sus formas, si los cristianos, seguidores de Jesús, no nos conformamos con esperarla, sino que nos implicamos, como él, en su consecución. Los que esperamos la Buena Noticia debemos trabajar en la dirección de lo que esperamos. La Buena Noticia que se anuncia llegará si los anunciantes realizamos las obras del Reino de Dios.

Y, aunque la situación no esté para tirar cohetes, hay motivos para la esperanza y la alegría. Algo se está moviendo en el mundo que anuncia una nueva era, una nueva forma de pensar: los movimientos antiglobalización, los foros mundiales iniciados en Porto Alegre, los bancos de los pobres, las asociaciones de Comercio Justo, los Grupos por la Paz y el Desarme, las elecciones como presidentes, en países pobres, de líderes populares e indígenas, la creciente preocupación por la madre Tierra, el florecimiento de organizaciones ecologistas, la cada vez más ilusionante llegada al poder y a los foros de opinión y participación de las mujeres. Todo esto, y muchas más cosas hacen que podamos, a medio plazo, mirar hacia el futuro con optimismo. Y a corto plazo, nosotros estaremos felices si nos comprometemos con esas y otras causas justas. Si nos sentimos cercanos a los pobres y presentamos con ellos batalla contra la pobreza, si nos solidarizamos con los inmigrantes, con los enfermos, con los marginados y con las víctimas en general sentiremos que la Buena Noticia ya está instalándose en nuestras vidas. Y, lo que es aún más importante, seremos portadores de buenas noticias. Porque los más desfavorecidos esperan por nosotros: sólo de quienes se solidarizan con su sufrimiento les puede llegar la salvación.

Hace unos meses, en nuestra Misa de Navidad, los Cristianos de base de Gijón se esforzaban por encontrar motivos de alegría en este mundo nuestro, escrutando la realidad, buscando la Buena Noticia que les animase la Nochebuena. Úlvio, un sindicalista colombiano que compartía con ellos la Eucaristía, les dijo que, para él la Buena Noticia estaba sucediendo en aquellos días porque se sentía acogido, porque se sentía escuchado, porque había encontrado muestras de solidaridad con su causa, que es la de los indígenas y trabajadores de su país. Si tan sólo con escuchar y acoger podemos trasmitir alegría y esperanza, ¿qué no seríamos capaces de lograr si nos implicásemos con más fuerza en hacer realidad la Buena Noticia de Jesús?

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