ENCUENTRO ENTRE LAS RELIGIONES

Evaristo Villar 

No fue la relación con el resto de las religiones la preocupación fundamental del Vaticano II. Y esto es fácilmente comprensible. Porque, en esta ocasión en que la Iglesia católica trataba de recuperar el pulso de la historia, la preocupación fundamental de Juan XXIII y de los expertos y padres conciliares se centró mayormente en la modernización de la propia casa: su propia imagen interna (Lumen Gentium),  las fuentes de la revelación (Dei Verbum), la praxis litúrgica (Sacrosanctum Concilium) y su relación con el mundo (Gaudium et Spes). Estas, aunque no todas con similar éxito,  fueron sus grandes líneas de fuerza, las que merecieron ser plasmadas en una constitución.

La relación con el resto de las religiones se abordó a un nivel más modesto. Pero no estuvo, en modo alguno,  ausente del aula conciliar. En la declaración Dignitatis Humanae (declaración sobre la libertad religiosa) se defiende el derecho a profesar cualquier religión. En el decreto Unitatis Redintegratio (sobre el ecumenismo), del que ya la Iglesia católica tenía una cierta experiencia, se afirma taxativamente que “promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos  del Concilio ecuménico Vaticano II. Porque…esta divisón contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña la causa santísima  de la predicación del evangelio a todos los hombres” (UR.1). Y sobre las religiones no cristianas afirma tímidamente en la declaración Nostra Aetate que “la Iglesia católica nada rechaza de lo que en las religiones no cristianas hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los seres humanos” (NAe. 2).      

Mucho han cambiado las cosas desde entonces. El cambio que ha experimentado el mundo en estas últimas cuatro décadas ha sido realmente sorprendente. En el plano civil, de unas sociedades cerradas, ensimismadas en su propio mundo aparte, hemos pasado a una sociedad abierta, a la “aldea global”. Hasta tal punto que algunos,  tras el final de la “guerra fría”, con la caída simbólica del Muro de Berlín (1989) y la consiguiente implantación del “sistema mundo” o monosistema capitalista (democracia formal, economía de mercado y cultura liberal), se apresuraron a anunciar ya el “final de la historia”. Muy rápida e interesadamente llegaron a pensar que, una vez finalizada la confrontación ideológica y superados los conflictos mayores que surgen de los diferentes modos de programar la economía y la política, la humanidad -salvo en pequeños reductos- era hoy  más próxima, mejor interrelacionada y más interdependiente.

¡Hermosa idea,  si el crecimiento exponencial de la pobreza no viniera a aguarle la fiesta a este sueño neoliberal! Porque, ciertamente,  el mayor efecto de la globalización neoliberal no es la mundialización de la economía financiera, ni  el evidente crecimiento  del transporte y de los medios de comunicación,  ni siquiera la liberalización de los mercados. El mayor efecto, por el número de personas a las que afecta, está siendo el dejar al descubierto las enormes masas de pobres y excluidos que malviven en un mundo cada día con mayores recursos y controlado por una minoría que nada en la abundancia. Esta visión del mundo no es una fantasía, es una realidad;  es una visión nueva, propia de la era científico-tecnológica que estamos experimentando.

56 pg 20En el plano más estrictamente religioso el cambio que se observa es también  espectacular. Las muchas religiones que hoy día se observan en todos los ámbitos de la convivencia (en la sociedad y en la ciudad, en el trabajo y en la familia) han venido para quedarse. No se trata de una tormenta de verano pasajera. Su presencia se visualiza entre l@s que viajan contigo en el metro, entre l@s que viven en tu misma calle, en tu mismo bloque. Al lado de las muchas iglesias cristianas que se empinan sobre la cresta de la ciudad, se levantan también la mezquita y la sinagoga, el templo oriental y las muchas sedes,  más modestas, de “las nuevas religiones”. A las religiones clásicas y sus múltiples variantes se han venido a sumar otras muchas cuya novedad y pujanza no se pueden ignorar. Por citar sólo un ejemplo, en la Asociación para el Diálogo Interreligioso de la Comunidad de Madrid (ADIM), de reciente creación,  se puede encontrar un abanico de confesiones  que va desde las cristianas (Católica, Episcopal, Evangélica), las islámicas (Federación Musulmana y Unión de Comunidades Islámicas) y la Comunidad Judía, hasta la Comunidad Hindú, Comunidad Bahá’í, la Federación Budista y Brama Kumaris.           Aunque las religiones ya estaban ahí, algunas desde hace milenios, su epifanía en el horizonte actual es un fenómeno nuevo, posterior al vaticano II, no enteramente desvinculado de las masas de pobres que señalábamos antes. Porque,  si el sistema mundo nos ha puesto ante los ojos las masas de pobres que pueblan el planeta, estos mismos pobres nos han descubierto las muchas religiones que existen en el mundo. Porque a nadie se le escapa que es entre los pobres donde las religiones tienen mayor audiencia. Y, a su vez, que son las religiones, todas las religiones, las instituciones que,  por regla general,  muestran mayor “preferencia”  hacia los pobres y los que sufren (detrás de cada emigrante que llega, asuma generalmente alguna religión). De este modo, los muchos pobres, dejados a la intemperie por la globalización neoliberal,  han puesto de manifiesto, a su vez,  las muchas religiones.

Reconocido el fenómeno del pluralismo religioso que existe en el mundo de hoy, no pretendo ir más lejos en esta reflexión. Sólo quiero aportar unas breves palabras (en esta tierra de mayoría católica) que ayuden a enfocar  teológicamente lo que debiera inspirar las relaciones mutuas de los católicos con el resto de las religiones.

1ª  Con la “regla de oro” en la mano, formulada en positivo, deberíamos asumir como principio orientador de nuestra praxis interreligiosa el siguiente axioma: “considera a las demás religiones como quieres que consideren la tuya”. Esto,  que pudiera reducirse a pura higiene mental o mero planteamiento pedagógico, tiene mayor hondura teológica. Porque,  discriminar a las otras religiones en virtud de una conciencia de superioridad de la tuya,  supone desautorizar la acción de Dios en ellas (contra la afirmación del Vaticano II en Ad Gentes 7: “Dios puede atraer a la fe –salvar– por los caminos que él sabe”); infravalorarlas,  supone admitir un privilegio o parcialidad en Dios hacia parte de la humanidad que, además de ser teológicamente inasumible (cfr. Sant 2,1), sería ética y espiritualmente incorrecto. Muy difícil parece el encuentro del católico con el resto de las religiones cuando parte de  presupuestos doctrinales como los que mantiene la declaración Dominus Iesus, firmada en el año 2000 por el entonces cardenal Ratzinger. Cito sólo este parrafito: “Las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios y que forman parte de todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones. A ellas, sin embargo, no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propio de los sacramentos cristinos”. (cap. IV).

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2.ª No somos, en consecuencia, los únicos, los privilegiados, los elegidos a quienes Dios ha confiado la misión de llevar la salvación a las religiones y al mundo. Toda la humanidad ha sido elegida por Dios. El cristianismo no es el único camino de la manifestación de Dios a los pueblos, ni la Iglesia católica es la única mediadora de la salvación de Dios para la humanidad. La teoría de la elección, aplicada exclusivamente al cristianismo y a la Iglesia católica, parece realmente injusta  vista desde el resto de iglesias y confesiones religiosas. No parece muy pedagógico acercarse a las demás religiones con planteamientos como el siguiente: “es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación” (Dominus Iesus, cap.VI). Será preciso hacer justicia a la presencia salvadora de Dios en todas la religiones.

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