¿Hembra o PERSONA?

Jesús Bonet Navarro

 Identidad, sexo, sexualidad y erotismo

La identidad de una persona o de un conjunto de personas es lo que define esencialmente  a esa persona o a ese conjunto, lo que les hace ser singulares y diferentes de los demás. Pero no siempre se ha permitido o se permite que las personas se definan a sí mismas, sino que constantemente hay quien se empeña, desde fuera, en definirlas, sirviéndose para ello de lo que a quien define le resulta más significativo o más atractivo de la persona o grupo definidos. Posiblemente, éste ha sido el caso de la mujer a lo largo de la historia, que, en lo que supuestamente es su esencia o en las funciones que debía desarrollar, ha recibido su identidad a partir de la definición que ha dado de ella el varón.

El sexo nos define biológicamente (genitalidad, estructura hormonal, factores físicos primarios y secundarios); la sexualidad nos define vivencialmente, psíquicamente (identificación mental femenina o masculina, sensibilidad, relación interna con nuestro sexo biológico); el erotismo nos define relacionalmente (expresión de la pasión y deseo sexuales, orientación hacia el otro o hacia el mismo sexo, comunicación, conductas sexuales, lenguaje del cuerpo). Por tanto, sexo, sexualidad y erotismo no son lo mismo, pero es muy importante que estén armonizados y sean vividos libremente para evitar desajustes psíquicos.

Salvo en culturas muy vinculadas a la veneración y al respeto a la Madre Tierra, la mujer ha sido (y frecuentemente todavía es) definida -ya sea por ignorancia, por motivos de poder o por ambas cosas a la vez- más por su sexo, en el sentido más plano del término, que por su sexualidad y su erotismo; es decir, ha sido identificada como hembra y basta. Para Aristóteles, que es todavía un peso pesado de nuestra cultura, la hembra es -en el conjunto de los animales, incluido el animal humano- un macho imperfecto, un macho frustrado en su camino hacia la plenitud, un fruto torcido de un embarazo problemático, que es incapaz de producir semen (Aristóteles, De anima, II, 1); por eso, “el varón, salvo algunas excepciones contrarias a la naturaleza, es llamado a mandar, más bien que la mujer” (Ídem, Política, I, 5), porque “la naturaleza ha fijado la condición especial de la mujer y del esclavo” (Ídem, Política, I, 1).

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Visualización del cuerpo y del alma de la mujer

 De esa falsa identidad de la mujer, basada en su sexo biológico, se dio el salto a su alma sexual o a su alma en general: por pura lógica, el alma femenina tenía que ser inferior. Hasta muy entrada la Edad Media, la Iglesia, por ejemplo, no reconoció oficialmente que el alma femenina no desmerecía respecto a la del varón, aunque es cierto que más tardío reconocimiento de igualdad tuvieron las almas de los indios americanos (s. XVI) y las de las personas de piel negra (S. XIX). Esa imaginaria inferioridad del alma femenina fue una de las razones del rechazo medieval a la homosexualidad masculina, puesto que ser homosexual equivalía, según aquella gente, a rebajarse (tal cual) a ser mujer. ¡Qué diferentes serían las cosas si el varón reconociera el valor de lo femenino que indudablemente hay en él!

La relación entre sangre menstrual e impureza que establecen muchas religiones, la supuesta pasividad de la hembra en la procreación (pues el papel activo del óvulo se descubre en el s. XIX) y el miedo a la sexualidad han contribuido decisivamente a elaborar una injusta definición de la mujer y a hacer una exaltación de la virginidad que a veces está cargada de prejuicios.

Si el alma de la mujer era inferior, su sexualidad, o sea, la vivencia de su espíritu sexuado, era algo secundario, carecía de importancia. Lo que se valoraba era el aspecto estético, pero entendiendo la estética no como lo que realmente significa -es decir, sensibilidad– sino sólo como un aspecto visual; dicho de otro modo, lo que se visualizaba era el sexo estricto, el reclamo corporal. Desde esa percepción, el sexo de la mujer ha sido y es para unos un objeto de consumo y para otros una tentación y un engaño. Si la mujer era, ante todo, sexo, para muchos no habría problema en admitir que el varón puede divertirse con ella a costa de ella, aunque no haya por medio comunicación, ni ternura, ni sensibilidad, ni diálogo, ni sentimientos, ni escucha, ni respeto.

En estas condiciones muchas mujeres no han podido tener una relación autónoma y libre con su propio cuerpo, ni valorarlo adecuadamente, ni saber cómo actuar con él. Incluso han tenido miedo a no saber responder a lo que se esperaba de su cuerpo y han creído que tenían necesidad de fingir. Por supuesto, no han vivido su cuerpo como una oportunidad de encuentro y comunicación, sino como un objeto del monólogo sexual de otro cuerpo. Aunque no lo parezca, esa visualización machista del sexo, de la sexualidad y del erotismo femeninos ha tenido consecuencias religiosas, económicas y sociales negativas que continuamos arrastrando.

Y una vez que se visualizan de este modo el cuerpo y el alma de la mujer, ¿puede extrañarle a alguien que lo femenino nunca haya servido a ningún artista y a casi ningún escritor para ponerle cara a Dios, para visualizar a Dios en ello? A muchos les parecería sacrilegio y a otros, al menos, políticamente incorrecto.

69pg26 Persona sexuada, libre y autónoma

             No sirve la identidad que no procede de la autonomía y la libertad, es decir, del hecho de ser persona. Y la persona, para ser plenamente tal, necesita, entre otras cosas, vivir su sexo, su sexualidad y su erotismo de modo positivo y liberador; renunciar, por principio, a ello no ayuda precisamente al equilibrio global de nadie. La mujer, como el varón, es persona, y crece como tal cuando desarrolla sin miedo su sexualidad, aunque haya otros aspectos en los que también es necesario crecer.

            En el cuerpo se manifiesta (se revela) la persona cuando el cuerpo se hace comunicación. El cuerpo es uno de los archivos de la historia personal de cada uno y de la historia de la cultura en la que hemos nacido. El cuerpo, el sexo, no es una cárcel -eso pensaban los pitagóricos, los platónicos y los gnósticos-, ni el placer sexual sensato que no hace daño a nadie es pecado, ni la represión es, por principio, una virtud. El disfrute erótico, relacional, del sexo es una parte importante de la madurez personal. Y si la erótica personal, que es pasión, deseo y encuentro, va unida a una vivencia profunda de la propia sexualidad y a la relación interior con uno mismo y con Dios, que es amor, ¿no habría que pensar que hacer el amor con la persona a la que amas es una revelación del amor de Dios? Si el cuerpo del que ama es un lenguaje con el que se acaricia, se besa, se abraza, se juega, se mira, se olfatea, se toca, se escucha, se penetra o se es penetrado  (com – penetrándose con otro cuerpo) y si el cuerpo desnudo, sin máscaras ni corazas, se ofrece y se une amorosamente al cuerpo de la persona querida, ¿cómo no va a ser esa vivencia relacional uno de los signos (sacramentos) del amor de Dios, que acaricia, besa, abraza… y se ofrece al ser humano?

            La sexualidad no puede encerrarse en lo físico y en la moral; la sexualidad impregna toda la personalidad. Y eso vale tanto para la mujer como para el varón; por eso no somos simplemente hembras o machos, sino personas sexuadas; y por eso también, la sexualidad es, ante todo, vida, vivencia, sentido y energía. Cuando a la mujer se le ha reprimido esa posibilidad, se le ha herido gravemente su personalidad, porque no ha podido vivir plenamente su identidad. De ahí que ahora sea ya el momento de pasar de la ética sexual de la sumisión (al varón, al poder) a la ética de la sana transgresión.

            El núcleo de la identidad de la mujer no es la vagina ni el útero, y mucho menos cuando se toma el útero como69pg27 un simple almacén de la vida producida por el varón. Si en el mundo de los mitos eran las conchas, las perlas, la copa, el ánfora o la olla símbolos y representaciones del útero universal del que procede todo y de la fertilidad de la Madre Tierra, es porque, sobre todo, lo femenino se identificaba con la vida (con la que da y con la que cuida). Seguramente por ello, en los umbrales de nuestra era, cuando se tradujo la Biblia hebrea al griego (la llamada Versión de los Setenta), el traductor no encontró mejor traducción para la frase en la que Adán da nombre a su mujer que ésta: “El varón llamó a su mujer Zoé”, es decir, Vida (Gén 3,20).

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