Reflexión: Trampas a la espiritualidad

Deme Orte. CCP Valencia

La espiritualidad es algo humano. No es pura acción del Espíritu. Está por ello arriesgada de manipulación, de malentendidos y tergiversaciones. No hay una sola espiritualidad correcta, pero no todo vale igual. Hay que detectar posibles “trampas” que nos hacemos, hacemos o nos hacen. 

Trampas “a” la espiritualidad

El Espíritu sopla donde quiere. Así es de diversa la espiritualidad en formas, estilos, contenidos… La espiritualidad la solemos entender como la vida animada por el Espíritu. Y la vida también es muy diversa. La diversidad es una riqueza.

Pero la espiritualidad no es sólo “acción del Espíritu”. Es también acción humana y, como tal, tiene también la riqueza y la limitación de todo lo humano, la ambigüedad, la miseria y la sublimidad de lo humano. La espiritualidad ha ido haciéndose y mostrándose a lo largo de la historia humana de mil modos y mediaciones. Desde la espiritualidad “primitiva” del homo sapiens prerreligioso, a la espiritualidad de las distintas religiones, culturas, iglesias, credos y carismas. Así, se ha hablado de espiritualidad monástica, sacerdotal, laical, ignaciana, franciscana o de Carlos de Foucault…, y se habla de espiritualidad post-religiosa, incluso post-cristiana o transhumanista… ¿Significa eso que todo vale? ¿Quién decide qué sí y qué no?

Oración y espiritualidad

Hace poco los obispos de la Conferencia Episcopal Española publicaron unas “Observaciones doctrinales sobre la oración cristiana”. Delimitan la oración cristiana a la dirigida por la doctrina correcta como única verdadera. Y advierten de los graves errores que acechan a los cristianos que practican la meditación zen o el mindfulness (ejercicio de plena atención). La espiritualidad no se reduce a la oración. Y ésta no se reduce a las fórmulas litúrgicas establecidas por la Iglesia… Que “la unión con Dios se realiza objetivamente en el organismo sacramental de la Iglesia” es un reduccionismo dogmático. Para combatir el relativismo se cae en el dogmatismo.

Cristianos y cristianas que practican el zen advierten que no se pierde por eso la identidad cristiana ni significa convertirse al budismo. Pero también advierten que hay prácticas meditativas con pretensiones espirituales que usan la palabra zen inapropiadamente. Algunas de esas prácticas pueden ser sucedáneos de una espiritualidad auténtica, que pretenden una “higiene mental”, un equilibrio y una armonía personal, una pacificación interior, una búsqueda de un bienestar que llaman integral pero que se queda en un ensimismamiento narcisista sin conexión con la realidad exterior a la persona (“todo está bien”).

Espiritualidad y religión

La espiritualidad, como “dimensión profunda de lo real”, es anterior a la religión. La religión organiza e institucionaliza la espiritualidad en unas doctrinas, mitos, ritos, liturgias, fórmulas, que de algún modo dan forma y cosifican la espiritualidad. Cuando una religión teísta se basa en que Dios revela la verdad, la religión se apropia de la verdad y del poder que da, absolutizándolos como fines. El nuevo paradigma cultural se llama, entre otras denominaciones, post-religioso o post-religional, no porque vayan a desaparecer las religiones, sino porque más allá de la religión cabe una espiritualidad profundamente humana. Y cabe una “inteligencia espiritual” como capacidad de intuir el Misterio, más allá de la revelación mítica religiosa. 

Es posible, por tanto, una “espiritualidad laica” en un mundo progresivamente secularizado (y en nuestro contexto, descristianizado). Una espiritualidad que supera el dualismo sagrado-profano, divino-humano, natural-sobrenatural… La dignidad humana es sagrada por sí, sin precisar “agua bendita”. Los Derechos Humanos son sagrados sin invocar palabra divina. El mundo es sagrado sin necesidad de Creador que lo bendiga.

La prueba del algodón

Caben muchas espiritualidades, una rica y legítima diversidad en formas o estilos… Pero más allá de la superficialidad, la espiritualidad va a la dimensión de la profundidad de lo real, y es ahí  donde se dilucida la autenticidad o no de una espiritualidad. “Cada árbol se conoce por su fruto” (Lc 6,44): “amor, alegría, paz, tolerancia, generosidad, sencillez, dominio de sí…” (Gál 5,22). No sólo a nivel individual, sino de comunidad cristiana, de Iglesia y más allá de la Iglesia: donde están sus frutos, señal de que “alienta” el Espíritu.

Y, por contra,  donde los frutos son los contrarios ¿qué espíritu alienta?

-El capitalismo como “economía que mata” (Francisco), como sistema ecocida, genocida, “aporocida”…

-la globalización neoliberal que “descarta”, y acrecienta la desigualdad…  

-el patriarcado que discrimina y mata…

-el clericalismo en la Iglesia, el abuso de poder, los privilegios…

¿Qué espiritualidad cabe dentro de esos sistemas?

Espiritualidad cristiana

Hay también muchas “espiritualidades” cristianas. Si responden a la diversidad de dones y carismas del Espíritu, forman parte de la riqueza de la herencia cristiana. Pero también son revisables y capaces de autocrítica. Hay índices que pueden ser sospechosos. Y hay notas que pueden ser identificativas. Por ejemplo:

-una espiritualidad profética: de denuncia y anuncio, como Jesús. Espiritualidad sin profetismo es sospechosa.

-una espiritualidad “jesuánica”, con más referencia a Jesús que a la Iglesia, la religión o la doctrina. Si se olvida de Jesús ¿es cristiana?

-una espiritualidad comunitaria, compartida, fraternal y sororal. Que no caiga en el narcisismo o el individualismo egocéntrico.

-una espiritualidad liberadora: para sí: con los frutos de paz, alegría, sencillez…; y para los demás: comprometida, activa, transformadora. Una espiritualidad descomprometida es sospechosa.

-una espiritualidad feminista, sin ignorar ni silenciar a las mujeres y lo femenino.

-una espiritualidad ecológica, de comunión con el cosmos, de cuidado de la casa común, de admiración, contemplación, respeto y defensa…

-una espiritualidad con la opción por los pobres, teniéndolos como prioridad bien presente. Si se silencian tal vez es que no están…

Cada persona y cada comunidad y la Iglesia han de mirarse al espejo y reconocerse con sus luces y sus sombras. El Espíritu está ahí y sopla. “No tengamos miedo de abrir nuestros corazones a su amor”.

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