NUESTROS NIÑOS/AS Y JÓVENES VIVEN LA EXPERIENCIA COMUNITARIA

                                                                                  Comunidad Leku, Vitoria-Gasteiz comunidadleku@gmail.com

SOMOS UNA COMUNIDAD EN FAMILIA

Nuestra vida comunitaria nació en el seno de la realidad familiar de todos los que la formamos. Como laicos siempre sentimos que no era posible una vida de compromiso de fe sin poder integrar la vida de familia que nos identifica. Conocíamos experiencias en las que los hijos terminaban por ser un “estorbo” para crecer en la fe, y nos parecía imposible concebir algo así entre nosotros.

El recorrido de muchas parejas jóvenes se truncaba en el momento en el que formaban una familia, y en muchos casos la mujer dejaba de participar en los espacios comunitarios por la crianza de los hijos. Por eso, desde el comienzo, buscamos formas comunitarias que pudieran responder a una realidad completa como familia. Es verdad que esto ha requerido siempre formas diferentes de organización comunitaria en las que el punto de partida siempre han sido “los niños”.

Vivir el proceso de recorrido de fe desde los más pequeños ha sido un aliciente para trabajar la disposición comunitaria de forma que todos sintiéramos como hijos a los de los demás y que nos apoyáramos según las necesidades comunes y no sólo las personales.

SENTIMOS LA COMUNIDAD

COMO FAMILAS

Lo más importante que hemos hecho como padres/madres ha sido hacer la experiencia de ser y sentirnos constructores del proceso interior de nuestros hijos. Desde el comienzo hemos querido cuidar su dimensión de fe, pero desde una experiencia abierta que no sólo se limitara a una experiencia cristiana, sino a un camino

interior.

A través del silencio, la oración, la meditación, la contemplación o la intuición, hemos ido viviendo con los niños y jóvenes su camino de fe. Muchas veces, hemos colocado como preferente aquello que se identificaba con ellos y no tanto con los adultos, aunque también hemos reservado espacios de mayor profundidad para los adultos.

Algo muy importante ha sido el hecho de que nuestros hijos vieran y vivieran que en el seno familiar este proceso de búsqueda interior es esencial. Transmitir cada día esta prioridad ha ido creando hábitos familiares que se han ido consolidando en la forma de organizarnos como Comunidad y como familias particulares.

Para la Comunidad es impensable reunirnos, celebrar o provocar un encuentro sin hacerlo como familias. Es verdad que las necesidades de cada niño/a varían con la edad, y que, en la medida que crecen, necesitan mayores espacios de autonomía y se muestran más independientes. También es importante dejar que su camino personal se vaya dibujando según lo van descubriendo, sin pretender que lo descubran todo al mismo tiempo. Vivir con sus dudas, y muchas veces quejas, también es una tensión que debemos integrar. En cualquier caso, lo más importante está siendo el hecho de poder compartir espacios comunitarios juntos padre/madre e hijos/as.

HACEMOS COMUNIDAD SIENDO FAMILIA

Construir un andamiaje comunitario siendo familias ha supuesto alejarnos de otros moldes comunitarios más centrados en aquellas opciones de vida habituales (célibes, monacales, clericales…). Por ejemplo, nuestras oraciones de silencio siempre han buscado un horario posible para ellos y sus ritmos cotidianos escolares y familiares. También hemos organizado siempre encuentros en los que los niños/as eran protagonistas del “hilo conductor” que nos convocaba. Con palabras sencillas y gestos entendibles, hemos ido provocando su participación.

Siempre buscamos que exista un detalle, una forma o una simbología en la que se pueda explicitar la presencia de los hijos/as. A través de diferentes dinámicas, intentamos integrar sus deseos e inquietudes. Utilizamos materiales que recojan también experiencias de fe abiertas. No buscamos catequizar en sentido estricto sino, más bien, provocar en ellos una amplitud interior.

Vivir en comunidad significa vivir en común-unidad y no se puede disolver este principio en el núcleo mismo de la vida comunitaria. Además, vivir en comunidad significa vivir en común-unión y, por eso, intentamos transmitir desde los más pequeños hasta los mayores, que la riqueza de la fe está en descubrir que todos estamos unidos a Todo; esto nos hermana y amplía nuestros caminos particulares.

TRES EXPERIENCIAS BÁSICAS SIENDO FAMILIAS EN COMUNIDAD

LA EXPERIENCIA DEL SILENCIO EN LA ORACIÓN

Con nuestros hijos/as, siempre hemos procurado un tiempo diario de silencio en un ambiente de oración. Muchas veces, ese tiempo ha estado sencillamente centrado en permanecer silenciosamente durante el espacio dedicado a la oración o la meditación.

Cuando son más pequeños los niños/as, este silencio está acompañado de una música o cantos que ayuden a la calma y al recogimiento. También pintar dibujos o mandalas está siendo una forma de ayudarles a entrar en un momento de quietud. Según las edades avanzan, el tiempo de silencio pasa sencillamente a ser un momento contemplativo en torno a una luz o un centro iluminado con velas. Poco a poco, se van acostumbrando a dedicar un rato cada día a acallar sus “ruidos”.

Siempre nos ha parecido muy importante enseñarles a estar muy quietos y en silencio. Al principio es un proceso de aprendizaje que poco a poco se convierte en un hábito muy sencillo para ellos/as. Cuando van haciéndose mayores, la adolescencia suele ser un pequeño obstáculo a la hora de mostrar iniciativa en la participación y la constancia; por eso, vivir este proceso acompañados/as por otros/as en comunidad, resuelve más fácimente este momento.

LA EXPERIENCIA DEL ASOMBRO

EN LAS ACTIVIDADES

Normalmente, hemos cuidado mucho favorecer actividades en las que las palabras no fueran muy necesarias, sino que, más bien, fuera la experiencia el “hilo conductor” de cada actividad preparada para los niños/as en la Comunidad.

En cada uno de los encuentros intentamos partir del asombro, de forma que los niños y jóvenes crezcan en esta dimensión. Salidas por el entorno, valoración de cada gesto y detalle, cuidar lo que ven, expresar lo que sienten, etcétera, son los elementos básicos.

A través de diferentes símbolos vamos ofreciéndoles la posibilidad de expresar una vivencia interior. También hemos trabajado muy intensamente la simbología común, de forma que fueran creando “algo simbólico juntos”. Por ejemplo, la dinámica de los dones con las lanas, la siembra con diferentes plantas, el valor de la luz interior con las calabazas, el mar de nuestros deseos…, son pequeñas propuestas simbólicas en las que los niños y jóvenes van tejiendo su capacidad de asombro y contemplación.

LA EXPERIENCIA

DE CRECIMIENTO INTERIOR

Aunque siempre nos reunimos en torno a momentos con referentes cristianos (Pascua, Navidad…), nos parece muy importante no dejar de insistir en aquello que permite que los niños/as crezcan en su dimensión interior. Hemos dejado más a un lado los aspectos catequéticos habituales para incidir con más intensidad en aquellos que subrayan la dimensión interior.

Para trabajar más con ellos/as en este sentido, hemos ampliado todo lo que hace referencia a la quietud, el asombro, el silencio, la mirada, la escucha… Por esta razón, en nuestros encuentros siempre intentamos que lo esencial no sea transmitir un mensaje religioso concreto (aunque siempre es nuestro referente), sino abrirles más bien a una experiencia interior.

Para la Comunidad, “dejad que los niños se acerquen a mí” nunca ha sido un impedimento sino, más bien, una realidad esencial en la vida de la Comunidad. Casi podríamos cambiar esta frase evangélica por algo así: “no dejéis que los niños se alejen de aquí”.

Josean Manzanos

(padre de tres hijos)


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