Editorial

Posiblemente cuando este número vea la luz  los ciudadanos y ciudadanas de España estemos a punto de acudir a las urnas para elegir gobierno, o quizás ya lo hayamos hecho. Sea lo que sea, lo único seguro es que no gobernará la izquierda.

Lejanas quedan, ya, aquellas elecciones de 1982 en las que el triunfo socialista nos llenó de ilusión. Después fuimos constatando, mandato tras mandato, que aquello no era lo esperado y se adueñó de nuestro corazón el desánimo. Pasamos de la euforia de creer real una sociedad fundamentada en principios de izquierda, a instalarnos en la desilusión y el desencanto. Y, hoy por hoy, es bastante improbable, a medio plazo, que vaya a ser posible un gobierno presidido por alguna de las pocas alternativas de izquierda existentes.

Evidentemente, no es lo mismo que estemos gobernados por Zapatero que por Rajoy, pero las diferencias, aunque no desdeñables, son de matices, cuestiones tangenciales, costumbristas, las cosas importantes cambian escasamente: las que se refieren a la igualdad de oportunidades y a una justa distribución de la riqueza,  a las condiciones laborales, a las pensiones,  a las  diferencias sociales, al derecho a la vivienda y al trabajo, a la defensa del medio ambiente…  esas y más que podrían apuntarse,  tenemos la sensación de que siguen estando igual, tanto si gobierna el PSOE como el PP.

El sistema neoliberal que rige el mundo también rige nuestro país y el gobierno que “elegimos” no está destinado a salirse de madre, sino, más bien, programado para continuar defendiendo los intereses del gran capital y de los más fuertes.

Sin embargo, ya sea por la presión mediática, o por algunas migajas de progresía que a veces se escapan, intencionadamente, para contentar a los más exigentes, o, sencillamente, por que hay partidos que son mucho más de derechas que otros, el caso es que a veces nos llegamos a creer que hay  una opción mayoritaria de izquierdas frente a otra, también grande, de derechas.

Por eso en los cuatro próximos números de UTOPÍA, que se editarán bajo el enunciado general de REPENSAR LA IZQUIERDA, y con los títulos parciales de: Otro sistema es posible, Otro socialismo es posible, Otro humanismo es posible y Otra tierra es posible, trataremos de profundizar en el concepto de Izquierda para, con precaución y modestia, intentar discernir aquellos comportamientos que resulten acordes con decirse y ser de izquierdas, aquella conducta que se enfrente al perverso sistema capitalista,  patrimonio indiscutible de la derecha, lo cual,  a todas y todos los que hacemos y leemos esta revista, nos parece la opción más cercana al Evangelio de Jesús.

¿Será capaz la humanidad de avanzar hacia un socialismo auténtico en el que los  valores revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad dejen de ser un bonito eslogan, y empiecen a ponerse en práctica?

Este número que tienes entre manos se subtitula OTRO SISTEMA ES POSIBLE y no es sólo un anuncio efímero, sino toda una declaración de intenciones. Es necesario hacerlo posible, porque partimos de la convicción de que dentro de este sistema liberal-capitalista que aboca a millones de seres humanos a la marginación, la pobreza,  la miseria, el hambre y la muerte, no hay espacio para la justicia, ni siquiera se atisba un  resquicio por el que se pueda colar un mínimo de humanidad.

Nos detendremos en el aspecto más feroz de este sistema, que nos condiciona tanto que a unos, los más afortunados, los acomoda, los inmuniza al dolor ajeno y, por tanto los envilece y a otros, los más desgraciados,  los insignifica, los desaparece o los destruye.

Pero, como no es una característica de los cristianos chapotear en el fango, ni ahogarnos en nuestros propios llantos, como las personas sin esperanza, sino que lo nuestro es un continuo peregrinar hacia la utopía del Reino de Dios, iremos dando también pautas e ideas para el debate y, así, intentar romper aquellos eslabones que nos encadenan a este sistema inhumano.
Somos conscientes de que tenemos entre manos la difícil y utópica tarea de cambiar las estructuras, llevando una vida que sea consecuente con lo que creemos, denunciando, además, la perversidad del sistema y no conformándonos con ser buenas personas dentro de él.

Y, por supuesto, no debemos caer en el desánimo. Hemos de tener fe en el género humano, en nuestra inteligencia y en nuestras propias ansias de concordia y libertad. No estamos solos: toda esta desazón, que va tomando cuerpo y contagiándose de unos a otros, será, está siendo ya, el motor del auténtico cambio.

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