Reflexión: Tensión Ético-Política en el Evangelio

Evaristo Villar

Tengo para mí que, mientras dure la historia, ningún código ético podrá ser absoluto. Tampoco la praxis política, en su empeño por articular en cada momento la libertad individual con el bien común, podrá ser nunca definitiva. ¿Y qué pensar de las propuestas del evangelio?

1. La relación entre la política y la ética nunca ha sido fácil. Siempre ha estado atravesada por la pulsión que genera la dialéctica entre el deseo y lo posible, entre el valor y el precio, la utopía y la realidad historia.

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El problema es complejo. Y no solo por el pluralismo político de hoy, también por la diversidad de códigos éticos que coexisten en las sociedades actuales. La superación del conflicto —fenómeno que acompaña siempre “a los/las diferentes”— mediante la ley y el orden no siempre es suficiente para fundar una sociedad igualitaria, justa y pacífica.

La tensión se ha venido complejizando en las últimas décadas por la presencia de dos nuevos factores: el proceso de globalización y la mercantilización de las sociedades.

El proceso de globalización ha puesto de manifiesto que podemos ser sensibles, justos y verdaderos (éticos) de muy diversas maneras. Y esto —una riqueza, en teoría, para la conciencia humana— está llevándonos a la relativización de comportamientos que puede conducirnos al descalabro. Lo advertía en 2017 el pensador Zygmunt Bauman: “O la humanidad se da las manos para salvarnos juntos o, si no, engrosaremos el cortejo de los que caminan rumbo al abismo”.

Por su parte, el fenómeno de la mercantilización, al que ya se refería el filósofo Karl Polanyi en 1944 como “la gran transformación”, ha convertido la economía de mercado en una sociedad de mercado donde todo, hasta la verdad y la conciencia, se convierte en mercancía. Su última versión, la economía especulativa, es la nueva religión que dicta los rumbos de la política mundial.

Grosso modo, advertimos varios escenarios donde se hace mayormente presente esta tensión: el civil o ética laica y el religioso con su moral particular. Todavía cabe destacar, en este segundo, otra referencia, el Evangelio, a la que, por razones de espacio, voy a referirme brevemente.

2. Nos centramos en un fragmento del Evangelio de Marcos 14, la Unción en Betania, donde, a mi juicio, se encuentra un buen ejemplo de dicha tensión.

El relato está envuelto en un arcaico simbolismo que, convenientemente desenmascarado, deja entrever las distintas posiciones que existen en la primera Iglesia sobre la muerte de Jesús.

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El biblista Gerd Theissen, en su libro Estudios de sociología del cristianismo primitivo, descubre en el cristianismo naciente tres corrientes o tipos: “El radicalismo itinerante”, que ha revivido una y otra vez en movimientos sectarios como el montanismo, los monjes mendicantes o la izquierda de la Reforma protestante; “el radicalismo gnóstico” de orientación místico-individualista; y “el patriarcalismo de amor”, origen de instituciones perdurables en la Iglesia. Este último, concluye Theissen, “templó el radicalismo cristiano primitivo lo suficiente para que la fe cristiana se convirtiese en una forma colectivamente practicable; pero no suprimió del todo las otras tradiciones, y así ha ido alimentando, de continuo, las otras corrientes “heterodoxas”. Ha sabido, una y otra vez, asimilar corrientes radicales o eliminarlas. Esto último, como sabemos, con más patriarcalismo que amor” (p. 40).

Pues bien, en la Unción de Betania, hacia los años 70, ya aparecen en la comunidad cristiana dos posturas enfrentadas en la interpretación de la entrega de Jesús y sus seguidores hasta la muerte en servicio de la humanidad y los pobres.

Para unos, es la expresión máxima de amor que se recordará siempre como buena noticia en todos los rincones del mundo. Su gesto heroico pervivirá en el sentido que expresa el filósofo Gabriel Marcel: “Amar a una persona es decirle: tú no morirás jamás”. La mujer, quebrando el frasco y derramando todo el perfume sobre la cabeza de Jesús, es el símbolo profético de los verdaderos seguidores dispuestos a jugarse la vida por las mismas causas de Jesús.

Para otros, el sector más oficial, representado por los Doce, se trata de un rotundo fracaso. Estos judíos piadosos, según Marcos, están más cerca de la expectativa de un Mesías “hijo de David”, poderoso (nacionalista, guerrero, restaurador de la gloria de Israel), que del Mesías “hijo de Dios”, servidor (universalista y bienhechor de la humanidad) —calcado sobre la figura del “Siervo de Jahvé” del II Isaías— que era la realizada por Jesús. Para esta segunda tendencia, a los pobres se les puede ayudar mejor desde el poder, sin necesidad de poner en juego la propia vida. Dispuestos a dar cosas (la limosna como remedio de la pobreza), pero no la propia persona. Los que riñen a la mujer por el despilfarro del “perfume de nardo” y niegan valor a su gesto,  niegan también valor a la muerte de Jesús: es malgastar la vida, cuando las cosas se pueden hacer de otra manera.

Ante la provocación que supone el conflicto, los seguidores de Jesús están siempre avocados a optar, sin ambigüedades, por una de las dos alternativas: o implicar la vida como el propio Jesús y la mujer, o “reservarla” (Mc 8, 35) considerando eso un despilfarro.

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