El Evangelio: La Alternativa

Elizabeth Sánchez

No sé si somos conscientes de que la sociedad en la que vivimos es cada vez menos justa, menos humana, menos humanitaria, menos cercana, menos personal y más capitalista-consumista. El evangelio, el cristianismo, la fe, la esperanza, el amor, la amistad son ignorados y muchas veces desconocidos. Si somos conscientes de esta realidad, entonces sentiremos tristeza al darnos cuenta de que ni siquiera lo tenemos como última opción, cuando en la actualidad, en este mundo cada vez más injusto, más inhumano, uno de los aportes más valiosos debería ser el fomento de la fe y del cristianismo, y no como alternativa sino como parte de nuestra vida, de nuestros hábitos; y con esta fe, aprender a ver, resolver, superar y aceptar la vida y los problemas diferentes.

Lamentablemente, es innegable que vivimos sumergidos en unos sistemas injustos,  con unas estructuras oprimentes, en una sociedad egoísta en la que prevalecen los intereses económicos antes que los intereses y el bienestar de las personas, que convierten a los seres humanos en mercancías y que confunden los derechos humanos con “derechos capitalistas”, que convierten el consumo en un modo de vida. Pero lo más grave es que aceptamos tranquila y confortablemente este capitalismo neoliberal, y nuestras vidas se limitan al “consumo, luego existo” en el que valoramos a las personas con un simple “análisis”: el que más tiene más vale, el que mejor viste mejor persona es, ganar y gastar, usar y tirar, ganar y vivir, gastar al día, ¿para qué ahorrar?; gastamos dinero que no tenemos y compramos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos gusta (Thorstein Veblen). Ganar, gastar, gozar y siempre consumir es el objetivo del mundo en el que vivimos,  y no somos conscientes de que este modo de vida genera diariamente situaciones de muerte para millones de seres humanos, arrasando incluso la naturaleza, castigando injustamente a los sectores más vulnerables de esta sociedad para los que su “riqueza económica” se limita a cubrir sus necesidades básicas día a día. Y nosotros, en nuestro mundo consumista. Este problema de la pobreza lo descartamos de nuestras vidas porque no son parte de nosotros y damos la espalda a este problema mundial. Y la reacción que tenemos es protegernos de ellos y alejarlos de nuestras vidas, porque no somos capaces de anteponer nuestro bienestar al bien común. Ahora pregunto: ¿qué estamos dispuestos a hacer para no dejarlos morir?

Si volvemos la vista hacia atrás, nos damos cuenta de que desde todos los tiempos  el mundo constantemente está en crisis, el ansia de poder económico nos mata y el dinero ha sido sin duda el “dios” al  que todos rezan y todos se someten. Pero esta crisis se recrudece y nos azota aún más en estos momentos, en todos los niveles: pobreza, hambre, muerte, desempleo, corrupción política y económica, inmigración, refugiados, catástrofes naturales. Y lo peor de todo es que no tenemos respuesta, ni propuestas de los gobiernos, ni propuestas políticas. Y es ahora cuando la Iglesia debe dar respuestas y jugar un papel importante. Es así como el Papa Francisco deja claro que la Iglesia actual, su Iglesia, no le gusta, pero tampoco el mundo que la rodea. De ahí que fije el horizonte de su papado sobre dos raíles paralelos: una reforma de la Iglesia, que incluya una conversión del propio  papado, y un llamamiento urgente a los políticos para que luchen contra “la tiranía del sistema económico”.

Este modo de vida, este ciclo económico nos está matando día a día  y nos está invadiendo en todos los campos de nuestra vida, incluso en el religioso. Todas nuestras creencias ahora tienen precio; por ejemplo, en la  Navidad ya no celebramos el nacimiento de Jesús, sino que es una fiesta en la que más se compra y se consume, es la gran “pascua consumista”. Todo se ha convertido en fiestas comerciales: las peregrinaciones a lugares turísticos y los sacramentos en fiestas de familia sin ningún fondo humano. El gran pecado de nuestra generación es el lento genocidio de los pobres, producido por la injusticia, la ceguera y el egoísmo de los países ricos, que en su mayoría son “cristianos”.

“Cuando el tener se convierte en un absoluto, en el bien supremo que impide mirar más allá, el hombre se encierra como en una prisión. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por la amistad, sino por el interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse-” (Pablo VI, PP 19).

Creo sinceramente, y no pierdo la esperanza, que la clave está en el evangelio, con paciencia, sin prisa pero sin pausa. Hay que empezar a educar para creer, hay que educar para la paz. Se vuelve cada vez más apremiante analizar cómo hacer para alcanzar una sociedad más justa, igualitaria e equitativa, una sociedad con paz, en la que primen los intereses humanos antes que el capital, una sociedad incluyente y responsable. Urge  aprender a vivir y a aceptar “una vida más pobre, más sobria, siendo responsables de nuestro consumo; es decir, debemos redefinir nuestro concepto de bienestar”,  debemos darnos cuenta de que  hemos hecho un mal uso de nuestros recursos, nos hemos olvidado de que lo importante es vivir y ser feliz.  Debemos aprender a diferenciar lo necesario para vivir y lo que podemos tener para derrochar. Y debemos hacerlo ahora; todavía estamos a tiempo, porque, si no somos capaces de cambiar nuestros hábitos, el futuro que nos espera es de muerte y destrucción.

Necesitamos urgentemente volver al evangelio y recuperar su sentido real, del mismo modo que necesitamos recuperar el verdadero estilo de la vida comunitaria, que es poder compartir unos con otros, poder ayudarnos y apoyarnos mutuamente pero  también aceptarnos con nuestras debilidades y fortalezas, con nuestros defectos y virtudes, teniendo en cuenta que lo que nos une es el bien del pueblo de Dios. Por ello conviene revisar constantemente nuestras vidas a la luz del evangelio y de la fe que profesamos, sin olvidar que nuestra forma de vida puede perjudicar o ayudar a nuestro prójimo. Debemos aprender a ser más humildes, más conscientes y más agradecidos con el regalo de cada minuto de vida que disfrutamos, aprender a vivir día a día, a desestresarnos, a gozar de nuestro presente, pensando en un futuro dichoso.  Debemos brindarnos la posibilidad de abrir los ojos y mirar que nuestra codicia nos está matando, y que estamos destruyendo el único mundo que tenemos. Y la religión, el evangelio, nos pueden ayudar a generar esta posibilidad de cambio y devolvernos la esperanza. Tenemos que aprender a escuchar a nuestro corazón que nunca se equivoca y al de las personas. Es importante y necesario que caminemos de la mano del evangelio, no olvidemos que “hay más dicha en dar que en recibir” (Hch 20,35). Es necesario tener un compromiso social y solidario para luchar no por una mejor economía, sino para que los derechos humanos prevalezcan sobre todo. Sólo  la fe y la esperanza nos permitirán conseguir un mundo mejor y de paz.

“Lo más grave del siglo XX no serán las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas” (L. King).

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