En memoria de José María Díez-Alegría

Hecho de humor y esperanza

Entrañable compañero en la base

 “Sobre la base de esta esperanza y, a la vez, lúcidamente consciente de la magnitud del misterio de la resurrección, no me acerco a la muerte con la tranquilidad trivial de quien va a cambiarse de casa, sino con el temor y temblor de quien se enfrenta a un abismo, que presumo luminoso, pero que me resulta impenetrable. La muerte es para mí como un acantilado cortado a pico sobre el océano. Hay que tirarse con los ojos cerrados. ¿Qué hay abajo?

En último término mi actitud ante la muerte es la de ponerme una vez más con los ojos cerrados en las manos de Dios. ¡Ojalá pueda mantenerla hasta el final de mi vida con la misma paz que siento en este momento! Espero en Dios. Por eso propiamente no me imagino el cielo, porque es “inimaginable”. Ni el ojo vio ni el oído oyó, ni cabe en entendimiento humano lo que Dios tiene preparado.

Para mí, el cielo significa encontrarme con Jesús de Nazaret, a quien, a través de la Buena Noticia que él nos trajo, y cuyo eco está muy vivo en los evangelios, he llegado a conocer y sentir como viviente más allá de la muerte”.

 De su último libro:

Fiarse de Dios, reírse de uno mismo

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