Reflexión: “Creo en Dios”. Qué Dios y qué fe.

Deme Orte

No creo en el Dios-Diosa del teísmo, del temor, de las creencias absolutas, sino en el Dios-Diosa que es Amor, fundamento de todo amor, al que sólo encontramos en el amor, en lo profundamente humano, en la diversidad, en la comunidad y en la libertad.

No creo en el Dios o Diosa teísta

No me entretendré en explicar la imagen del Dios-teísta en quien no creo. Hay personas  “todavía” ancladas en ese teísmo de una religión del temor, del pecado y de creencias absolutas. Si son felices con esa religión, adelante. Yo no las culpabilizo. Las comprendo y respeto, pero ojalá pudieran liberarse y superarla. Es una fe pre-moderna. La misma religión cristiana ha creado imágenes de Dios, inaceptables hoy día, que han producido ateísmo de ese dios patriarcal, irracional, poderoso, clerical… De esos “dioses” yo también soy ateo, gracias a Dios. 

El Dios en quien creo (o Diosa, da igual) o en quien quiero creer es el Dios que voy descubriendo con Jesús de Nazaret. El Dios Misterio de Amor que él llamaba “Abbá” (Papá y Mamá), como expresión de amor y confianza. La expresión bíblica que me parece más breve, clara y aproximada es la de “Dios es Amor” (1Jn 4,8). Al menos, la palabra “Amor” es una referencia humana universal, más allá de lo religioso. La vida misma es un misterio de amor. Creer que “Dios es amor” es el origen de todo amor. “Podemos amar nosotros porque él nos amó primero” (1 Jn 4,19). Esa es mi fe como “confianza”.

Sí creo en el Dios Amor

Que “Dios es Amor” es el fundamento de todo amor: somos capaces de amar porque somos amados y amadas. “Donde hay amor, ahí está Dios”. En todo amor, paternal, maternal, fraternal, sororal, amical, familiar, solidario, conyugal, comunitario, heterosexual, homosexual o queer… Incluso, por equivocado que pueda parecer, si hay amor, ahí está Dios. La creación entera, la existencia misma es fruto del Amor. El Bing-Bang fue una explosión de amor. Somos “polvo de estrellas”. Somos Amor.

Asimismo, la “bondad”, toda bondad es fruto y reflejo de quien es la Bondad (“sólo Dios es bueno”) y origen de toda bondad, también la de todo el Universo: “Y vio Dios que era bueno” (Gen 1,18). También la historia es un misterio de amor, que viene del amor y “evoluciona” hacia la plenitud de comunión cósmica en el amor.

A Dios no lo conocemos; lo encontramos en el amor

A Dios nadie lo conoce. Pero si amamos al hermano, nos acercamos a Dios, o mejor, Dios está ya en ese amor, se llame como se llame. Amémonos las personas unas a otras porque el amor viene de Dios y toda persona que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor”(1Jn 4, 7-8).

Del amor de Dios  no debemos preocuparnos. No nos va a fallar: “¿quién nos separará del amor de Dios?”. Del amor a Dios  tampoco debemos preocuparnos mucho. Él o Ella no necesita que le amemos ni nos va a pedir cuentas sobre si le hemos amado o no. De lo que debemos ocuparnos es de amar a las demás personas, porque sólo amando tiene sentido la vida. Y amando a las demás personas ya estamos amando a Dios, o Dios las está amando con nuestro amor.

Él-Ella sabe lo que necesitamos

Jesús nos enseña a vivir en la confianza de Dios Amor como “Padre nuestro”. Esa misma actitud de confianza sustenta mi sentido de la oración y de la relación con Él-Ella. Dios no necesita nuestra oración. Somos nosotros y nosotras quienes necesitamos expresarle nuestros deseos e inquietudes, darle gracias… Todo eso Él-Ella ya lo sabe. Es más, es su Espíritu quien nos anima y ora en nosotros. La oración es abrirnos a Él, a su Amor (dejarnos querer), a su Espíritu que siempre se nos está dando. Necesitamos la oración como necesitamos el silencio, como necesitamos respirar: la oración es hacer consciente esa “respiración”.

Es el Dios-Diosa de la diversidad, la comunidad y la libertad

 Superando la imagen patriarcal de Dios, percibimos el rostro materno de Dios, el Dios-Diosa de la diversidad. Es sobre todo en lo profundamente humano donde mejor podemos experimentar su presencia y amor liberador.  Más allá de la religión hay una espiritualidad humanista profundamente cristiana. En la humanización se realiza el proyecto de Dios. Lo humano es sagrado.

Esta espiritualidad es esencialmente comunitaria. La fe es personal pero también comunitaria. Dios es y hace comunidad. Si es Amor, no puede ser individualista. Jesús vivió esa comunión con su Abbá, con el grupo de hombres y mujeres que le seguían y con las gentes que “andaban como ovejas sin pastor”(Mc 6,34). El hombre Jesús llegó a su plenitud por un amor total y desinteresado: “Pasó haciendo el bien”. Quienes le seguimos lo hacemos en comunidad: donde dos o tres nos reunimos en su nombre, sentimos su presencia viva que nos hace comunidad cristiana. La fraternidad y sororidad son un don y una forma del amor de Dios: “creemos”, “oramos”, “vivimos” en comunidad.  

La vida de Jesús estuvo enfocada al Reinado de Dios. La nuestra también. El objetivo último no es “la salvación de nuestra alma”, sino la implementación del proyecto liberador de las bienaventuranzas para toda la humanidad, como una utopía significada en el evangelio en un gran banquete de toda la gran familia humana, al que los primeros invitados son los últimos y últimas de este mundo. Esa utopía ilumina nuestras vidas: “Habrá un día en que todas veremos una Tierra que ponga libertad. Pero esa hermosa mañana habrá que empujarla para que pueda ser”.              

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