Reflexión: La educación al servicio de la vida

Elena Martín Ortega

Elena Martín Ortega

Universidad Autónoma de Madrid

Miembro de la Comunidad de Santo Tomás de Aquino

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 marcan un rumbo que la escuela no puede ignorar, ya que, de hacerlo, perderá una vez más la ocasión de ser la herramienta de liberación, al servicio de la vida, que constituye su única fuente de legitimidad.

Éxito escolar e inclusión social

 ¿Quién no ha sentido alguna vez a lo largo de su trayectoria escolar la sensación de estar aprendiendo cosas cuyo sentido y utilidad eran más que dudosos? ¿Cuántas veces la escuela ha supuesto para algunas personas una experiencia de fracaso que les ha hecho sufrir y les ha hurtado las herramientas necesarias para formar parte activa de la sociedad?

Educar para la vida supone ayudar a que todo alumno y alumna adquieran una serie de competencias que les permitan afrontar los principales retos del Siglo XXI a través de una experiencia escolar saludable que les haga sentirse seguros y competentes para seguir aprendiendo a lo largo de la vida.

Un nuevo currículo

La nueva Ley de Educación (LOMLOE) ha establecido un nuevo currículo, que se ha hecho público en estos días, una de cuyas novedades es definir un perfil de salida de la educación obligatoria en el que se recogen las competencias que el o la estudiante tiene que haber adquirido al finalizar la Educación Secundaria Obligatoria. En la tabla 1 se enuncian estas competencias clave.

Tabla 1: Competencias clave en el nuevo currículo de la LOMLOE

Al adoptar un enfoque competencial, se enfatiza el hecho de que aprender implica que el nuevo conocimiento que hemos adquirido debe llevarnos a actuar de una manera distinta a como lo hacíamos antes de comprender un nuevo aspecto de la realidad. De no ser así, por más que podamos declarar un conocimiento, esto no nos habrá hecho más competentes, si no podemos hacer un uso funcional de los contenidos escolares. Sabemos que no es posible desarrollar competencias sin aprender contenidos, pero la meta son las competencias.

Siendo este un cambio pedagógico fundamental, el avance a nuestro juicio más relevante radica en asumir que estas competencias son clave precisamente porque sin ellas no se puede dar respuesta a los retos del siglo XXI que se resumen en la figura 1. Estos deben ser, por tanto, los auténticos referentes de la educación.

 Figura 1: Los desafíos del Siglo XXI para los que tiene que preparar la Escuela

Fuente: Coll, C. y Martín, E. (2021). La LOMLOE, una oportunidad para la modernización curricular. Avances en Supervisión Educativa.

Estos desafíos -planificar hábitos saludables personales y de salud pública, proteger el medio ambiente, valorar la diversidad, resolver conflictos de forma pacífica, luchar contra las desigualdades, usar de forma crítica las tecnologías, manejar la ansiedad que genera la incertidumbre, valorar el conocimiento- implican todos ellos adoptar una posición ética exigente ya que suponen articular la búsqueda del bienestar personal, que es sin duda legítima, con la meta del bien común.

Requieren además trascender la mirada local, más próxima, y analizar y comprometerse también con los problemas globales, lo que a su vez exige una mente compleja, acostumbrada a pensar en términos sistémicos, abiertos y con un alto nivel de incertidumbre, y la capacidad de empatizar con dificultades muy relevantes a pesar de que no nos afecten directamente.

Remiten, asimismo, a una capacidad costosa para el ser humano como es la de vivir la diversidad personal, social y cultural como un ingrediente connatural a la vida y una fuente de riqueza y crecimiento. Para ello, hay que hacer propios los valores del cuidado y la compasión y desarrollar una gran sensibilidad hacia las situaciones de injusticia, inequidad y exclusión.

Educar es ayudar a que todos los jóvenes lleguen a comprender estos desafíos y a saber actuar para afrontarlos, construyendo así un proyecto personal y social que dé sentido a su vida. Ojalá tengamos la lucidez de saber valorar el trascendente cambio de rumbo que este proyecto podría suponer para la educación y salir al paso de quienes, desde posiciones inmovilistas, consideran que es un camino errado que solo pretende bajar el nivel de rendimiento y dejar de educar en la cultura del esfuerzo.





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