LA FIESTA LIBERADORA Y FRATERNA

Criterios para el discernimiento

Emiliano de Tapia

Nada puede disfrutar mejor cualquier ser humano que LA FIESTA DE LA VIDA. Y nada mejor para que sea así que, con empeño, se pongan los medios más ajustados, las actitudes más apropiadas, los cauces más adecuados.

La fiesta “light” no llena a nadie, no satisface a nadie. Antes al contrario, individuatiza, “aborrega”, genera profunda insatisfacción, limita al ser humano como tal.

La fiesta rutinaria genera apatía, “cumplimiento”, costumbre, aburrimiento, apariencia; y nada puede haber más contrario que estas actitudes personales o colectivas, para hacer que el auténtico valor de la fiesta genere, despierte o desarrolle la disposición más abierta y libre para que cada persona o grupo formen parte activa de una sociedad y mundo nuevos.

La fiesta Cristiana y de los Cristianos ha carecido y carece en muchos momentos de vida, de creatividad, de ilusión y de esperanza. Como una norma y estructura rígida y aburrida va cumpliendo con su puesto predeterminado y programado, leguleyo y superficial, frío e impersonal.

Pero porque lleva en sí otro sentido radicalmente distinto algo y alguien tendrá que haber que nos ponga en la mirada y en la perspectiva de otra forma de vivir la fiesta humana y cristiana, (que por ser cristiano tiene mayor valor humano). No puede ser otro que el mismo Jesús del Evangelio y su praxis quien nos ponga en esa pista de discernimiento.

Para comenzar, dos textos paralelos sobre una misma realidad: la última Cena, la misa, la Eucaristía. Jesús Burgaleta relata dos comparaciones que hablan por sí solas en uno de los folletos Alandar, leemos y vamos ya contrastando. Sin palabras.

Jesús, el hijo de José y María, lo veía todo muy negro. Albergaba serios temores sobre la seguridad de su vida. Eran demasiados los rumores que corrían sobre El. La asechanza y la traición rondaban las esquinas rotas. El cerco se había estrechado. Los enemigos le advirtieron hace mucho. Sus amigos le decían: “Cuídate, Jesús. Pon a salvo tu vida”.

Os reuniréis los domingos, en conmemoración del día en que yo voy a resucitar. La reunión será obligatoria bajo pecado mortal. Si, en el transcurrir de los tiempos y de las culturas, la cosa se pone mal, ceded un poco y permitid también celebrar misas los sábados por la tarde.

Los que presidan la celebración se pondrán muy serios.

El desarrollo de la celebración deberá estar regulado, para que “hagáis lo mismo que yo he hecho,  en memoria mía”.

No se os ocurra celebrar de cualquier manera, ni en cualquier sitio, ni vestidos de calle.

No se podrá en ellos ni hablar, ni reír juntos, ni dialogar, ni fumar, ni comer, ni beber, ni danzar de alegría, ni hacer bromas. Son la Casa de Dios y todo lo de Dios es serio; es suprema seriedad.

Se despedía de la vida. Se sentaron en torno a la misma mesa todos aquellos varones y mujeres que le habían seguido de cerca.

En la sala de reunión se respiraba una atmósfera de amor, confianza y tristeza. La mesa, que llenaba todo el recinto, era una invitación a participar de la misma vida y del mismo destino.

Juan, preocupado porque el único rito de la comunidad fuera celebrar la vida-“Ha llegado la hora en que los que den culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y verdad” (4,23)-, en lugar del relato de los gestos de Jesús con el pan y la copa, pone el lavatorio de los pies como el gesto más significativo de la Cena.

Los discípulos fueron descubriendo que Jesús, en la Cena,  celebró lo que había estado viviendo y lo que estaba dispuesto a vivir por el amor a Dios y a los hombres: su ser entregado por la vida del mundo.

¡Ya estaba claro! “Haced en memoria”, quería decir. “Haced vida”, “haced el amor sin cesar y por doquier”. Y se exhortaban unos a otros a hacer lo mismo que Jesús, a dar la vida a los que teniendo vida, sin embargo, vivían como muertos (Mt 9,24). Se incitaban a ser luz del mundo (5,14) para iluminar a los ciegos (9,27).

La Eucaristía se refiere antes a la vida que a la misa, al proyecto de una vida en comunión que a la celebración de la Comunión. ¿De qué sirve la misa si uno no vive el amor? Entonces, “vuestras reuniones causan más daño que provecho” (11,17).

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La Eucaristía es el Centro de la fiesta Cristiana, y siendo una parte de la vida de la comunidad cristiana, tiene toda la fuerza para determinar tres criterios imprescindibles que determinan la auténtica fiesta de la vida.

 

1º- Ser signo del Reino de Dios en este ahora y en este tiempo. Fiesta de humanización.

Cristianos y no cristianos; en la Iglesia o fuera de la Iglesia; la auténtica fiesta nace cuando se atestigua, cuando a través del testimonio se es testigo del único absoluto para todos y todas: la centralidad del ser humano y su humanización como tarea.

Cuando la política y la socioeconomía, cuando toda la creación se centra en servir al ser humano, los testimonios en esta dirección aparecen en creyentes y no creyentes con toda la fuerza de quien disfruta y goza festivamente con autenticidad.

No serán los dogmas, ni las verdades inaccesibles, ni los dictados autoritarios los que nos aporten luz en la fiesta. Será el testigo y cada uno de ellos. Serán los testimonios y sólo la fuerza de su presencia quienes nos harán darnos cuenta de lo que gozosamente somos.

 

2º- Ser signo de fraternidad, sin distinción de razas, culturas o religiones. Fiesta de los débiles.

La fuerza de la fiesta no está en nuestra similitud, sino en la diversidad. No está en el máximo acuerdo e identidad, sino en el diálogo y la búsqueda. No está en la imposición y la fuerza, sino en la debilidad.

La verdadera fiesta y gozo del corazón humano nace de estar convencidos de que los pobres nos ayudan permanentemente a cambiar nuestra vida. Ellos nos denuncian la injusticia que mantiene el sistema social, denuncian nuestra resistencia y nuestras falsas fiestas, denuncian nuestra propia vida personal o de grupo.

Necesitamos profundizar la reflexión sobre la fuerza que se manifiesta en la debilidad de los pobres porque son nuestros hermanos.

La fiesta fraterna necesita que la fragilidad procure en  todo ser humano un corazón armonizado, sereno y en paz, que sepa festejar cuanto vive.

¿Cómo se puede festejar algo si el corazón humano está gastado, ocupado y distraído en ansiedades deshumanizadoras?

 

3º- Ser signo de liberación. La fiesta del compromiso.

Desde América latina, desde ámbitos seculares se nos ha invitado a profundizar y participar de la liberación por el compromiso histórico, político y social, de tal manera que sólo se disfruta  de un mundo nuevo y de un ser humano nuevo desde este compromiso educativo y transformador.

Desde el ámbito confesional de manera confluyente y similar se nos ha invitado profundamente con el testimonio martirial de sus mismas vidas a encontrar los signos de la liberación a través de la acción política, social, histórica y transformadora. Se nos ha repetido e invitado a reflexionar “¿Cómo compaginar la pasión por Dios y la pasión por el pueblo?”

Prácticas de celebración y fiesta como “oración encarnada en la acción”, o “liturgia como celebración de la vida”, o “compromiso político”, o “denuncia profética y paciencia histórica”, se mezclan como espacios de compromiso liberador de creyentes y no creyentes que desean disfrutar y apuestan por otro espíritu comunitario.

Y es que, finalmente, la fiesta cristiana vivida así nos une y no nos separa para celebrar la vida con otro muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Eucaristía es el Centro de la fiesta Cristiana, y siendo una parte de la vida de la comunidad cristiana, tiene toda la fuerza para determinar tres criterios imprescindibles que determinan la auténtica fiesta de la vida.

 

1º- Ser signo del Reino de Dios en este ahora y en este tiempo. Fiesta de humanización.

Cristianos y no cristianos; en la Iglesia o fuera de la Iglesia; la auténtica fiesta nace cuando se atestigua, cuando a través del testimonio se es testigo del único absoluto para todos y todas: la centralidad del ser humano y su humanización como tarea.

Cuando la política y la socioeconomía, cuando toda la creación se centra en servir al ser humano, los testimonios en esta dirección aparecen en creyentes y no creyentes con toda la fuerza de quien disfruta y goza festivamente con autenticidad.

No serán los dogmas, ni las verdades inaccesibles, ni los dictados autoritarios los que nos aporten luz en la fiesta. Será el testigo y cada uno de ellos. Serán los testimonios y sólo la fuerza de su presencia quienes nos harán darnos cuenta de lo que gozosamente somos.

 

2º- Ser signo de fraternidad, sin distinción de razas, culturas o religiones. Fiesta de los débiles.

La fuerza de la fiesta no está en nuestra similitud, sino en la diversidad. No está en el máximo acuerdo e identidad, sino en el diálogo y la búsqueda. No está en la imposición y la fuerza, sino en la debilidad.

La verdadera fiesta y gozo del corazón humano nace de estar convencidos de que los pobres nos ayudan permanentemente a cambiar nuestra vida. Ellos nos denuncian la injusticia que mantiene el sistema social, denuncian nuestra resistencia y nuestras falsas fiestas, denuncian nuestra propia vida personal o de grupo.

Necesitamos profundizar la reflexión sobre la fuerza que se manifiesta en la debilidad de los pobres porque son nuestros hermanos.

La fiesta fraterna necesita que la fragilidad procure en  todo ser humano un corazón armonizado, sereno y en paz, que sepa festejar cuanto vive.

¿Cómo se puede festejar algo si el corazón humano está gastado, ocupado y distraído en ansiedades deshumanizadoras?

 

3º- Ser signo de liberación. La fiesta del compromiso.

Desde América latina, desde ámbitos seculares se nos ha invitado a profundizar y participar de la liberación por el compromiso histórico, político y social, de tal manera que sólo se disfruta  de un mundo nuevo y de un ser humano nuevo desde este compromiso educativo y transformador.

Desde el ámbito confesional de manera confluyente y similar se nos ha invitado profundamente con el testimonio martirial de sus mismas vidas a encontrar los signos de la liberación a través de la acción política, social, histórica y transformadora. Se nos ha repetido e invitado a reflexionar “¿Cómo compaginar la pasión por Dios y la pasión por el pueblo?”

Prácticas de celebración y fiesta como “oración encarnada en la acción”, o “liturgia como celebración de la vida”, o “compromiso político”, o “denuncia profética y paciencia histórica”, se mezclan como espacios de compromiso liberador de creyentes y no creyentes que desean disfrutar y apuestan por otro espíritu comunitario.

Y es que, finalmente, la fiesta cristiana vivida así nos une y no nos separa para celebrar la vida con otro muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

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