Ante los «Niños y Niñas» de la sociedad

Manmen Castellano PAREDES

 ¿Quiénes son “estos niños y niñas”?

Durante este año, desde el consejo de redacción, nos hemos planteado analizar el seguimiento a Jesús desde distintas perspectivas. En este número y tal y como se ha desarrollado en una primera reflexión, nos centraremos en la frase de Jesús: “Si no os hacéis como niños…”

Cuando reflexionábamos sobre estas palabras de Jesús, entendíamos que la niñez no es únicamente lo que como tal entienden los organismos oficiales a escala mundial en el momento actual. La definición que hoy nos ofrece la Organización de Naciones Unidas es que deberíamos entender como niños a todos los individuos menores de dieciséis años, aunque dicha edad puede ser modificada por la legislación de cada país. Igualmente, el actual marco normativo internacional establece que en este período, todas las personas deben contar con la protección y el cuidado de los adultos en todos los aspectos de su vida cotidiana.

El concepto de niñez ha ido evolucionando a lo largo de la historia y no es igual en todos los contextos socioculturales existentes en cada época, variando no sólo los intervalos de edad en los que se considera que una persona está en esta etapa, sino también los derechos, necesidades y responsabilidades que en esos momentos tienen en la sociedad en la que viven. Mientras en nuestro país la edad obligatoria de escolarización es hasta los 16 años, el último informe de Save the Children nos indica que 103 millones de niños en el mundo ni siquiera tienen acceso a la educación primaria. Así mismo mientras en nuestro país los niños no pueden trabajar hasta los 16 años de edad, el convenio 138 de la Organización Internacional del Trabajo establece los 15 años como edad mínima en los países industrializados, 14 años en los demás países, 13 si se trata de trabajos suaves en los países industrializados y 12 años para trabajos suaves en los países más pobres; esto nos hace ver hasta qué punto los niños tienen más o menos derechos dependiendo del lugar donde nacen.

De esa misma manera, no siempre se ha tratado a las personas en esa etapa de esa misma manera, ni hoy mismo se hace de igual forma en todo el mundo. Todavía hoy se tiene que seguir denunciando el trabajo infantil, los abusos sexuales a menores, el tráfico de estas personas, los malos tratos…

Por nuestra parte, entendíamos que hay otros grupos de personas a nuestro alrededor que también necesitan que nos preocupemos de su situación, son todos aquellos y aquellas que son excluidos de la sociedad en que vivimos: las personas mayores, las personas migradas, las víctimas de alguna drogodependencia, las personas privadas de libertad, las víctimas de los malos tratos, las personas con discapacidad… en definitiva todos y todas los que quedan en los márgenes de nuestro camino. Ante todas estas situaciones nos planteamos cuál es nuestra actuación, cómo debemos actuar, qué modelo de educación o de intervención estamos teniendo…

 Dejemos de etiquetar

La mente humana es muy limitada y se ve forzada con bastante asiduidad a tener que catalogar todo lo que tiene a su alrededor, incluidas las personas. No somos capaces de conocer a los más de siete mil millones de habitantes de la Tierra, por lo que los etiquetamos y actuamos en consecuencia. De esa manera decimos: “todos los hombres son… o todas las mujeres son…”, “todos los jóvenes son… o todos los niños son…”, “todos los de tal nacionalidad son… o todos los de tal religión son…” Ante estas actitudes debemos decir que tenemos que dar un paso más y conocer a la persona que tenemos en frente en cada momento, que cada uno es diferente y que no debemos estigmatizar a alguien por una faceta de su vida, ya que una persona puede ser mujer, a la vez niña, provenir de un país concreto, profesar una religión determinada… Todos y cada uno somos únicos y eso nunca deberíamos olvidarlo cuando tratamos con personas en nuestro día a día.

En el caso de los niños y niñas, y creo que también con los demás excluidos de nuestra sociedad, han sido durante siglos víctimas de esta catalogación. No se les ha tratado como personas independientemente de la situación en la que se encontraran inmersos. Respecto a los niños hay múltiples teorías en las que se decía que eran malos o buenos por naturaleza y según la teoría que se siguiese en cada momento y lugar se actuaba en consecuencia: o se les dejaba hacer o se les controlaba tiránicamente. Con otros colectivos ha sucedido o sigue sucediendo lo mismo: por ejemplo una persona con problemas de drogadicción automáticamente pasaba o pasa a ser drogadicta, el inmigrante en situación irregular pasaba o pasa a ser ilegal, una persona con una discapacidad se le veía o ve sólo por su handicap…

Si alguna característica tenemos que colocarles a los niños y niñas es que son desinteresados, generosos, ecuánimes, valientes, diplomáticos, sinceros, sociables, comprensivos, saben perdonar… posiblemente sea nuestra forma de educarlos o de actuar con ellos lo que hace que en un momento de su vida cambien y se vuelvan egoístas, cobardes, incomprensivos, antisociables, mentirosos… Hay actitudes en los más pequeños que nos rodean de las que tenemos mucho que aprender y que nos hacen cuestionarnos muchas formas de actuar en nuestro día a día, sobre todo cuando queremos acercarnos a los más excluidos de la sociedad. Quizás por ese cuestionamiento diario que plantean a nuestra sociedad, nos empeñamos en crear una visión de los más pequeños lejos de la realidad. Está claro que cuando algo te pone en evidencia lo más cómodo es ignorarlo o desacreditarlo, cuando lo lógico sería aprender de ello y mejorar constantemente.

Actitudes y sentimientos ante los más pequeños y excluidos

Lo primero que todos y todas tenemos que tener muy claro es que somos corresponsables. La educación de los más pequeños se hace en la sociedad y es responsabilidad de quienes la conforman, sea padre o madre o no. El ser humano está llamado a vivir con los demás y debemos ser responsables y asumir cada uno el papel que le toca en esta sociedad. Podemos seguir echando la culpa de todo al sistema, a los gobiernos de nuestros países, a las empresas o a los maestros… pero mientras no empecemos a cambiar cada uno de nosotros y nosotras ese cambio que queremos no será posible. Todos y todas tenemos mucho que decir y mucho que hacer respecto al trato que se le da a los más pequeños en nuestras sociedad, del papel que ocupan los excluidos y tendremos que ser valientes y darle voz a los sin voz y poner rostro a quien no lo tenga.

Partiendo de esa responsabilidad que todos y cada uno de nosotros tenemos, hay otra premisa que creo fundamental: la libertad de la persona. Tenga la edad que tenga, la situación económica, características biológicas… toda persona es libre. Así lo recoge el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales…”; indicando más tarde en el artículo segundo: “…sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole…”. Tanto en la educación de los niños como en el trato a los más excluidos hemos visto como no se respetaba la libertad de la persona, argumentando en muchos de los casos que era por el bien de ellos mismos. Son muchos los educadores, educadoras, padres y madres, que marcan el ritmo de los niños y niñas, imponiéndoles ritmos que no se adaptan a las necesidades biológicas, psicológicas y evolutivas de cada uno. Les imponemos nuestros horarios de comidas, sueño y actividades, nuestras rutinas, nuestros entornos… y cuando se rebelan y nos lo manifiestan con llantos y rabietas acudimos a técnicas que rozan y en algunos casos alcanzan el maltrato. Igualmente ha sucedido con los más excluidos de nuestra sociedad a lo largo de décadas, cuando las herramientas más utilizadas para relacionarnos con ellos han estado basadas en el asistencialismo, donde se les imponían procesos a las personas y simplemente se le daban las soluciones que desde fuera se veían útiles. Debemos empezar a poner a las personas en el centro de los procesos, sean niños o adultos, y que libremente decidan sobre sus vidas, dándoles opciones y decidiendo junto a ellos y no por ellos y haciéndolos protagonistas de sus decisiones.

Para hacer realidad lo anterior, es imprescindible que empecemos a practicar la empatía, el ponernos en el lugar del otro y ahí es donde más sentido cobra el título de este número de la revista (“Si no os hacéis como niños…”). Ponernos en el sitio de nuestros niños y niñas, de los más excluidos de la sociedad, supone hacernos cargo de la situación por la que están pasando e intentar entenderla, para poder tomar las decisiones que sean necesarias junto a ellos. Seguramente en estos momentos se nos vienen a la mente personas que han sabido hacerlo como nadie: Pedro Casaldáliga, Monseñor Oscar Romero, Carlos de Foucauld, Dorothy Day, hermanita Magdeleine… y lo han hecho desde la sencillez y la humildad. Esto mismo es lo que muchos padres y madres tenemos que aprender a hacer en el día a día con nuestros pequeños, ser capaces de entender lo que para ellos puede suponer cualquier decisión que tomamos en su nombre y ser capaces de ponernos en su lugar. Educar desde la comprensión, el apego, la cercanía… no siempre es fácil, pero seguramente nuestros hijos e hijas sean los que decidan sobre su propio crecimiento.

Si queremos que las personas sean protagonistas de sus procesos, tenemos que escucharlos, y que se trate de una escucha realmente activa. Recomendamos en este número de la revista el libro “Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para sus hijos le hablen”. A pesar de estar dirigido a padres y madres, creo que sus recomendaciones nos pueden venir bien a todos y todas en nuestras relaciones. Para empoderar a los que se encuentran al margen del camino es fundamental que los escuchemos y hacer que sean escuchados en aquellos entornos a los que sus voces no llegan. No es cuestión de darle voz a los sin voz, sino de hacer que sean escuchados en persona, que sean los protagonistas.

Ya es hora de cambiar de mentalidad y no hablar tanto de lucha contra la exclusión, sino de trabajo por la inclusión, donde todos y todas hagamos por hacer partícipes a los que nos rodean de todas las decisiones que les pueden afectar. Durante décadas y todavía hoy, se han empleado métodos que utilizaban la exclusión como forma de castigo ante determinadas actitudes: hemos visto cómo a los niños se les castigaba en un rincón cuando hacían algo mal o cómo se encierra a las personas que comenten algún delito. Después de la experiencia, ¿de verdad creemos que son métodos eficaces para ayudar a la persona a que conviva con el resto y que lo haga desde el respeto? ¿Seguimos pensando que un cachete educa más que una conversación razonada?

Tanto en la educación de nuestros más pequeños como en el trato con los que se encuentran al margen del camino de nuestra sociedad hemos de tener siempre presentes varias ideas de las que hemos hablado anteriormente: responsabilidad de todos y todas, libertad y protagonismo de cada una de las personas, empatía, escucha activa e inclusión.

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