La crisis de valores

Esther López

 ¿Crisis de valores? Nos trae de la mano un momento de oportunidades, de tomar las riendas, de desechar patrones anquilosados que hemos mantenido por tradición. Veamos la parte positiva de la crisis que, bienvenida sea, nos da la oportunidad de regenerarnos, de asentarnos sobre algo sólido y verdadero, y de adaptarnos a la realidad cambiante para afrontarla y poder humanizarla y transformarla.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de valores? Los valores son inherentes al ser humano, expresan su esencia y determinan la forma de actuar y de ser. Los valores definen cómo es la sociedad, creada por quienes viven en ella (política, manifestaciones culturales, organización…). Cada sociedad, culturalmente, potencia y transmite unos valores. Sentimos que están en crisis en las sociedades burguesas democráticas y capitalistas como la nuestra. Pero cuando hablamos de valores hablamos de libertad, paz, respeto, justicia, amor… ¿pueden estar en crisis?

La crisis de valores no es una ausencia de éstos sino una falta de orientación de cómo afrontar la realidad y el futuro y con qué valores hacerlo. Los valores no escasean, sino que se transforman con rapidez en un mundo globalizado que nos permite conocer valores procedentes de culturas diferentes a la nuestra.

Hoy en día, ante las posturas extremas divulgadas de que ya no hay valores, por un lado, y del retorno amenazante al “orden moral”, por otro, el ser humano tiene que analizar cómo se pueden transformar los valores y cómo hacer que nos conduzcan al presente y al futuro que deseamos. Los valores no están en crisis, en todo caso está en crisis nuestra capacidad para cultivarlos y hacer que los que son esenciales ocupen el motor de nuestras vidas. Tiempo de cambio: se nos ofrece la oportunidad de conocer y profundizar en los valores éticos, morales, trascendentales que configuran nuestra sociedad.

El problema es que hayamos cimentado la realidad en el tener, atendiendo a las necesidades creadas, sobre el ser; que nos conformemos con tener garantizadas la seguridad y la supervivencia. En nuestro modo de comportarnos, de relacionarnos, de hablar, de querer acumular posesiones, información, en los hábitos de trabajo… se trasciende nuestra escala de valores. Si descubrimos que los hemos materializado, como si fueran un objeto más del mercado capitalista que se puede comprar y desechar fácilmente, es que los hemos adulterado haciéndoles perder su universalidad y su sentido. No nos sirven tantos comportamientos que por haberlos convertido en habituales parece que son inherentes al ser humano: el individualismo desaforado, el consumismo de lo superfluo e incluso de lo perjudicial… porque generan violencia, desprecio por la persona, búsquedas desenfrenadas de lo material, aceptación de la mentira y el engaño (frecuentes, por ejemplo, en discursos de los representantes políticos).

La democracia en la que vivimos nos ha traído el sueño de ser un sistema de participación político, y la realidad es que se ha creado una masa uniforme fácil de manejar porque ha caído en el relativismo moral. Los valores se vapulean como si fueran tendencias de moda, e incluso se propician cambios contradictorios, a favor de una sociedad que falsamente lo justifica diciendo que no quiere anquilosarse, que se moderniza, que no es como el pasado. Así abrimos puertas a los totalitarismos, a lo excluyente, y se nos maneja fácilmente por medio del miedo, los mensajes propagandísticos, la tecnología convertida en un fin… El ser humano lo espera todo de la sociedad, queda fuera el esfuerzo personal, y lo que la sociedad genera no son valores universales y positivos sino un gran vacío.

Este vacío hace que forcemos el surgimiento de nuevos falsos valores puestos de moda, por supuesto diciendo que son el progreso, como son la evasión, la huida de la realidad que nos rodea. Si no nos planteamos el presente ni el futuro, si no tenemos objetivos ni metas, necesitamos sucedáneos: desorden con alcohol, violencia, drogas, sexo… que siempre están presentes: en la realidad, en el ocio, en los medios de comunicación. El tedio y la vida sin valores intentamos remediarlos con excitaciones fuertes; excitaciones efímeras y vacías que nos dejan caer en un tedio aún mayor y que nos hacen esperar que la sociedad nos dé la respuesta en vez de construir la realidad por nosotros mismos.

Si no estamos alerta el bombardeo de información instantáneo suplanta al análisis y al sentido histórico, y la frivolidad se hace tan fuerte que incluso altera las bases de la educación y los patrones de conducta. El modo de vida que persigue nuestra sociedad no parece promover la vida feliz verdadera sino la vida cómoda aunque sea superficial y carezca de sentido. Si no hacemos que la esencia del capitalismo cambie estamos condenados a los desequilibrios personales, sociales, económicos… Hay que luchar por llevar los valores verdaderos a todos los ámbitos: primar la rentabilidad social sobre los resultados económicos, controlar la especulación, la banca, defender los servicios públicos, reivindicar los espacios de las ciudades para usos sociales, la educación…

En esta época en la que a casi todo le hemos puesto precio debemos apostar por una educación verdadera en la que las personas sean capaces de descubrir los valores, valores para todos, que

sean transformadores de la sociedad y avancen hacia un porvenir más feliz, justo, etc. La educación es fundamental, desde la infancia, una educación integral centrada en la persona como ser único e irrepetible, para forjar los valores que nos dirigen y para fomentar el sentido crítico de la realidad, la capacidad para decidir, etc.

En el nivel personal no podemos perder la capacidad de relacionarnos con los demás, que es parte de la esencia del ser humano, ni permitir exclusivamente relaciones superficiales. La competitividad no puede hacer que se abandone el desarrollo personal. La falta de honestidad y respeto, la discriminación por múltiples factores (sexo, raza, religión, estado de salud…), la falta de compromiso con la sociedad y el medio ambiente, etc., nos tienen que hacer parar, reflexionar y analizar si son éticos nuestros comportamientos, incluso dentro de nuestras propias asociaciones. Tenemos que trabajar la afectividad, conocernos nosotros mismos, liberarnos de esclavitudes interiores y humanizar el trato con lo que nos rodea. Así eliminamos la dureza y la indiferencia y desarrollaremos las emociones.

Si reconocemos la dignidad de las personas, damos consistencia al tejido social, si la participación democrática no se reduce sólo a las elecciones sino que trabajamos con trascendencia política, social, cultural, estaremos avanzando, estaremos creando un futuro prometedor.

¿Estamos defendiendo nuevos valores? Nada hay nuevo, pero tenemos que volver a definirlos para depurarlos de todo lo superfluo y afinarlos para afrontar la sociedad actual. De esta manera podemos desarrollar un pensamiento ético, seremos capaces de tomar decisiones, miraremos la sociedad de una forma activa y con espíritu solidario, seremos conscientes de la existencia de la pobreza y de la necesidad de decrecimiento de nuestra sociedad, y se verá un cambio en nosotros y en nuestro entorno. Aunque la visión de la realidad de cada ser humano es única y está influida por factores externos a él mismo, los orígenes de esa perspectiva, lo que tiene que ver con los valores, responde a los mismos interrogantes: yo, los que me rodean, la vida, el mundo físico y el mundo espiritual.

¿Cuál es nuestra responsabilidad ante la crisis? Parar, reflexionar, tomar decisiones y apostar activamente por valores esenciales, positivos, absolutos. Cuando los valores están en contacto con la realidad hablan, sacuden, hacen que se pase a la acción. Además conocer la verdad que nos mueve hace que nos llenemos de paz, y esta paz nos da seguridad, coherencia. Los seres humanos se encuentran en la verdad, no en las ilusiones ni en los proyectos que sin una base fuerte generan inseguridad y angustia. La búsqueda del trabajo bien hecho, de la gratuidad, de la humildad, de la prudencia, de la libertad, del amor… exigen esfuerzo personal, toma de decisiones a menudo dolorosas porque nos exigen responsabilidad como personas y no dejarnos llevar por lo fácil y lo socialmente aceptado. El esfuerzo que se realiza se opone a la pereza intelectual, pereza que genera cobardía e indecisión, que a su vez nos llevan a la despersonalización característica en nuestros días. Este esfuerzo no está bien visto en la sociedad actual, que propugna el hedonismo y que el mercado nos surta de todo lo que necesitemos, y nos trae la ley del mínimo esfuerzo, la avaricia, el conformismo, el empobrecimiento vivencial y la indiferencia, la incapacidad de descubrir el sentido de lo trascendente, la ignorancia, la incapacidad de ver la pobreza que generamos y las distintas manifestaciones de la debilidad. Si somos débiles en valores es fácil arrebatarnos nuestra libertad, por la incapacidad de tomar las riendas de nuestra vida o por no enfrentarnos a la coacción externa (mecanismo de seguridad mal entendido que nos inmoviliza).

¿Nuevos valores negativos? Tampoco, han existido desde siempre, pero su aceptación social ha sido mayor en los últimos tiempos. No tendremos una alternativa social si no tenemos una alternativa ética que, a su vez, nos va a traer una nueva vida personal. Por eso tenemos que aprovechar la parte positiva de que estemos en crisis, las contradicciones que surgen pueden iluminar nuevas oportunidades de hacer cambios, la ocasión de comprender de manera inteligente el presente y de hacer una previsión del futuro, de configurar una manera de situarse en el mundo, de caminar hacia la utopía.

1 comentario

  1. me sirvió gracias

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