Evolución en el campo de lo social en los años de nuestra andadura

Gregorio Ubierna Güemes

Cuando yo era joven, recuerdo los debates que manteníamos los amigos. Nos acompañábamos a casa de uno y luego volvíamos a casa del otro para mantener la relación y la conversación. Recuerdo que casi siempre entraba en el lote al menos uno de estos tres temas: política, religión o sexo. Así nos pasábamos la noche debatiendo, en lugar de sujetar las barras de los bares.

En mis primeros viajes desde Euskal Herria al Mediterráneo con la caravana, solíamos parar en varios pueblos, y entonces todavía era frecuente ver tertulias de solana o círculos de personas (sobre todo, mujeres) conversando al anochecer. Lo importante era acompañarse, escucharse. Nada de arreglar el mundo o meterse en filosofías profundas.

Con el paso de los años, la televisión también llegó a los pueblos y sembró en ellos su cultura uniformizadora. Mi primera sorpresa sobre el cambio social la experimenté una mañana en que intentamos tomar un café pero no pudimos, porque los bares estaban todavía cerrados. Claro, habían hecho vida nocturna hasta altas horas de la noche y todavía estaban descansando.

Después de llevarse a cabo la transición del franquismo a la “democracia”, los partidos políticos intentaron echar sus raíces en el colectivo social. Una parcela que estaba consolidada eran las Asociaciones Vecinales, donde se refugiaban los que luchaban contra la dictadura. Yo viví la experiencia (como muchos otros) del desembarco de los partidos políticos en esas Asociaciones de Vecinos para controlarlas e incluso expulsar a los rojos que utilizaban esa plataforma para hacer política.

Las instituciones, que estaban abiertas al pueblo, se fueron cerrando poco a poco a la entrada de los ciudadanos; primero se impuso el permiso de entrada, la tarjeta de visitante; luego, los cuerpos de seguridad y los guardas de seguridad (privatización de la vigilancia y la represión). Hoy en día ya es casi  imposible acceder a las Instituciones a no ser con permiso  expreso o por motivos especiales. Es más, los servicios al público los han desalojado a edificios de oficinas, para dejar en el palacio sólo los despachos que están ocupados por los responsables de la burocracia. Nos niegan no sólo la participación ciudadana, sino incluso nuestra presencia física. No conviene merodear por los alrededores porque están llenos de cámaras que te graban, y ya se sabe que hoy cualquiera puede ser sospechoso si no demuestra lo contrario.

La expulsión de las Instituciones va en paralelo con el aislamiento social. La televisión se encarga de transmitir los modelos de comportamiento y los hábitos sociales. La individualización es ya una amenaza para las personas, que intentan encerrarse en una burbuja para preservar su vida y su salud. Cada día son más los que se relacionan con el exterior a través del móvil, adoptando comportamientos autistas: es frecuente ver una cuadrilla de jóvenes que se ignoran, concentrado cada cual en su móvil; o viajar en un transporte público donde una gran mayoría está ocupada con el móvil en la mano; o incluso una pareja mirando al mar (se supone que enamorados) que está cada cual absorto en su móvil y no tienen tiempo de comunicarse entre ellos y tampoco de mirarse.

Ante esta ausencia de participación y cohesión social se plantean algunas soluciones: ciertos psicólogos y divulgadores propugnan una profundización en el interior de la persona mediante la autoayuda hasta descubrir sus propios valores y llegar a alcanzar la paz y la felicidad en su interior.

Por otra parte, esta dramática situación social viene en gran parte provocada por la concentración de poder económico y la utilización de las Instituciones a su servicio a través del poder político, dictando leyes que tienen como objetivo garantizar la sumisión de los ciudadanos, criminalizar sus luchas y sus protestas para aumentar si cabe la pérdida de derechos sociales y reivindicativos. Por eso endurecen el Código Penal y aprueban la Ley Mordaza, para empujarnos a la pasividad y al miedo.

Se produce así una gran confusión y pérdida de orientación que nos hace vagar en la incertidumbre a causa de los atropellos políticos e institucionales, ante la amenaza de miles de leyes que te pueden ser aplicadas mientras padeces la indefensión de la prueba y la manipulación de esas leyes por parte de los más poderosos y de quienes las interpretan, como son los jueces, fiscales, abogados, políticos.

Además de mantenernos atemorizados y alejados de la toma de decisiones que nos incumben, se han metido en nuestras mentes utilizando los grandes avances tecnológicos en el campo de la comunicación. Una gran mayoría de personas ha perdido la capacidad de elaborar reflexiones y expresar ideas propias. Se han aprendido la lección que imparten los canales de sus amos y repiten sus mensajes y sus consignas como si fueran propios.

Nuestra ideología está condicionada por los dueños del mundo, toda vez que han conseguido desalojar las ideas de nuestra cabeza. Nuestra mente funciona por impulsos eléctricos y quizás no esté lejos el día en que puedan manejar nuestros pensamientos y nuestros actos (nuestra voluntad) desde el exterior de nuestro cuerpo, de la misma manera que dirigimos nosotros ahora los aparatos eléctricos y electrónicos con el mando a distancia.

La crisis que atravesamos es de gran alcance, el sistema económico y social globalizado no tiene ya capacidad para resolver las graves contradicciones que encierra. Este sistema se hunde y algo nuevo tiene que surgir. Todo apunta a que estamos ante un cambio de época cercano que nos traerá novedades trascendentales.

En el campo laboral, los trabajadores fuimos capaces de crear el sindicalismo asambleario, consciente, reivindicativo…, que negociaba mejoras económicas y sociales. Pero ahora estamos estancados en el sindicalismo burocrático y clientelar, donde se persigue más el ascenso o las ventajas personales que el crecimiento colectivo y solidario. Los convenios colectivos se van deteriorando o incluso desaparecen y al mismo tiempo los líderes sindicales se codean con la patronal, comen en su mesa y gozan de sus mismos privilegios.

Conocemos el ejemplo más escandaloso que uno pueda imaginar: entre los ejecutivos de Bankia que disponían de las tarjetas de libre disposición de fondos sin limitación, están incluidos seis representantes de Comisiones Obreras y cuatro de UGT. Mientras, la precariedad, los despidos, los desahucios y todo tipo de miserias y necesidades se apoderan de la mayoría de los trabajadores.

Antes de terminar, hay que destacar una cuestión social y de calle muy positiva. Desde que se prohibió fumar dentro de los bares, éstos habilitaron repisas con banquetas, mesas, sillas, toldos, para que los fumadores y quienes les acompañan puedan estar en la calle. Ahora, mientras caminas por la ciudad, resulta agradable observar a las personas que disfrutan de manera placentera y relajada tomándose un vinito o una cerveza en plena calle. En esta ocasión, y de manera excepcional, una prohibición crea las condiciones para una mejora social.

Deja una respuesta

Tu email nunca se publicará.

*