Nº 118 . Desafío de las tecnologías al ser humano. Edición Fuera de Carta

El impacto de la tecnociencia en la vida de hoy es total. Muchos de los hallazgos científicos acaban convertidos en herramientas y dispositivos (móviles, ordenadores, coches) sin los cuales somos casi incompetentes. Tienen impacto en la sostenibilidad medioambiental, pero también en la mejora de nuestras capacidades, la de nuestra descendencia e incluso en nuestra longevidad.

 

Gracias al avance de los conocimientos y de la técnica, cambiamos las formas de alimentarnos, de divertirnos, de reproducirnos…

La tecnociencia se impone como progreso. Saber es liberador. Sin embargo, no siempre lo nuevo es bueno: tener más opciones nos priva de otras o nos somete a nuevas ataduras. No todo lo que es posible hacer desde el punto de vista técnico es éticamente bueno. El progreso técnico también tiene efectos colaterales.

Nuestra sociedad vive tan acelerada que los avances no nos pillan ni preparados ni listos. Cuando surgen nuevas posibilidades, a menudo improvisamos sin pararnos a considerar las consecuencias.

¿Desde qué valores juzgaremos si las consecuencias que genera la tecnociencia son buenas o malas? En sociedades plurales, donde no compartimos todos los valores, no podemos dar por supuesto que estamos de acuerdo en lo que es bueno o malo. La moral es vivida y transmitida culturalmente; la ética, que es filosofía sobre la moral, la cuestiona.

En esta era tecnocientífica necesitamos más ética que moral, más reflexión que mera acción; pues hay que dar razones de por qué llevar a cabo unas acciones y abandonar otras. Por ejemplo: por qué recuperar la costumbre de usar vidrio y abandonar los plásticos.

La ética en la era de la tecnociencia deber ser cívica, para la aldea global, de acuerdos de mínimos para todos, sin excluir a nadie. Debe ser una ética que amplíe la libertad y no la someta a riesgos desconocidos, como el riesgo de perder la libertad misma.

Para argumentar las decisiones que tomar como humanidad desde este marco ético mundial y desde la responsabilidad, planteamos los siguientes criterios o pautas que nos podrían servir de guía ante las problemáticas concretas sobre las que decidir:

  1. La universalizabilidad. nos exige pensar en todos nosotros como afectados por la acciones. La cuestión clave es entonces: ¿sería correcto que todo el mundo lo hiciera?
  2. La responsabilidad nos exige transparencia. Si todo el mundo supiera que lo hemos hecho, ¿nos daría vergüenza o nos sentiríamos culpables?
  3. Mucho más directa es la cuestión de la reciprocidad. ¿Qué pasaría si me lo hicieran a mí, si me pagaran con la misma moneda?
  4. Desde Hipócrates los profesionales del cuidar saben que no se debe dañar. Por eso la pregunta ahora debe ser cómo afecta esa acción a quienes se hallan en situación de mayor vulnerabilidad.
  5. Como debemos pensar en los impactos a medio y largo plazo, la pregunta pertinente es si será sostenible ecológica y económicamente.
  6. Como aprendemos a partir de ensayos, aciertos y errores, deberíamos, prudente y precavidamente, pensar en si la acción es revocable.
  7. El criterio de la trascendentalidad nos ayuda a jerarquizar conflictos entre derechos. Por ejemplo, es superior el derecho a la vida que a la calidad de vida, porque solo desde la vida se puede juzgar sobre su calidad.
  8. Otro criterio podría ser la utilidad, es decir, obtener el mayor beneficio para el mayor número de personas.

Una ética para la era tecnocientífica actual exige pensamiento en acción, es decir, capacidad crítica y racional concertada. Para ello necesitamos transferir conocimientos, también de ética. Y, más allá de la ética personal o profesional y de nuestras intenciones o buena voluntad, una ética cívica y organizativa para acordar y concordar cómo compartir una Tierra que vale la pena cuidar y en la que cuidarnos.

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