IGLESIA, PUEBLO DE DIOS

COMUNIDAD OTRA VOZ DE LA IGLESIA (MADRID) 

Cuando nuestra comunidad empezó a caminar como tal, hace 27 años, ya había concluido el Concilio Vaticano II. Por eso, cuando se nos sugiere escribir unas líneas sobre la Iglesia Pueblo de Dios según el Concilio, nuestras experiencias no son coincidentes. Para unos era confirmación de lo que venían pensando, para otros un grato descubrimiento, y para otros una decepción porque se mantenían muchas cosas igual.

En el seno de una Iglesia inmovilista, cerrada, el Concilio llegaba tarde para dar respuesta a lo que amplios sectores de cristianos reclamaban. Aún así, estos sectores “aprovecharon” afirmaciones del Concilio, que suponían un planteamiento lúcido y correcto sobre la Iglesia, para ir dando algún  paso posible en la construcción de una Iglesia diferente. Por ejemplo, el reconocer que la comunidad del pueblo de Dios tiene prioridad sobre la estructura jurídica, que es considerada al servicio de las necesidades de aquella, era un paso muy importante en ese momento.

Pero nos gustaría hacer dos consideraciones al respecto. En primer lugar, que hay afirmaciones en los textos conciliares, al menos en el caso de la Lumen Gentium, que es a la que nos referimos aquí, que, siendo muy válidas, se encuentran muy matizadas y “corregidas” por otras que no van en la misma dirección.

La segunda consideración nos parece aún más importante: el Concilio Vaticano II, en lo que se refiere a la Iglesia, no hace más que afirmaciones  teóricas, pero no aborda, ni cuestiona, ni modifica en absoluto las estructuras de la Iglesia.

Por eso nos parece que el Concilio fue incompleto. En teoría podemos estar bastante de acuerdo con lo que dice la Lumen Gentium, pero en la práctica las cosas quedaron articuladas de modo muy diferente y no era posible hacer realidad esa doctrina, puesto que la organización de la Iglesia quedó prácticamente como estaba antes del Concilio. Los cambios externos que se realizaron eran de una importancia muy relativa y de poca influencia en la marcha general de la Iglesia.

Porque en realidad, ¿cuál es la participación de los laicos en la marcha de la Iglesia?, Se les deja participar, eso sí, en algunos “Consejos”, pero solamente a efectos de “consulta”, ya que a la hora de la verdad las decisiones las toma el clero. Otro ejemplo: a la hora de nombrar a un párroco o a un obispo, por más que se hable de la “comunión eclesial”, la elección la realiza la jerarquía; una vez más, en la práctica, el poder de decisión sigue concentrado en el Papa a nivel universal y en el obispo a nivel local.

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Un verdadero Pueblo de Dios, para no ser un mero “feligrés” anónimo receptor de sacramentos, debe tener la posibilidad de tomar parte en un poder colegiado, que permita la participación de todos en las decisiones y tareas, según sus capacidades y carismas.

Una Iglesia en la que los laicos no tienen capacidad  de tomar decisiones y éstas se concentran en el cuerpo clerical, no puede llamarse con un mínimo de coherencia “Iglesia – Pueblo de Dios”, ya que el pueblo cristiano queda relegado a una relación de subordinación y sometimiento.

Pero no  queremos dejar de poner un segundo ejemplo entre tantos otros, de un tema básico en la Iglesia que el Concilio dejó como estaba. Los padres conciliares (todos varones) habían afirmado que “toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona (…) por razón de sexo (…) debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino” (Gaudium et Spes,29b). Pues bien, una vez más, contradicción evidente, todo quedó en una hermosa teoría, ya que la mujer quedó como estaba, absolutamente discriminada y subordinada en las masculinas estructuras eclesiales.

Una vez más, pareciera que los derechos y libertades, reconocidos en la Declaración Universal, no tuvieran cabida en la Iglesia. Lo cierto es que, igual antes que después del Concilio Vaticano II, la situación de la mujer en la Iglesia se convierte en algo intolerable.

Este artículo está realizado con las aportaciones de todos los miembros de nuestra comunidad. Seguramente no es “políticamente correcto”, es decir, en nuestro caso de cristianos, “teológicamente correcto”: lo que ocurre es que en nuestra comunidad de base no hay ningún teólogo, pero compartimos nuestra reflexión con vosotros con la libertad de los hijos de Dios.

¿No se ha  idealizado mucho el Concilio?

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