EZEQUIEL ANDER-EGG Y EL DESAFÍO ECOLÓGICO

Luis Ángel Aguilar Montero

 Cuando se conoce a Ezequiel uno no puede evitar el contemplarlo desde un doble plano. Desde  el personaje, del otro la persona.

El personaje, que aquí es lo que menos importa,  no deja de ser sugerente. Un hombre con cinco carreras, 124 libros publicados, cerca de un millón de ejemplares vendidos, consultor y experto de organismos internacionales como la OEA, ONU, UNICEF o la UNESCO, catedrático y profesor visitante de 175 universidades de Europa y América Latina, director académico de casi cien cursos internacionales y alguien sobre el que se ha hecho una tesis doctoral sobre su pensamiento.  Es cuando menos un llamativo currículo.

La persona, sin embargo, ese conjunto de pliegues de este ser humano y su personalidad ya es algo diferente y es sobre lo que pretendemos escribir unas páginas, en este caso, y por la naturaleza de éste número de UTOPÍA en relación con nuestra misión de “salvar la tierra1[1]”.

Aquí es donde habría que presentar a este argentino,  nacido en la Pampa hace más de 75 años,  pero que es suizo-alemán por línea paterna, italiano por la materna, español por elección, latinoamericano por opción, ciudadano del mundo (elegido en Portugal por sus aportaciones a la convivencia internacional) y un “ser con una conciencia planetaria que se siente un porciúnculo de la energía cósmica”,  como a él mismo le gusta confesar.

No sujeto a la disciplina de un partido ni a la ortodoxia de ninguna religión,  él se define como una persona libre que hace y dice lo que piensa. Es un hombre dulce de trato, austero y ascético en su forma de vivir, desgarbado e ingenuo de presencia y como dice una amiga común, “franciscano agnóstico, amante de la naturaleza y de la vida sencilla y… a fin de cuentas,  un hombre que simplemente busca ser persona”.

Ezequiel, sin pretender detenernos en cada uno de los temas que hoy amenazan la tierra, enumera inicialmente aquellos problemas ecológicos que nos están colocando en este umbral de catástrofe ecológica, si es que se puede llamar así.55 Entevista 2

Sí, claro, y,  aunque estamos a tiempo para reaccionar,  creo que esos problemas son bien sabidos: la degradación de los suelos y el proceso de desertización, las sequías y la contaminación del agua; el efecto invernadero, el deterioro de la capa de ozono y la contaminación atmosférica; el saqueo de la naturaleza con la destrucción de bosques, selvas y biodiversidad; el abuso de los narcóticos del suelo (plaguicidas,  pesticidas, herbicidas y abonos); la contaminación de los alimentos (adulteraciones, aditivos, transgénicos, etc.); la invasión de las basuras de envases y desechos; la contaminación radioactiva y el desarrollo de la energía nuclear.

Tú que siempre has dicho que lo que más amas es la vida tanto de las personas como de la Pachamama (madre tierra), ¿qué factores, hechos o procesos hoy nos encaminan hacia un futuro amenazador?

En primer lugar, el modelo de crecimiento económico y el desarrollo industrial que sólo se ha preocupado de la acumulación de capital y de las ganancias o rentabilidades sin importarle el costo social, humano o ecológico. En segundo lugar,  la concepción mecanicista de la ciencia y la tecnología que, bajo el mito del progreso indefinido y el crecimiento económico ilimitado, ha incidido mucho en la agresión ecológica. En tercer lugar, la misma explosión demográfica, el proceso de urbanización (la superpoblación de las grandes ciudades) y su incidencia en el deterioro del medio ambiente. En cuarto lugar, la forma de relación entre el hombre y la naturaleza que, al considerarse inagotable y gratuita,  está siendo expoliada, agredida y deteriorada hasta el límite de su capacidad de recuperación. Y, por último, lo que se ha venido en llamar civilización fáustica, que, partiendo de ese postulado de crecimiento indefinido (crecer, tener, producir, acumular y consumir) y de la falacia del planeta ilimitado,  está conduciendo a la humanidad a una situación crítica.

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Pero, no todo lo que está pasando es atribuible al ser humano, ¿o si?

No, claro. De hecho, durante siglos,  los mayores esfuerzos se han centrado en proteger al hombre del medio. La tierra, como hogar común de la humanidad,  está acechada por peligros que no pueden controlarse localmente, ni siquiera a nivel de un Estado; eso del efecto invernadero, del deterioro de la capa de ozono o de las alteraciones climáticas son problemas que no tienen frontera y que hay que resolver a escala planetaria.

Pero nuestra capacidad agresora ha ido más allá de esta única tierra que tenemos, ¿no?

Si, claro. Hemos contaminado todo el planeta, hemos alterado la plataforma subcontinental, el fondo de los océanos, el espacio extraterrestre, desde el plancton marino hasta la capa que nos protege de los rayos ultravioleta; hemos destruido especies animales, arrasado bosques, desertizado el planeta… la destrucción alcanza dimensiones planetarias.

Y entonces, para evitar esta eco catástrofe universal, ¿qué es lo que tenemos que hacer?, ¿qué es lo que está a nuestro alcance?, ¿qué se puede hacer a nivel cotidiano?

Los problemas – como hemos dicho – tienen tal magnitud que necesitan de una acción colectiva de dimensiones planetarias. Tomar conciencia de ello, reconocer que estamos implicados nosotros y el futuro de la humanidad, ya es un primer paso, o sea, reconocer la lucha ecológica como la de nuestra supervivencia como especie. La verdad es que tenemos que considerar el problema también como una responsabilidad individual.

¿Podrías resumir esto en pistas concretas de acción, tú que además de politólogo, sociólogo y experto en temas sociales y económicos, eres un gran pedagogo?

Mira, en primer lugar, hay que conocer y denunciar todas las formas de agresión del 55 Entevista 4ser humano al medio ambiente, ya sea como actividad puntual, ya como militancia ecologista. En segundo lugar, en cada país hay que conseguir legislaciones sobre la defensa del medio ambiente y la implantación de los delitos ecológicos con penas acordes a la magnitud de los daños causados; reciclaje de basuras y residuos, control sobre la contaminación de fábricas y vehículos, etc., también entrarían aquí. En tercer lugar, es necesario un esfuerzo por aplicar la ciencia y la tecnología (no tanta I + D en armamento, por ejemplo) para proteger el sistema ambiental y corregir los daños producidos. El uso 55 Entevista 5de tecnologías más limpias y energías más eficaces y menos agresoras también es capital;  y, finalmente, hay que señalar algo que está en la manos de todos y todas: ir asumiendo un estilo de vida personal y social que implique un nuevo modo de relación de las personas entre sí y de estas con los componentes extrahumanos del entorno. El cambio que necesitamos para salvarnos del desastre ecológico no se logrará si sólo lo esperamos de la ciencia, de las leyes o de la mera denuncia. Es preciso cambiar nuestro modo de vivir, nuestro estilo de de vida.

Dinos, para terminar, algo más sobre ese nuevo estilo de vida (NEV) necesario para vivir en armonía con nuestra madre tierra.

Cambiar hacia nuevas formas de vida es conveniente si las consideramos más humanas y deseables y si suponen liberarnos de las compulsiones y presiones de la sociedad consumista que nos toca vivir. En realidad, este NEV comporta una triple dimensión: 1. asumir valores que desvinculen la realización personal del poder adquisitivo, del consumir y del tener cosas; 2. cambiar lo que podemos cambiar ya (eso del actuar localmente) pero viviendo y actuando como quisiéramos que fuera el nuevo mundo a construir (eso del pensar globalmente); 3. actuar de manera organizada –tanto a nivel individual como grupal- para cambiar la sociedad por los medios más acordes a lo nuevo que queremos construir. En definitiva, pensar en un NEV supone cambiar ese “homo consumens” que, estimulado por la publicidad, busca su estatus en el tener, sin importarle las consecuencias que esto suponga para la naturaleza.55 Entevista 6

Y para acabar, reconocer que aunque el NEV comporte un planteamiento más global que el derivado del paradigma ecológico, los movimientos pacifistas, ecologistas, feministas, defensores de los DDHH o de objeción de conciencia son quienes en estas últimas décadas relanzan verdaderamente la utopía. Y como toda utopía,  la que resulta de la inspiración de estos movimientos es una propuesta que trasciende la realidad, lo establecido, con el propósito de transformarlo en algo nuevo.

¡Que abramos entre todos y todas las puertas a la utopía!

 


[1] Título éste que, junto al “desafío ecológico”, dan pie a un interesante manual de ecología, que, publicado en 1978, ya lleva 8 ediciones vendidas.

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