Reflexión: El Evangelio y la cultura actual

Evaristo Villar

 En este mismo lugar y a otro propósito, he aludido al “vacío de esperanza”, que, como los agujeros negros en el universo, se está agrandando en la sociedad actual. No es difícil advertir este fenómeno ante la falta de respuestas eficaces que estamos dando a los desafíos que nos presenta la cultura actual. Frente a esto, el Evangelio está llamado a proyectar, también hoy, “espacios de esperanza”.

Fenómenos preocupantes.

¿Qué estado de ánimo nos está dejando el brexit interminable o desafíos como la derechización de la política  —que asoma peligrosamente la oreja desde el tripartito de Andalucía—  o la falta de entendimiento y desunión de la izquierda?; ¿cómo estamos viviendo la claustrofobia del procès catalán, la violencia de género o la consolidación de la precariedad laboral?; ¿hasta cuándo vamos a seguir soportando las venalidades y veleidades de la justicia o el peso de la corrupción política y empresarial?; ¿qué estómago nos está dejando la ausencia de un proyecto político para con las migraciones y el refugio?… Y así,… ¿para qué entrar en los escándalos propios de la jerarquía católica, a pesar del “respiro imperfecto” de los gestos de Francisco?

Evangelio y esperanza

Ante todo esto, sigo pensando que el Evangelio, presentado a pleno aire  —sin hipotecas institucionales—, está llamado a proyectar “espacios de esperanza”. Por más cerrado que se presente el horizonte, nada podrá contener los sueños rupturistas del espíritu humano. Y el Evangelio, como utopía tópica, siempre estará al acecho para ofrecer una salida alternativa capaz de romper los herméticos sellos del  futuro. 

Los problemas de siempre

Cometeríamos un craso error enfocando los problemas de hoy como algo exclusivo de nuestros días. Bastaría abrir los ojos para constatar que su cuota de novedad no es tan grande como aparenta. Con diferentes máscaras y formas, han venido acompañando el proceso humano desde sus orígenes. Es verdad que la tecnología y el transporte lo han globalizado casi todo, no solo el mercado o la transferencia de capital, también hemos universalizado las visiones y creencias, nuestras prácticas y valores. Pero las grandes cuestiones de fondo, los grandes problemas ahí siguen incrustados como un reto permanente y provocador al inquieto espíritu humano.  

La diversidad y el multiculturalismo

Inmersos en una red de interconexiones y unidos por la coexistencia y el intercambio, la imagen que hoy proyectamos del mundo es más semejante a un caleidoscopio multicolor y diverso que a la línea monocolor y uniforme que ha venido moldeando nuestro patrimonio cultural en un pasado no tan lejano.

La diversidad y el multiculturalismo son ya lugares imprescindibles para afrontar los nuevos retos que tenemos planteados. No basta la estabilidad de la cultura premoderna ni la seguridad que, a pesar de sus insuficiencias y limitaciones (Habermas), ha podido prestarnos la modernidad con su razón empírica y la autonomía del individuo. Agotados los sueños e incumplidas las promesas, la esperanza en la cultura actual se encuentra más vulnerada ante la opacidad que nos presentan hoy los retos.

Una cultura líquida y volátil

Estamos viviendo una forma de cultura que los grandes especialistas califican de líquida (Bauman) y volátil. Frente a la estabilidad y permanencia que antes amparaban a las instituciones y los discursos, la cultura de hoy apuesta más bien por la provisionalidad y la temporalidad, la flexibilidad y la volatilidad. A la solidez del discurso de los modernos y a la seguridad en los principios y valores, dogmas y compromisos, le está siguiendo la fragmentación y fragilidad del relato, la precariedad y liquidez en las formas y la mutación permanente de lo estatuido. Todo queda sometido al movimiento y al cambio, como cambia la forma del agua (Bauman) cuando simplemente desequilibramos el vaso. 

Espacios de Evangelio

Como tuvo que hacer Jesús mismo, es preciso superar, en primer lugar, la tentación de “acomodarel Evangelio a la volatilidad de la cultura dominante, presentándolo como una terapia espiritualmente útil para el bien individual y aun social. Una especie de psicologismo, muy acorde con la sensibilidad moderna, pero sin compromiso sociopolítico. Esto  encaja perfectamente en la lógica del mercado.

Contrariamente, el Evangelio es Buena Noticia que tiene que ver con la justicia y la liberación debida a los pobres y a las personas esclavizadas. En este sentido, será siempre una Mala Noticia para los sistemas que empobrecen y esclavizan. Más que las palabras, serán los gestos los que ofrezcan lo que hay de inédito y perturbador, contracultural, alternativo y escandaloso en el Evangelio frente a la cultura de la acomodación.

Detener el tren

Luego, nos queda “detener el tren”, como recomienda encarecidamente Bauman en la siguiente cita: “Es necesario, sobre todo en una situación de crisis, desarrollar visiones de futuro, proyectos o simplemente ideas que aún no se hayan pensado. Esta solución puede parecer algo ingenua, pero no lo es. Lo que es ingenuo es la idea de que el tren que marcha hacia la destrucción progresiva de las condiciones de supervivencia de muchas personas modificaría su velocidad y dirección si en su interior la gente corre en dirección opuesta al sentido de la marcha. Albert Einstein dijo una vez que los problemas no pueden solucionarse con los patrones de pensamiento que los generaron. Hay que cambiar la dirección global y para esto es necesario primero detener el tren” (Bauman, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, p. 82).

1 comentario

    • Deme Orte en 11 marzo, 2019 a las 19:00
    • Responder

    Gracias, Evaristo, por tu reflexión y mensaje. muy sugerente para el tiempo que vivimos. No basta “acomodar” el Evangelio. Hay que “parar el tren” y caminar en otra dirección. Tenemos que inventar “odres nuevos” para el “vino nuevo” del Evangelio, siempre nuevo y revolucionario.

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