Reflexión sosegada sobre la economía actual

Nuria Vahdat Owrang.

En estos últimos años todos hemos oído referencias a la crisis económica, el desempleo, las devaluaciones, el estancamiento del  sistema capitalista, etc. Pero los avances tecnológicos, las prioridades a corto plazo y las soluciones rápidas dejan poco margen para profundizar en las verdaderas causas del problema. Nos conformamos con poner parches, que evidentemente no son soluciones a largo plazo.

Cuando hablamos de economía, nos referimos comúnmente a la ciencia que se esfuerza por estudiar los recursos, la creación de riqueza y la producción, distribución y consumo de bienes y servicios para satisfacer las necesidades humanas. Entonces, si el ser humano tiene la capacidad de analizar, de diagnosticar y de encontrar respuesta a las necesidades materiales que tiene, por qué nos encontramos con un aumento de la distancia entre los extremos de pobreza y riqueza, por qué en el mundo menos de un centenar de personas poseen la riqueza de la mitad de la humanidad. Los desequilibrios entre unos países y otros son enormes; sin embargo, también encontramos el mismo patrón dentro de un mismo país o una misma ciudad.

Desde cierta perspectiva, podríamos analizar la situación actual del mundo en procesos de crisis y victoria. Por ejemplo, la crisis global muestra que el mundo está unido, que estamos interconectados y que lo que ocurre en un lugar del planeta afecta inevitablemente a otros. En cambio, no hay mecanismos para regular la economía a nivel internacional; la economía sigue siendo gestionada desde el ámbito nacional. Esto hace que haya países que se aprovechen de producir más barato en determinadas zonas del mundo y luego multiplican exponencialmente sus precios de salida al mercado para aumentar sus beneficios, sin tener en cuenta las condiciones de producción. Otra consecuencia de que no exista una regulación a nivel internacional es que vemos ejemplos de países a los que se les permite endeudarse más que a otros, porque son una potencia económica.

Tal y como está planteada la economía actual, vemos que está basada en una concepción materialista del ser humano, dejando de lado su parte espiritual, la parte que trata de la unicidad de la humanidad, del amor que debemos sentir los unos a los otros; es más, que debemos preferir el bienestar ajeno al personal. El dinero se ha convertido en el lenguaje de la economía y muestra el valor de todo lo que nos rodea. El peligro de ello es que a menudo excluimos otra serie de valores que pueden ser de mucha importancia para la calidad de vida de las personas; por ejemplo, el valor de la solidaridad, el valor de la unidad, el valor de la justicia entre unos y otros.

Todo este modelo de vida, en el que la economía está en el centro de la sociedad y en el centro del desarrollo, nos lleva a buscar una felicidad enfocada únicamente a la obtención de más bienes materiales, los cuáles nunca tienen fin y nunca son satisfactorios del todo, por lo que sigue una cadena de necesidad perpetua que nos convierte en lo que hoy en día nos llaman consumidores.

En una economía materialista como la actual, cada individuo, cada empresa y cada comunidad luchan por tener más poder económico, sin importar quiénes salgan perjudicados, luchando los unos contra los otros para sobresalir. Porque se entiende que la responsabilidad del individuo es para con su familia y allegados, la responsabilidad de la empresa es para con sus accionistas y directivos, y la de cada comunidad para con sus miembros. Por lo tanto, podemos decir que el modelo actual en Occidente, donde nuestro país está incluido, cosifica, es individualista, gira alrededor del dinero y del consumo. Se incentiva al individuo para que piense que es el centro del universo y que tenga que satisfacer todas sus necesidades, la mayoría de las cuales son creadas.

Con esta concepción de la economía, a los individuos, a las empresas, a los países y a las comunidades se les empuja a preocuparse por su propio progreso con tal de mantener su elevada posición en el espacio económico, porque subyace la idea de que el ser humano es materialista, que el progreso es el progreso material y se consigue por medios materiales, de modo que de cuantos más se disponga, mejor.

Analizando la historia reciente de la economía, nos encontramos con que repetimos constantemente, por ciclos, las mismas crisis e inestabilidades en las relaciones económicas internacionales, que afectan a regiones enteras y que han llevado a la ruina a países completos, lo que nos demuestra la profunda ignorancia sobre la gestión de los sistemas económicos. La manera en la que planificamos y administramos nuestra economía tiene grandes lagunas y una enorme fragilidad, que están en el origen de algunos de nuestros problemas más relevantes, como son la pobreza, el desempleo, la creciente brecha entre las naciones más ricas y las más pobres o la crisis de la deuda.

Otro de los problemas más graves ante los que nos encontramos actualmente es la relación de la economía con el medio ambiente, en el que se explotan los recursos como si fueran inagotables. Esta relación de abuso nos está llevando a atravesar una gran crisis ecológica donde encontramos asuntos sin resolver como el agujero en la capa de ozono, la contaminación, la pérdida de la biodiversidad, el incremento de gases de efecto invernadero, etc.

Cuando observamos las grandes crisis de la humanidad, podemos encontrar en el fondo del asunto una cuestión fundamental que tiene que ver con cómo percibimos la naturaleza humana. Independientemente del problema al que nos enfrentemos, ya sea de índole política, económica o social, es el hombre el que está a prueba.  Los grandes desafíos que afronta el mundo actual, tales como la globalización, el vacío de instituciones internacionales con capacidad vinculante, los fundamentalismos religiosos, todos sirven para revelar profundos abismos en nuestra filosofía espiritual. Los supuestos en los que nos basamos no han sido cuestionados y necesitan una reevaluación. ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es la verdadera felicidad? ¿Cuál es el impulso natural del ser humano ante el dolor ajeno? Ha llegado un momento en el que estas cuestiones no se pueden postergar ni eludir más.

Ante este panorama tan desafiante, encontramos comunidades y grupos de personas, como la Red de Economías Alternativas Solidarias (REAS), la Economía del Bien Común, la Fundación para la Aplicación y la Enseñanza de las Ciencias (FUNDAEC) o el Banco Grameen, desarrollado por el Premio Nobel Muhammad Yunus, que se están esforzando por llevar adelante modelos alternativos que consigan combinar la parte espiritual y material del ser humano, que traten de ejemplificar la unidad de la humanidad y trabajar codo con codo como un cuerpo orgánico en una sociedad en la que se revalorice el papel del individuo, la comunidad y la institución en el desarrollo global de la humanidad.

 

 

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