LA MUJER DE HOY ANTE LA CRISIS

El Capitalismo atraviesa una crisis económica de carácter financiero de la cual aún no se ve el final y, como siempre, son los de siempre quienes más padecen: el Tercer y Cuarto Mundos o la Primera y Tercera Edades y las Mujeres.

¿Cuánto tiempo le queda a esta estructura? Después del crack de 1929 ya se hablaba de defunción del capitalismo; hoy, a mitad de 2009, continúa vigente.

Sabemos que es un sistema patriarcal y autoritario. ¿Presenta alternativas? ¿Estamos preparados para sustituirlo por un paradigma más justo y, al mismo tiempo, más eficaz? ¿Sería viable? ¿O podrían, por el contrario, realizarse cambios dentro del sistema actual que no fuesen tan radicales pero sí efectivos? ¿Qué planteamientos podrían proponerse? ¿Qué reflexiones hacer?

El sistema capitalista se opone a la dignidad de la persona y, aunque todos sufrimos por ello, la mujer –el adulto “invisible” junto al “visible” que es el hombre– se ve compelida a continuar luchando por sus derechos a pesar del largo y duro trayecto recorrido para integrarse totalmente en una sociedad que sea más igualitaria. Es desde el género femenino desde donde quizás podría ya plantearse una alternativa a la crisis, pero no desde luego mimetizando el modelo masculino. Un ejemplo de esto último serían ciertas actitudes empresariales femeninas que, desgraciadamente, nos recuerdan mucho las de sus colegas masculinos. Vayan, pues, ya algunas reflexiones transitando por esa vía.

No se ha hablado aún lo suficiente de la incidencia tan negativa que las estructuras socioeconómicas han tenido en la dignidad de la mujer. Sabemos que no ha sido ni es la misma en todos los países y que el sometimiento femenino es muy amplio en todo el mundo; pero, centrándonos en nuestro país, por ejemplo, no podemos dejar de apuntar el desasistimiento económico de aquellas viudas, divorciadas y mujeres de la tercera edad que sacrificaron su vida laboral por atender a la familia –trabajo imprescindible, pero desgraciadamente no remunerado, como cabría que así fuese–, por no hablar de la invisibilidad de las empleadas del servicio doméstico; el abuso en que se puede convertir la tutela compartida de los hijos en un caso de divorcio cuando la mujer no ha tenido la posibilidad de promocionarse laboralmente fuera del hogar; la feminización de la pobreza (de entre los pobres, los niños, los ancianos y las mujeres son los más pobres, es decir, los considerados pertenecientes o cercanos al género femenino); la continuidad de enfoques patriarcales a la hora de distribuir los presupuestos estatales cuando siempre gana la batalla el ámbito militar frente al educativo o el sanitario, por ejemplo.

Mal, muy mal irían las cosas, si no mencionáramos algunos asomos de cambio, aunque lleven ya tiempo y sean conscientemente silenciados. Y aquí entraría lo que sobre la lógica del cuidado de la Tierra y del Ser Humano ha dicho Boff; o de la lucha contra la explotación salvaje y destructiva de los recursos naturales del Planeta, como hemos visto en la Amazonía, a través de alternativas respetuosas, sobre todo en los países en vías de desarrollo, donde la mujer ya aparece como gestora alimentaria; o de los esfuerzos para que el comercio de alimentos salga de los circuitos de consumo tradicionales, que someten cada vez más a los agricultores a los caprichos del sistema (como ocurre con el control de las semillas por parte de las multinacionales); o de los microcréditos que se extienden por el mundo más desfavorecido como una forma de combatir la pobreza. ¿Podrían estos ejemplos, humildes ante el ogro capitalista pero eficaces, constituirse en avanzadilla de cambios estructurales que apostasen por la vida, la alegría y la compasión de esa parte de la persona que es la persona económica?

Recordando las palabras de Simone Weil acerca de la dignidad que el trabajo infunde en la persona –sobre todo del manual, del artesanal, de aquel en contacto directo con la tierra– y que no constituye en absoluto una maldición de tipo bíblico, cabría también preguntarse si no es hora ya de reflexionar acerca de esa dignidad perdida, esa gran desconocida, que restituiría en nosotros un sentimiento trascendente de objetivo de vida. ¿Podríamos así elaborar un sistema económico que sustituyese la explotación por el respeto a la persona desde una óptica cristiana sincera? ¿No hay en los Evangelios una lección magistral de economía desde el compartir y el cuidar, desde la generosidad, en definitiva, desde el Amor?

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