Reflexión: Los valores y las virtudes

Marta Fernández de Rivera

Ha llegado el momento de despertar. Tienes todas las herramientas dentro; no busques más fuera de ti. Eres una persona virtuosa y maravillosa desde tu llegada a este mundo. Tienes tesoros escondidos latiendo en tu interior. Te estoy hablando de tus virtudes, no te hablo de tus valores. Te pido que compartas esta reflexión conmigo y no sigas encerrado en la rueda de la valoración y del prejuicio; que veas más allá, llega hasta el infinito, pon en práctica tus virtudes y despierta tus talentos. ¿Me sigues?

Parece que los seres humanos nos identificamos con nuestros valores y a través de ellos reafirmamos nuestra personalidad. Decimos que tenemos una escala de valores y buscamos situaciones o personas que estén en sintonía con nosotros desde dicha escala. Sin embargo, en raras ocasiones hablamos de nuestras virtudes, dando por hecho que virtudes y valores son lo mismo, pero no es así,  aunque pueda existir una conexión práctica entre ambos conceptos.

Los valores

Los valores, como la propia palabra indica, valoran, nos hacen valorar al otro, a lo que nos rodea y por ende a nosotros mismos. Cualquier valoración es ilusoria y subjetiva, y genera diferencias con los que perciben de otro modo. Los valores generan  comparaciones que pueden dar lugar a la separación entre los seres humanos. Su dimensión está limitada a contextos sociales concretos, generando los prejuicios que tanto daño ocasionan a la humanidad.

Si bien es cierto que vivir en valores nos ayuda y nos sirve para mantener un comportamiento socialmente admitido, lo cierto es que los valores se construyen desde las necesidades grupales y desde la perspectiva del más fuerte. Pertenecemos por nacimiento a un grupo y asumimos de manera automática sus costumbres, que llamamos valores, aunque son meros referentes de pertenencia. Por ello, la falta de revisión de estas costumbres hace que en la mayoría de los casos pierdan su sentido práctico.

Ante este análisis, entiendo que es más positivo encaminarse hacia la identidad y el desarrollo de unos principios más reales y asertivos, como son  nuestras virtudes humanas. Sirva de ejemplo sobre lo que trato de compartir que en algunas culturas es valorada positivamente la monogamia, mientras que en otras se reconoce la poligamia como un acto de respeto y bien estar en el grupo. 

Las virtudes

Las virtudes, sin embargo, son principios que están por encima de los enclaves geográficos y culturales de cualquier grupo, son principios naturales que nos sirven para integrar y respetar al otro. Su práctica es fundamental para conciliar las diferencias en una humanidad que es global y que no puede quedarse estancada en unos valores-costumbres de carácter local o nacional. Lo maravilloso de las virtudes es que pueden ser reconocidas por todos de manera natural, pues ¿quién no reconoce la alegría, la esperanza, la compasión, la fe,  etc.?

Por ello, y debido a que nuestro mundo es cada vez más plural con una expansión geográfica y  cultural  inevitable, es el momento de reconocer que “la tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos”, siendo más saludable el uso de unas virtudes humanas que la de unos valores que dividen.

Vivimos una realidad física.

Pero somos conscientes de que hay en nosotros mundos interiores que se manifiestan de diferentes maneras. Hoy gran parte de nosotros sentimos y entendemos que todo nace en nuestro interior, todo nace de nuestros pensamientos, que aparecen sin control desde nuestro subconsciente y sobre los que solo podemos elegir acogerlos o no, reaccionar o analizar bajo la auto observación,

Una buena estrategia es aplicar las virtudes a la hora de actuar para evitar reaccionar, lo que será garantía para conseguir un bienestar emocional. Para ello tenemos que tomar la decisión consciente de trabajar con las virtudes cada día, lo que creará nuevos hábitos y conexiones neuronales que automáticamente cambiarán nuestros pensamientos y los harán más positivos y saludables. Vivir acorde a este potencial virtuoso  generara  UNIÓN en nosotros mismos y con los demás, y se cumplirá el principio espiritual de “amar al prójimo como a ti mismo”.

Cuando ponemos en práctica las virtudes, observamos que todas están unidas e interrelacionadas entre sí: si soy honesto tengo que ser veraz, si manifiesto excelencia tengo que poner orden, si actúo con aquiescencia he de ser comprensivo y respetuoso, si actúo en justicia he de procurar la serenidad, y así, una con otra, hay una integración común con el motor de todas ellas que es EL AMOR.

Las virtudes han  de ser vividas desde el corazón, para que el resultado sea conseguir un estado de paz y una mayor autoestima. Entonces  nuestro amor será un amor maduro y  responsable tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás; será entonces cuando aparecerán nuestros talentos  innatos.

Practiquemos, pues, el amor para que no tenga cabida el miedo; tengamos la paciencia suficiente para superar y aprender de las dificultades; tengamos persistencia y pongámonos al servicio de la humanidad; seamos creativos, perdonemos, apliquemos la justicia y seamos alegres; tengamos fe  y esperanza, y tengamos límites virtuosos; seamos siempre agradecidos.

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