Entrevista: José Corbella

José Corbella

José Corbella nació el 28 de marzo de 1941. Pertenece a la generación que no conoció la guerra porque se la ocultaron los vencedores y los vencidos. Fue Presidente de la Vanguardia Obrera Juvenil, movimiento apostólico, que estuvo decididamente en la oposición al franquismo. Es historiador y profesor jubilado de Historia Contemporánea

por Javier Domínguez

Javier Domínguez: Has escrito un libro de historia de Madrid que considero el cuarto que hay que añadir a los tres clásicos indispensables: el de Mesonero Romanos. (El antiguo Madrid), de 1861; el tomo del Diccionario de Madoz (Madrid y su Provincia), de 1849; y el de Repide (Las calles de Madrid), de 1923.

¿Podrías explicar por qué pones este título (“Entre lo muertos”) a un libro de geografía e historia que investiga cosas de la vida cotidiana, como los nombres de los 353 reclutas de Madrid que mandaron a la guerra de África, los atendidos por sarampión en las casas de socorro desde octubre de 1930 a julio de 1931 (2838), los que murieron de tuberculosis (635), el número de alumnos de la escuela pública de la calle de la Luna, 14 (54)?

José Corbella: Le puse el título definitivo después de algún tiempo. Antes pensé en otros, como “A perro flaco” o “Yo viví entre los muertos”, pero, finalmente, fue el resultado de algún presentimiento, como el de la portada que luego te cuento.

Recordé un poema que luego inserté en la página 2 (en el libro no está todavía, pero estará). Es un poema del libro de Dámaso Alonso Hijos de la ira en el que glosa una noticia de la prensa que era algo así como que Madrid el año 1939 había llegado al millón de habitantes,y él decía que Madrid era habitado por un millón de muertos.

Los recuerdos de mi niñez me llevaron a aquellos años, los cuarenta del siglo pasado, y, como digo en el libro, los coetáneos míos percibíamos, yo al menos sí, estar en medio de un mundo con gente expectante, temerosa del entorno, vigilados y constreñidos.

A lo largo de todo el libro se cuenta cómo vivimos aquella falta de libertad, el origen y evolución de un número de personas de mi generación por volver a disfrutar de ella, pasando por la II República, la guerra civil y la postguerra.

J. Domínguez: El subtítulo es Geografía de la pobreza, de la guerra y de la represión en Madrid. Y, como buen geógrafo, has elaborado dos mapas. ¿Podrías explicarnos de qué van estos dos mapas?

J. Corbella:Los mapas son como una metáfora. Son el resultado de querer pinchar, atrapar, en el espacio los hitos de nuestra historia reciente. En general, en ellos se fijan los hechos que fueron modelando las percepciones espaciales de la gente que vivió entre 1931 y 1975.

Lo que ocurre en nuestro entorno, lo que llamamos “la Historia”, es el resultado de la interacción de numerosos factores: los primarios, como el clima, la vegetación, el relieve y el suelo son eso, los primarios; pero, además, todos se relacionan entre sí con el individuo pensante. Bien supo esto la Escuela Francesa de ”Annales”, de lo que hizo bandera en sus investigaciones. Un libro memorable de Ives Lacoste se titula La Geografía, un arma para la guerra”.

La pobreza, la guerra y la represión son tres hechos básicos en el acontecer de nuestra historia reciente.

J. Domínguez: Es la primera vez que oigo a un historiador decir que la pobreza, la guerra y la represión son hechos básicos.

J. Corbella: La pobreza de la gente no es sólo un concepto, fue una realidad vívida que modeló las vidas de quienes la padecieron. En el siglo XX afectó a casi toda la población, menos a las minorías situadas en lo más alto. Afectó a gran parte de la clase media y de los trabajadores.

La guerra, ¡qué decir de la guerra! Apenas se puede expresar con palabras y, tal vez por ello, me he tomado la libertad de dedicarle mucho espacio a contarla.

La represión, tanto de un lado como del otro, no por igual, nos llenó de sangre y lágrimas. Los tres elementos están presentes en el libro contados con la objetividad de que he sido capaz y los tres están presentes en el paisaje, en la geografía.

Este tipo de testimonios se plasman en el paisaje; algunos con duración muy limitada, pues son perecederos como restos del pasado, como el hambre sufrida que sólo está en los restos biotípicos supervivientes o la destrucción por la guerra, que apenas quedan, o de la represión, que sólo está en archivos, muchos destruidos en expedientes policiales, o en la prensa, con toda su carga ideológica en cada caso.

J. Domínguez: La portada es realmente impactante. Es un dibujo tuyo: un hombrecillo de espaldas con una maleta enfrentándose a un camino solitario por los campos de Castilla de Azorín. ¿Qué quieres expresar con este dibujo?

J. Corbella: La portada la pinté hace diez años o más. Nunca pensé que sería la portada de un libro mío. Debe ser que las ideas y sentimientos básicos que me guiaron a hacerla se parecían mucho a los que me llevaron al libro y los que aún encuentro en mí, casi al final de mi camino.

José Corbella

La forma de la portada es simple. Tiene los elementos justos para expresar lo que quiero decir. Es, como dices en la pregunta, la Castilla de Azorín y es, además, la imagen de la desolación. Es también una expresión de muerte y de melancolía. Pero no por casualidad es la imagen de un caminante consternado y estático con intención, porque es alguien que ha asumido tener que caminar. Podría haberlo puesto sentado en una peña pelada, resignado. Aquí se encuentra en la línea de salida, con un destino; por eso lleva sus cosas en la maleta.

Tal vez sorprenda la extrema tristeza del cuadro, pero es que la España contemporánea es triste, dígase lo que se diga; y más en estos años aciagos de los primeros veinte de este siglo XXI.

J. Domínguez: ¿Es realmente triste la gente de España?

J. Corbella: Yo creo que la visión castiza de la gente de España la pinta alegre, folclórica, desenfadada; pero en el fondo, entre las bambalinas, están los problemas de la gente de España. “La procesión va por dentro”, dice un pensamiento popular.

No quiero hacer de esto una elucubración, porque yo lo ví como una realidad entre los míos y la gente que yo conocí. Generalmente, a más necesidades sin cubrir, menos alegría: “donde no hay harina todo es mohína”.

Y en España hemos sido y continuamos siendo tristes y fatalistas. Han sido muchos años de mala educación, por la irresponsabilidad de nuestros gobernantes y por la resignación predicada por nuestra cultura religiosa. En muchos hogares que yo conocí por relación con mis amigos, la tristeza y el fatum venían de la mano de la miseria. En los años de la postguerra vimos y leímos la tragedia de la gente humilde.

J. Domínguez: Has hecho una investigación muy seria sobre la evolución del espíritu o de la mística -o de la espiritualidad, en sentido amplio- de un grupo de militantes cristianos… que representan a toda una generación. Explica cómo ha sido esta evolución.

J. Corbella: Lo digo en el libro. Comenzamos con un bagaje muy limitado de ideas. Eran ideas fuertes extraídas de las Escrituras, pero se remitían a un mundo y a una visión generalmente domésticos y de muy poco alcance. Suelo citar dos hechos que me llamaron la atención, pero no entonces, sino ahora:

J. Domínguez autor de la Entrevista

Primero, el presidente de la Vanguardia Obrera se alistó como mercenario en la Guerra del Congo y algunas veces salimos por la noche a algunos jardines de Madrid para atosigar a las parejas que se besaban. En los años sesenta fueron entrando nuevas ideas, entre ellas las del Concilio Vaticano II. Artífice de ello fue gente nueva, como Cecilio, un militante de Aranjuez, el P. Domínguez y el P. Castiñeiras; a esto hay que añadir el trato con militantes del PCE en Comisiones Obreras.

Hasta esos años, la actividad nuestra se centraba en ejercitar las virtudes cristianas mediante la oración, actos como el visitar a los enfermos y actividades deportivas.

Paralelamente nació “una cosa” en el seno de la Vanguardia Obrera de Madrid promovida por el P. Granda (Luis María), que era -luego lo supe- algo no divulgado: un Instituto Secular en el que había algunos, pocos, congregantes. La dinámica era algo más compleja, pero no creo que fuera significativa. Lo más importante era la oración y el soporte de todo: el P. Granda. De esta fase se fue pasando a otras en las que manteníamos la oración como una práctica no abandonada hasta los años sesenta.

J. Domínguez: Entonces, empezamos con lo que llamábamos compromiso temporal.

J. Corbella: Efectivamente, durante esta década la acción primera fue el compromiso temporal, que en una importante mayoría se materializó en la Asociación Sindical de Trabajadores, de inspiración cristiana, y la entrada de la AST en CC.OO. o, lo que era lo mismo, entrar como grupo con el PCE.

Los años siguientes nos llevaron a la lucha clandestina, a la fundación de la Organización Revolucionaria de Trabajadores de carácter maoísta. La Vanguardia Obrera, la Congregación, se escindió antes de desaparecer en los años setenta.

J. Domínguez: ¿Conservan como grupo alguna práctica religiosa?

J. Corbella: Por lo que yo sé, no se tienen prácticas comunes, salvo una comida con algunos supervivientes de vez en cuando. Hacia los años setenta algunos se vincularon a las Comunidades Cristianas de Base, pero no sé si todavía están.

J. Domínguez: ¿Conservan la fe?

J. Corbella: Yo no lo sé, así en general. El libro se sirve de un grupo de militantes con los que tomé contacto hace ya años. En total fueron 11, entre los que estábamos mi hermano Manolo y yo mismo. Se lo propuse a 14 militantes-congregantes. Tres rehusaron hacerlo, sin expresar por qué. De los once restantes, a uno, mi hermano, no le pasé la Encuesta, por saber yo bastante bien lo que me iba a decir.

Procuré que la muestra fuera diversa y no muy extensa. Los situé en el espacio y fui describiendo cómo fueron sus vidas y sus entornos a lo largo del tiempo.

A todos les pasé un borrador de preguntas que, con su aprobación, les haría en vivo. Las encuestas y las cintas de las grabaciones estarán en la casa de los Jesuitas de Alcalá de Henares.

He extraído de las respuestas lo que me interesa aquí. ¿Conservan la fe?

5 de 10 conservan la fe            50%

3 de 10 no conservan la fe       30%  

2 de 10 “algo tiene que haber” 20%

J. Domínguez: ¿Qué conservan?

J. Corbella: Según sus respuestas, el 50% conservan una fe como la de siempre. Siguen haciendo su vida cristiana como siempre y confiesan estar felices.

Un 30% no conservan la fe y se confiesan agnósticos. No irían contra las creencias de los cristianos, como los de cualquier otra confesión.

El 20% están en una situación que podríamos decir intermedia. No dejan de creer en Dios; uno dice que tampoco cree en Jesús como hijo de Dios y ninguno cree en la Iglesia Jerárquica; alguno explicita creer en la Iglesia de los pobres.

J. Domínguez: Cuando nos vamos haciendo viejos vemos que aquella lucha antifranquista, dirigida por curas rojos, en que os jugabais el puesto de trabajo, el pan de los hijos, la cárcel, tuvo un punto de locura quijotesca. ¿Cómo ven los militantes esta época de su vida? ¿Están orgullosos de ella o se han arrepentido?

J. Corbella: Les pregunté si se habían arrepentido de esta etapa de su vida. Están orgullosos de ella. No lo sé de modo directo, pero, a juzgar por sus respuestas, todos dicen que sí; algunos, con matices.

5 de 10 sí lo volverían a hacer 50%

3 de 10 sí pero con matices 30%      

2 de 10 no lo volverían a hacer 20%

J. Domínguez: Termino mostrando mi profunda admiración por vuestro grupo de hoy. Resulta sorprendente y un poco insólito que os reunáis todos los meses  en El Zagal, una casa de comidas, hoy restaurante, hasta cuarenta viejos y viejas que fuisteis compañeros de lucha hace más de cincuenta años y que conservéis,  todos y todas, la amistad, la solidaridad y la lucha por los derechos humanos y por un mundo mejor, que es, incluso desde el Evangelio, más importante que creer en Dios.

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