Reflexión: Mayo del ’68, Medellín ’68: 50 años de utopías, desencantos y esperanzas

Jesús Bonet Navarro

Los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron años de propuestas -políticas y religiosas- utópicas que abrieron muchos caminos de esperanza: el Mayo del ’68 francés, el Vaticano II, la Primavera de Praga o Medellín ’68 fueron algunos de ellos. Luego, ha habido quienes han intentado que esa parte de la historia fuera olvidada; pero, cincuenta años después, volvemos a señalar horizontes de esperanza.

La “década prodigiosa”

Éste era el título de una recopilación de éxitos musicales de los años sesenta y principios de los setenta. Diez años de innovación musical y de encuentros juveniles con la música como protagonista: Beatles, Rolling Stones, Joan Baez, Bob Dylan, José Antonio Labordeta, Raimon, Lluis Llach, Joan Manuel Serrat, Luis Pastor, Ricardo Cantalapiedra… e infinidad de conjuntos musicales españoles y de otros países gracias a los cuales  se respiraban aires de cambio, de crítica social, de utopía.

Pero la “década prodigiosa” no lo fue sólo por la música y por los movimientos de descolonización y emancipación de países y personas, sino por otros acontecimientos de gran calado que se produjeron en esos mismos años y que, para quienes miramos desde una perspectiva abierta los cambios religiosos y sociales, marcaron caminos de utopía y esperanza: el Concilio Vaticano II (1962-1965), el Mayo del ’68 francés, la Primavera de Praga (1968), la Conferencia de Medellín (1968) y, algo más tarde, la Conferencia de Puebla (1979). Una larga década realmente “prodigiosa”.

Las utopías que marcaron horizontes

Juan XXIII y el Concilio Vaticano II abrieron la Iglesia al mundo después de siglos de resistencias, de alejamiento respecto al pensamiento filosófico y científico, de rechazo de las democracias y de enclaustramiento en su propio ombligo dogmático y moral. La valoración de la Iglesia como pueblo de Dios, la apertura ecuménica, la libertad religiosa y el descubrimiento de que había más mundo que el mundo cerrado de la propia Iglesia significaron un cambio profundo que creó muchas esperanzas.

El Mayo del ’68 francés, con un sustrato ideológico de movimientos contraculturales precedentes, como la cultura underground, los movimientos beatnik y hippie, y también de pensadores como W. Reich, H. Marcusse o J. P. Sartre, y con actores que fueron, fundamentalmente, jóvenes estudiantes y trabajadores, criticó fuertemente los valores de la sociedad de consumo y exigió urgentes reformas sociales, con eslóganes como “la imaginación al poder”, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, “nosotros somos el poder”, “debajo del empedrado está la playa” o “prohibido prohibir”.

Coincidiendo temporalmente con el Mayo francés y su repercusión en toda Europa, tuvo lugar la llamada Primavera de Praga, breve y sofocada violentamente en agosto por los tanques soviéticos, pero significativa. Propuso, por boca de su líder A. Dubcek, un “socialismo con rostro humano”, libertad de expresión y prensa, legalización de los partidos políticos, disminución de la burocracia asfixiante e inútil y eliminación del totalitarismo.

Siempre en 1968, la Asamblea de Medellín exigió la opción clara de la Iglesia por los pobres, la renovación de la catequesis, la liturgia y la religiosidad popular, la lectura comunitaria de la Biblia, la promoción de todos los seres humanos y de sus pueblos, la lucha por la justicia social y por la paz, la denuncia de la injusticia. Medellín fue inseparable de la Teología de la Liberación y de las Comunidades de Base.

Pocos años después (1979), la Asamblea de Puebla volvió a insistir en la opción por los pobres, en el escándalo de la falta de sensibilidad hacia los distintos rostros de la pobreza (niños, jóvenes, ancianos, mujeres, indígenas, campesinos…) y en la crítica por la violación sistemática de los derechos humanos en los países latinoamericanos.

La historia que se olvida

Reagan, Thatcher y los Bush, en el terreno político y económico, y Juan Pablo II, en el terreno religioso-social, emprendieron la reconquista. La violencia (política, económica o de conciencia) y el miedo intentaron enterrar todos los sueños. Difícilmente podrá encontrarse un papa que haya citado más veces la frase evangélica “No tengáis miedo” y que, al mismo tiempo, haya tenido más miedo que otros papas: miedo a que se le escapara el control dentro de la Iglesia, a las reformas del Vaticano II, a los movimientos de izquierdas, a lo nuevo… Y se echó en manos de movimientos religiosos conservadores y ultraconservadores. La historia de la utopía parecía olvidada.

Desde ese tiempo, ha ido extendiéndose en todos los ámbitos un terrible miedo a la libertad, en favor de la obtención (aparente) de seguridad. Son muchos los que añoran la seguridad de las tradiciones y el orden protegido por una autoridad fuerte; prefieren renunciar a la libertad y apoyarse acríticamente en dogmas religiosos o políticos que vivir con incertidumbre. No quieren darse cuenta de que la verdadera seguridad no está en contra de la libertad y que no hay seguridad sin estado de derecho, sin equidad y sin tolerancia cero a la violencia.

Por eso, las esperanzas de hoy no están en quienes mantienen la inercia del cristianismo cultural, ni en el espiritualismo, ni en la ortodoxia de creencias o normas, sino en las personas que no olvidan la historia y confían en la cooperación entre naciones y entre religiones, en la democracia y el respeto a los derechos humanos, en el trabajo por una sociedad laica, plural y multirreligiosa, abiertas a todo tipo de interrogantes y cuya identidad es la referencia a la persona de Jesús de Nazaret.

                                                                                                                                                             

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