Reflexión: ¿Un evangelio diferente?

Luis Pernía Ibáñez

CCP (Antequera)

La espiritualidad que emana de la Teología de la prosperidad  y la Nueva Era dejan de lado, en diferentes grados, lo colectivo, lo social y lo político, porque lo que interesa es la realización personal. Construyen un  pseudoevangelio que enaltece a los ricos y donde los pobres corren el riesgo de quedar fascinados y enredados en un vacío político-social.

La Nueva Era y la Teología de la prosperidad

 Es una pregunta que surge al acercarnos a la espiritualidad, en nuestro tiempo, ante la emergencia de los movimientos culturales, filosóficos y religiosos Nueva Era (New Age) y la Teología de la prosperidad en numerosos países.

Pero ¿qué es la Nueva Era? Las personas entendidas la definen como un conjunto de creencias que empezó con el movimiento hippie en los Estados Unidos, en los años 60, centrado en promover la evolución del ser humano, de manera individual, hacia una forma de ser en paz y armonía consigo mismo.

¿Y la Teología de la prosperidad? Es el nombre más conocido de una corriente teológica evangélica pentecostal, a veces llamada evangelio de la prosperidad. Su núcleo teológico es la convicción de que la voluntad de Dios es que sus fieles tengan una vida próspera, es decir, que sean económicamente ricos, físicamente sanos e individualmente felices. Es la teología del neopentecostalismo, basada en interpretaciones fundamentalistas de la Biblia y en rasgos de la mencionada corriente  Nueva Era.

Individualismo y relativismo ético

Ambos movimientos  tienen numerosas coincidencias. Quizá la más importante es el énfasis en el individualismo, que permite a cada cual formular su propia verdad religiosa, filosófica y ética. Así en la Nueva Era las personas se forman según el tema que les interesa, pues los campos que abarca la Nueva Era son tan amplios que pueden ser el tema de las llamas gemelas, la angelología, la metafísica, los extraterrestres, las piedras y gemas, las mancias, las meditaciones, las pseudoterapias, la sanación o el crecimiento personal. En el caso de la Teología de la prosperidad,  su religiosidad y su ética están centradas en el individuo, dejando de lado, en diferentes grados, lo colectivo, lo social y lo político, porque lo que interesa es la realización personal; en algunos casos existen redes de solidaridad hacia dentro de la propia comunidad, pero sobre todo hacia los “triunfadores”, no hacia fuera. Impulsa a las personas a tener una fe milagrera, ajena al compromiso social y político.

En la Nueva Era encontramos un acentuado relativismo en cuanto a la ética. En este sentido no existen criterios éticos universales, ni se pretende que deba haberlos. No existe el pecado ni la infidelidad moral; sólo hay error de conocimiento. Tampoco existen la culpa y el miedo, porque si se siguen los impulsos naturales y espontáneos, nadie puede dar recompensas o castigos por hacer algo que es natural. Su ética se construye sin fidelidad a nadie ni a nada, y así la ética no deriva del encuentro con un Dios que ama y que pregunta ¿dónde está tu hermano?, sino de la experiencia del encuentro con los propios deseos. Podemos entenderla como una  ética burguesa imposible de asumir por quien pasa hambre o le falta lo necesario. Si miramos la Teología de la prosperidad encontramos que todo se centra en el éxito de las propias obras, muy lejos de la concepción de una humanidad expectante de u a salvación escatológica, ligada a Jesucristo Salvador. Por tanto, encarna una forma peculiar de pelagianismo, en contra de la cual Francisco ha advertido en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate que hay cristianos empeñados en seguir el camino “de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor”.

Antropocentrismo religioso intimista y sin compromiso

Quizá el énfasis más notorio en la Nueva Era es que todos los valores o la propia felicidad son entendidos exclusivamente en un plano espiritual, interior, emocional, sin compromiso social transformador, ni búsqueda de la justicia en el mundo; interesa sólo la paz interior de cada uno y la salvación personal.

La Teología de la prosperidad es en realidad una forma de antropocentrismo religioso que pone en el centro al hombre y su bienestar, y transforma a Dios en un poder a nuestro servicio, a la Iglesia en un supermercado de la fe y a la religión en un fenómeno utilitarista. Esta teología responde claramente a los conceptos filosófico-político-económicos de corte neoliberal. Así, a la pregunta que se formula el profesor sudafricano Anthony Egan  de si la teología de la prosperidad tiene algo que ver con la corrupción social y económica, su respuesta es que “la teología de la prosperidad no crea ni justifica la corrupción, pero no ayuda a detenerla”.

Un Dios útil para el poder

Esta imagen de prosperidad y bienestar se inscribe en el denominado american dream, el sueño estadounidense. Este sueño es la visión de una tierra y de una sociedad entendidas como un lugar de oportunidades. Una de las conclusiones de esta teología es de naturaleza geopolítica y económica, y es que los Estados Unidos han crecido bajo la bendición del Dios providente. En cambio los habitantes del territorio que va del Río Grande hacia el Sur están hundidos en la pobreza, justamente porque la Iglesia tiene una visión diferente, opuesta, que exalta la pobreza o la teología del sufrimiento.

La Teología de la prosperidad traduce mecánicamente, en términos religiosos, la opulencia y el bienestar como verdaderos signos de la predilección divina, que se sienten o se conquistan mágicamente con la fe. Esta teología supone, pues, un gran soporte al neoliberalismo y fue difundida en todo el mundo durante décadas, gracias a gigantescas campañas mediáticas, por movimientos y ministros evangélicos, especialmente los neocarismáticos. El evangelio de la prosperidad (prosperity gospel) ha ido difundiéndose no solamente en los Estados Unidos, donde nació, sino también en África, India, Corea del Sur, Costa Rica, Guatemala. Colombia, Argentina y, sobre todo, Brasil. Son también notorias, como alerta en un reciente artículo Juan José Tamayo titulado “La internacional cristo-fascista, el  asalto al poder blandiendo la Biblia y el crucifijo”, sus conexiones con partidos de extrema derecha y grupos religiosos ultra, como el de los cristianos evangélicos que han hecho incendiario su mensaje de que “Donald Trump ha devuelto a Dios a la Casa Blanca”.

Puede que la prédica de estos movimientos responda a un rechazo a la teología del sufrimiento y al racionalismo reinante, pero el dejar de lado aquella orientación liberadora e igualitaria del cristianismo originario y aquella pregunta bíblica “¿dónde está tu hermano? solo nos puede hacer pensar que el fantasma de un pseudoevangelio recorre numerosos países.

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