Reflexión: Mentalidad cuántica

Antonio Zugasti

En el mundo de hoy, parece muy difícil desarrollar cualquier activid

ad dando la espalda a la realidad que la ciencia actual nos muestra. Y lo que nos muestra, es una visión del universo radicalmente novedosa.

 

Una nueva física

En el siglo XIX imperaba una visión determinista: todos los fenómenos de la naturaleza se suponían regidos por unas leyes rígidas que iban siendo cada vez mejor conocidas. De tal manera que, como pensaban los científicos, se podría llegar a prever cualquier movimiento de cualquier cuerpo de la naturaleza.

La física cuántica ha supuesto un cambio radical en esa visión de la ciencia. Y ese cambio forzosamente tiene que influir en la mentalidad con la que miramos el mundo que nos rodea. Lo que la física ha descubierto en el fondo de la materia es un mundo de partículas subatómicas, donde materia y energía se funden en una bruma que desafía la imaginación más calenturienta. Ahí rige el Principio de Indeterminación de Heisenberg, según el cual es imposible conocer con exactitud todos los parámetros de una partícula en un momento dado y, por tanto, cuál será su situación en el momento siguiente.

Esta indeterminación no quiere decir que las partículas campen por sus respetos sin limitación alguna. El “principio de exclusión de Pauli” establece ciertas incompatibilidades: dos electrones en la corteza de un átomo no pueden tener, al mismo tiempo, los mismos números cuánticos. Y el modelo atómico de Bohr nos habla de órbitas prohibidas, regiones en torno al núcleo atómico que no pueden ser ocupadas por ningún electrón.

Otro principio fundamental en la física cuántica es el “principio de complementariedad” formulado por Niels Bohr. Ya en la física clásica se discutía si la luz estaba constituida por un chorro de partículas o se trataba de un conjunto de ondas. Según el experimento que se hiciera, parecía que la luz estaba formada por corpúsculos o por ondas. El “principio de complementariedad” lo que establece es que ambas descripciones, la ondulatoria y la corpuscular, son necesarias para comprender el mundo cuántico. Ninguna lo explica todo, una y otra se complementan mutuamente.

Fuente de inspiración

No podemos suponer que este comportamiento de las partículas elementales repercute automáticamente en el mundo macrocósmico, pero creo que, de alguna manera, estos fenómenos que se producen en el corazón de la materia nos ofrecen una orientación que nos puede ser útil en la visión del mundo que nos rodea. Concretamente en nuestros planteamientos políticos o religiosos.

Centrándonos en el campo político, vemos que la izquierda es mayoritariamente heredera del pensamiento de Carlos Marx, un hombre del siglo XIX que formula su teoría del socialismo como algo científico, con la visión determinista de la ciencia que entonces regía. En la física de aquel entonces, cualquier problema, desde el movimiento de los astros hasta la trayectoria de una partícula luminosa, tiene una única solución correcta, y ésta está perfectamente determinada. Cuando una persona o un grupo, imbuidos de esta mentalidad,  realiza sobre la realidad social y política una reflexión que considera científica y, en consecuencia, plantea una determinada acción política, no puede admitir que alguien pueda plantear una solución distinta; sería errónea.

Esta actitud podemos verla resumida en el título de una famosa obra de Dolores Ibárruri: “El Único Camino”. Cuando se parte de este supuesto, cualquiera que vaya por otro camino, aunque sea en la misma dirección y avance paralelo, se arriesga a que la santa inquisición socialista le ponga el sambenito de hereje y, si ya no hay una Unión Soviética que lo mande a helarse en Siberia, por lo menos se le considere un apestado traidor contra el que hay que luchar enérgicamente. Pienso que aquí puede estar una razón de las interminables querellas internas de la izquierda.

Habría que aplicar el principio de la “indeterminación humana”. Si cada ser humano es enormemente complejo, lo mismo biológica que psicológicamente, la complejidad del conjunto social desborda cualquier intento de simplificación y resumen. Son incontables los aspectos que se pueden considerar y los puntos de vista desde los cuales contemplar la situación de la sociedad. Por tanto, aunque se tienda hacia un objetivo comúnmente aceptado, los caminos por los que se opte pueden ser muy distintos. Incluso la descripción del  objetivo, aunque tenga una estructura básica común, puede presentar matices distintos que responden a los diversos aspectos que es necesario tener en cuenta.

La visión determinista, dogmática, nos lleva al enfrentamiento entre las distintas opciones. La visión cuántica nos presenta el “principio de complementariedad”. No hay un camino perfecto, no se pueden tener en cuenta todos los factores que están influyendo sobre los movimientos de una sociedad. El principio de indeterminación nos invita a una cura de humildad. Los físicos tienen que reconocer que, por mucho que afinen sus instrumentos de observación, de ninguna manera podrán conocer al mismo tiempo la posición y la trayectoria de una partícula. Los políticos tendrán que reconocer que no poseen la fórmula mágica para resolver los problemas de la sociedad. Éstos son tan complejos que ningún programa de ningún partido les puede dar una solución completa y total.

Es imprescindible que las distintas visiones no se enfrenten sino que “se complementen”. Que reconozcan no poseer la verdad absoluta, ni se consideren capaces de señalar el camino por el que, indefectiblemente, se va a llegar a un final feliz. Ese reconocimiento facilitaría enormemente el desarrollo de la inteligencia colectiva. Aristóteles ya afirmaba que la mayoría, aunque fuera de gente mediocre, al poner en común todas sus cualidades, podía alcanzar resultados más positivos que los mejores que actuaban de una manera aislada. La idea de complementariedad permite enfocar hacia un objetivo común los distintos puntos de vista. Se crea una rica biodiversidad que potencia la vitalidad del campo en el que se produce.

No todo vale

Pero esto no nos permite olvidar el “principio de exclusión” ni las “órbitas prohibidas”. No todo vale. Y una “órbita prohibida” muy concurrida es la falta de ética y moral. Se trata de la falta de honradez de los que ponen sus intereses personales y de grupo como supremo objetivo a defender.

Tampoco son admisibles los nacionalismos más o menos estrechos y la defensa prioritaria de intereses corporativos, olvidando la brutal desigualdad que hoy existe en el mundo, la miseria de cientos de millones que mueren de hambre junto al consumo ostentoso de los grupos privilegiados. Y tendríamos que ver en qué grado podemos estar nosotros entre los privilegiados.

Añadiría también los comportamientos “reactivos”. Entiendo con este término las posturas que se toman por animadversión hacia una persona o una institución. En la política estatal no es fácil que se tomen posturas por animosidad a una persona, aunque también se pueden dar. No es extraño que hayamos oído decir a alguien: “Es que yo al Coletas no lo aguanto”. Pero en un municipio pequeño sí es fácil que las antipatías personales influyan, y mucho, en las posturas de las personas. Eso también es algo negativo.

En cuanto a la animadversión hacia instituciones, pondría el ejemplo del rechazo que existe en muchos miembros de la izquierda hacia la Iglesia católica. Es verdad que se podrían decir horrores sin cuento de las posturas que históricamente ha tomado la jerarquía católica. Pero el cristianismo no es sólo eso. También ha habido aportaciones enormemente positivas, y los fundamentos evangélicos apuntan clarísimamente hacia una sociedad fraterna y libre.

Pienso que una mentalidad cuántica nos facilitaría no caer en el dogmatismo y evitar las intransigencias entre la gente que busca sinceramente una sociedad más justa, más solidaria y más libre. Entonces sí se podría producir una colaboración fructífera y un impulso imparable hacia ese objetivo soñado de un mundo mejor.

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