El hombre nuevo

Hace ya más de treinta años Erich Fromm escribía: “El socialismo y el comunismo rápidamente cambiaron, de ser movimientos cuya meta era una nueva sociedad y un nuevo hombre en movimientos cuyo ideal era ofrecer a todos una vida burguesa, una burguesía universalizada para los hombres y las mujeres del futuro. Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites para todos”.

Ofrecer una burguesía universalizada supone aceptar el hombre burgués, que no es un hombre nuevo ni un hombre viejo, es el hombre unidimensional de que hablaba Marcase, un hombre envejecido, deteriorado, mutilado. Ese modelo está lejos del modelo de hombre clásico, el hombre completo, equilibrado, armónico. Pero está todavía más lejos del “Hijo del hombre”, el modelo del  ser humano,  los seres humanos tal como Dios los soñó en el instante eterno de la creación. Cuando los creo a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creó.

Ese sueño de Dios se nos manifestó en el Hijo. Tomó cuerpo, sangre, palabra, gesto, risa y llanto en Jesús de Nazaret, un hombre que nace, crece, camina, come, duerme, habla y cura. Y habla de tal manera que el hombre mezquino y soberbio al mismo tiempo -ese tipo de hombre, hoy materializado en el hombre burgués, pero que siempre ha existido- no lo puede soportar y lo clava en un madero.

A lo largo de los siglos los seguidores de Jesús lo hemos reconocido como Hijo de Dios, clavado en el madero por nuestros pecados. Pero hemos preferido dejarlo ahí clavado. Así está más quieto y callado. Lo veneramos pintado en iconos solemnes y grandiosos. Lo encerramos en el Pantocrator, símbolo del poder absoluto. Divinizado, pero lejos de nuestro mundo. Lo tocó un momento y luego se volvió a alejar. La “Imitación de Cristo” que se ha propuesto nos lleva más a encerrarnos en un monasterio que a caminar entre los hombres anunciando la Buena Nueva.

De tal manera hemos alejado a Jesús de nuestro mundo que no hemos percibido la radical incompatibilidad entre el hombre burgués  y el modelo humano que representa Jesús. Nos hemos dejado engañar por la capa de religiosidad con que muchas veces se cubre el hombre burgués, y hemos tomado partido por él siempre que alguien lo ha cuestionado.

Cuando la parte más sana de la humanidad se da cuenta del carácter inhumano que tiene la sociedad burguesa –ha reducido a los ser humanos a mercancías- lucha por cambiarla. Pero, como muy certeramente señala Erich Fromm, pronto se enreda en la pantanosa sociedad que la burguesía ha creado, y deja de lado el ataque al modelo humano que está en el fondo de esa sociedad.

Los seguidores de Jesús tenemos en esta coyuntura histórica una tarea fundamental: debemos señalar la necesidad imperiosa de optar por un nuevo humanismo, una superación radical del mezquino hombre burgués, y tenemos que aportar la luz que el hombre Jesús de Nazaret nos ofrece, para marcar las líneas del ser humano plenamente realizado.

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