Nuestra relación con la tierra

Gregorio Ubierna 

55 Reflexiones 3Hasta hace pocos años nos creíamos que los recursos naturales eran ilimitados y únicamente nos preocupábamos de cuidar nuestra relación entre los humanos. Así los grandes pensadores del siglo xix investigaban en profundidad las relaciones sociales. Entre ellos surgieron líderes que, también durante el siglo xx, proclamaban la posibilidad y la necesidad de liberación de la clase trabajadora o proletariado, porque los empresarios capitalistas se apropiaban de su fuerza de trabajo para enriquecerse.

En el siglo xx surgió una nueva sensibilidad o conciencia social: los líderes sociales destacaron que, además de la explotación proletaria, se daba otra de mayor alcance y profundidad, la explotación de los países menos desarrollados por parte de aquellos que estaban más avanzados, sobre todo a través de empresas multinacionales. Hasta aquí se intentaba buscar un equilibrio social para que las mujeres y los hombres no fueran explotados por otros hombres.

Pero cuando nos adentramos ya en el siglo xxi surge una nueva inquietud: las perspectivas de la calidad de vida sobre nuestro planeta Tierra o incluso, a largo plazo, las expectativas de vida humana en la Tierra están amenazadas. Las plataformas de ecologistas, verdes, etc., no fueron tomadas en serio en un principio, más bien parecían grupos que se habían puesto de moda. Hoy, sin embargo, cualquier persona que tenga conocimientos y sensibilidad sabe que a medio o largo plazo no sólo está amenazada la calidad de nuestras tierras, del agua y del aire, sino que también está amenazada la propia vida de las mujeres y hombres.

Todos estos cambios de mentalidad y, sobre todo, de hábitos de vida requieren un proceso educacional que siempre es más largo de lo que las circunstancias demandan. Ahora estamos empezando a creernos que la vida en nuestro planeta está amenazada, que nos hemos comido algunas especies y a otras las hemos desplazado y diezmado, que hemos contaminado el agua y el aire, que hemos desforestado el planeta. Primero aniquilamos a los pueblos que articulaban su vida en armonía con la naturaleza, como los indígenas, para quienes la Tierra era una madre que generaba alimentos, riqueza y bienestar para ellos. Nosotros nos lanzamos a la conquista de la tierra, a la caza de hombres y mujeres, e impusimos nuestra mentalidad tecnológica y científica olvidándonos incluso de las leyes naturales, a las que creíamos que podríamos adaptar a nuestros caprichos. Ahora nos hemos lanzado a la conquista del espacio…

Aunque nos vemos obligados (por la fuerza de los hechos) a reconocer que la situación es delicada, nos cuesta mucho adaptar nuestro comportamiento a lo que ya son necesidades apremiantes. No estamos todavía dispuestos a renunciar a ese consumo irracional que sobre todo nos genera ansiedad, a producir tanta basura que nos puede enterrar a nosotros mismos; no estamos dispuestos a cuidar y mimar nuestro planeta y su atmósfera, aunque nos vaya la vida en ello; ni a perder algún minuto hablando con las personas mirándoles a los ojos en lugar de hacerlo por el móvil, cuya tecnología condiciona nuestra comunicación; ni estamos aún dispuestos a aceptar a la mujer como generadora de vida y de riqueza, igualito que nuestra madre tierra.

Nos enseñaron a someter, dominar y explotar la tierra, a acumular, a competir, como si la naturaleza fuera una enemiga. Pero la naturaleza debe ser nuestra aliada, por eso debemos respetar sus procesos, sus ritmos y adaptarnos a sus cambios a veces radicales e imprevisibles. Nuestra relación con la tierra debe cambiar radicalmente, debemos integrarnos en ella en lugar de concebirla como un objeto a nuestro servicio, para enriquecernos o para divertirnos exclusivamente. En nada contribuyen a ello los planteamientos catastrofistas o alarmistas que se difunden desde el poder y desde los medios de comunicación cada vez que suben o bajan las temperaturas, se sucede alguna tormenta o hay algún movimiento sísmico. Creo que son fenómenos naturales que nos deben enseñar nuestras propias limitaciones y la necesidad de adaptarnos a algo que no podemos (o incluso no debemos) evitar.

Otra cuestión es que la mano del hombre, por querer dominarlo todo, por exceso de comodidad o de consumo, destruye el natural equilibrio. Porque, por ejemplo, cuando el hombre se dedica a acumular calor para contrarrestar el frío natural, o a la inversa, acumula frío para contrarrestar el calor, y lo hace de una manera desmedida, pues agudiza todavía más las altas temperaturas por el efecto invernadero. Tenemos que aprender a movernos en unos márgenes de integración y supervivencia en la naturaleza sin incidir excesivamente en ella. Cuando hace calor hay que soportar el calor, y cuando hace frío soportar el frío. No es cuestión sólo de elevar o bajar la temperatura mediante el consumo de energía. Ya hemos visto que ese no es el camino.

Esa capacidad de compartir de alguna manera los fenómenos naturales (o adaptarnos a ellos) nos puede animar también a compartir con los demás hombres y mujeres todas aquellas necesidades que debemos cubrir para sobrevivir, el alimento, el techo, la salud, la educación, la independencia, la paz… De igual manera, aunque nos enseñaron a competir con otros y también con la naturaleza para someterla, debemos aprender a cooperar para superar esas situaciones límites en que la naturaleza explosiona y desde esa rica experiencia extender la cooperación a otros muchos campos de la vida.

No quiero terminar sin hacer una alusión directa a la mujer, porque ella también es generadora de vida y ha permanecido bastante ignorada, como le ha ocurrido a la Tierra. Las dos acogen la vida en su seno, y después de alimentarla durante un tiempo la sacan a la luz. La Tierra procura medios para la subsistencia, cobijo y comida; el calor lo regala el sol. De igual manera, la función de la madre no termina con el parto, sigue alimentando, cuidando y preparando a su hijo para integrarlo en la naturaleza y en la sociedad. Lo mismo que se concibió a la Tierra como un objeto de enriquecimiento y explotación, así también, se concibió durante muchos años a la mujer como un elemento de uso familiar y explotación social. Los hombres se sintieron todo–poderosos, porque con su ciencia fueron capaces de influir en algunos fenómenos naturales y así se sintieron dueños de la Tierra, sin ni siquiera sospechar los desatinos cometidos. De la misma manera, los hombres se adueñaron del poder político, económico y social, también tuvieron a la mujer sometida y relegada al mundo de la familia, mientras cometían, también en esta esfera de su poder, una serie de desatinos que aún no están dispuestos a reconocer. Sospecho que la mujer puede ser también una alternativa en el poder que elimine esa concepción utilitarista y de explotación de la Tierra, precisamente porque también ella es generadora de vida.55 Reflexiones 4

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