Reflexión: Espiritualidad y experiencia

Antonio Zugasti

Antonio Zugasti

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en ti”. Así expresó san Agustín la aspiración a una dicha infinita que habita en el fondo del corazón humano. Aspiración latente en toda nuestra vida.

Ansia de infinito

De muchas maneras, en la filosofía y en la religión, se ha dicho que los seres humanos somos seres finitos con ansia de infinito. De algo que no somos capaces de definir ni de conocer. Si ni a nosotros mismos, a pesar de nuestra finitud, nos acabamos de conocer, ¿cómo vamos a conocer el infinito? No lo conocemos ni podemos imaginarlo, pero lo ansiamos. Ni siquiera somos muchas veces conscientes de que es ese infinito lo que ansiamos, y fácilmente lo sustituimos por una serie interminable de placeres concretos, proporcionados por objetos, personas o actividades. Pero la frustración es segura si pretendemos satisfacer de esa manera nuestra secreta, profunda ansia de infinito.

El ansia de infinito la traducimos en una aspiración a una felicidad total. Felicidad que muchos piensan nos puede dar el dinero y todo lo que este nos facilita. Pero la confianza en el dinero más que felicidad nos da una ambición malsana que envenena la vida. Los que triunfan en esta lucha por la riqueza, los grandes multimillonarios, nos muestran que nunca se tiene bastante y nunca falta el temor a perder algo, aunque sólo sea una pequeña parte de lo mucho que les sobra.

Tampoco la relación íntima con una persona, por mucho que en un momento la idealicemos, puede representar el infinito al que se aspira. Recuerdo, a propósito de esto, a un antiguo amigo, que tenía una pareja con la que decía sentirse feliz, pero sólo al ochenta por ciento de lo que podía ser; y, como quería ser feliz al cien por cien, cambio de pareja. Es verdad que la nueva era más guapa que la antigua, pero dudo mucho de que alcanzara el soñado cien por cien de felicidad. Pues realmente ningún ser humano nos puede dar la plenitud de felicidad que ansiamos. La realidad es que este amigo necesitó plantear otro cambio, y de su  catolicismo radical pasó a un ateísmo militante. Supongo que así tampoco consiguió su objetivo, pues desde el ateísmo difícilmente se puede ser feliz al cien por cien cuando se vive con el convencimiento de que nuestro yo está destinado a la desaparición.

Tampoco creo que el dedicarnos a actividades que nos resultan muy gratificantes nos dé una felicidad total  que satisfaga el ansia de infinito. Esas actividades, sean las que sean, artísticas, deportivas, de conocimiento del mundo… no pueden llenar todos los aspectos de la vida, y una dedicación obsesiva a ellas mutila otros aspectos esenciales que tenemos como seres humanos.  

La presencia del Espíritu

Todas esas cosas que deseamos no son el infinito, pero nos atraen porque tienen un pequeño reflejo suyo. Si llegamos a alcanzarlas, es muy importante disfrutarlas, conscientes de ese reflejo de bondad y de belleza infinita que nos transmiten y que las hacen amables.

Ese infinito que ansiamos no puede ser algo material. Eso, que intuimos que existe, de lo que percibimos mil reflejos, eso nos produce una sensación que no es material, nos hace pensar en algo que llamamos espíritu. Si nos extasiamos ante una puesta de sol en la montaña, ahí estamos experimentando algo más que el efecto de unas radiaciones electromagnéticas transmitidas por nuestros ojos al cerebro. Mucha gente dirá que es sólo eso, y aquí entra la libertad humana –que también dirán que es producto de nuestras neuronas-, pero desde la noche de los tiempos los seres humanos hemos percibido en esos espectáculos grandiosos una presencia numinosa a la que hemos dado mil nombres y de la que nos hemos hecho mil imágenes. Los cristianos le llamamos Dios y lo vemos como el Espíritu infinito al que ansiamos en el fondo de todo nuestro ser.

Otro amigo, dos días antes de morir decía a su mujer: “Toda la vida he estado en manos de Dios  y no me he dado cuenta”. Darnos cuenta de esa presencia silenciosa y vivir en íntimo contacto con ella, creo que en eso consiste la espiritualidad.

Espíritu y sentido

El profesor británico Steve Taylor, en  su libro: Por una ciencia espiritual,afirma: “Sólo una cosmovisión basada en la idea de que hay algo más fundamental que la materia puede  ayudarnos a conferir sentido al mundo”. Al mundo y a nuestra vida.

En la Facultad de Teología de Granada, el padre Gómez Caffarena terminaba su curso de Teología Natural diciendo: “La fe es una opción entre el Misterio y el Absurdo”. El Misterio sería ese Espíritu infinito capaz de saciar nuestras ansias más profundas. Si negamos la existencia de ese Espíritu, los seres humanos seríamos unos seres infelices a los que la evolución material ha llevado al absurdo de estar dotados de un aspiración profunda a la vida, a la felicidad, a la plenitud, sin que tengamos posibilidad de alcanzarlas.

El Espíritu que nos puede saciar con su acogida amorosa está ya presente en nuestras vidas. Que seamos capaces de verlo o, mejor, que no cerremos los ojos cuando se intuye en cada recodo del camino.  

1 comentario

    • Gloria en 30 agosto, 2020 a las 8:38
    • Responder

    Gracias Antonio, tu escrito refleja tu experiencia, me ha gustado por tu realismo y la referencia al Gómez Caffarena, ha rehabilitado mi fe. Gracias.Un abrazo Gloria Cavanna

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