Reflexión: Hijos del ‘68’

Luis Pernía Ibáñez

El año 1968 fue más que una fecha histórica. Fue un revulsivo hacia otro mundo es posible en todos los ámbitos, incluido el religioso. Sus resonancias reivindicativas llegan hasta nuestros días, también en el ámbito religioso.

Aunque muchos no estuvimos “allí” en el preciso momento, mucha gente de mi generación, aquellos que ahora tenemos entre 60 y 80 años, somos un poco “hijos del Mayo del 68”. Aquí la prensa nos daba algunas noticias sobre los disturbios en París, veíamos en los telediarios las barricadas de adoquines y las revistas más audaces comenzaban a analizar tímidamente aquella imaginación al poder.

La revuelta fracasó, pero la ensoñación construida en torno a las barricadas del bulevar Saint-Michel sigue emocionando al mundo. Muchos años más tarde, André Glucksmann la recordaría como la revolución que hizo todas las preguntas y no halló ninguna de las respuestas. “En aquellos días — decía Glucksmann— predominaba el insólito sentimiento de que la historia dependía de los ciudadanos”.

El jueves 3 de mayo de 2018 se cumplieron 50 años del estallido de “la rebelión que no sabemos denominar de otra forma que por su fecha”; una insurrección celebrada, criminalizada, mitificada o ignorada a lo largo de estas cinco décadas.

Este espíritu de despertar ciudadano, este imaginario de otro mundo es posible, se percibió más allá de las barricadas, en otros ámbitos de la vida.

Medellín 1968

En primer lugar, Medellín 1968, donde tuvo lugar la segunda conferencia general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), un organismo que representa y agrupa a los episcopados del continente.

En medio de un contexto internacional particularmente agitado, con manifestaciones de todo tipo que pedían un mundo más libre y justo, el CELAM decidió comprometerse con la causa de los sectores populares de América Latina (“opción preferencial por los pobres”).

Los promotores de esta iniciativa estaban influenciados por el clima de agitación que se vivía en distintos puntos del planeta. La Revolución Cubana se había convertido en el referente para millares de jóvenes; el movimiento estudiantil hacía sentir sus ruidosas protestas contra el “orden burgués” y el “imperialismo”; los partidarios de la liberación femenina celebraban la caída de no pocos tabúes. El descontento también iba dirigido contra la Iglesia Católica, percibida como una institución anacrónica que defendía sus viejos valores en un mundo cada vez más secular.

La reunión del episcopado en Medellín se desarrolló en un contexto de profundas trasformaciones. Los obispos del continente, con excepción de los colombianos, centraron deliberadamente su mirada en la pobreza. No sólo denunciaron la vergonzosa situación en la que vivían millones de latinoamericanos, sino que señalaron a los culpables de tales injusticias, comenzando por la oligarquía. Los prelados procedieron incluso a una fuerte autocrítica, reconociendo que la Iglesia, aliada de la clase dirigente, no había estado a la altura de sus deberes sociales.

Pero los vientos renovadores no tardaron en ser silenciados por las corrientes tradicionales. Desde los años ochenta, Juan Pablo II, desde Roma, y el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, a la cabeza del CELAM, multiplicaron las condenas contra las tendencias “izquierdistas” de la Iglesia.

Vaticano II

Otro acontecimiento que impactó y que nos impactó a los que nos sentimos hijos del 68 fue el Concilio Vaticano II (1962-65), cuando la Iglesia, liderada por Juan XXIII, quiso renunciar a una cristiandad de tipo medieval y dar un paso fundamental hacia una mejor comprensión del mundo moderno. El Concilio Ecuménico Vaticano II fue el acontecimiento religioso más importante del siglo XX y, probablemente, el más importante desde el Concilio de Trento.  Juan XXIII convocó un Concilio en 1962 para que la Iglesia se abriera al mundo, a todos los hombres, y para que hiciera un examen de conciencia general para adaptar la presentación del Mensaje Evangélico a los tiempos modernos. El Concilio fue clausurado por el papa Pablo VI el 8 de diciembre de 1965. El impulso del Vaticano II dio aires a la Teología de la Liberación y permitió el florecimiento de las Comunidades  Eclesiales de Base.

Teología de la Liberación

Otro espacio que enamoró a muchos de los que nos sentimos hijos del 68 es la Teología de la Liberación, una corriente teológica cristiana integrada por varias vertientes católicas y protestantes, nacida en América Latina tras la aparición de las Comunidades Eclesiales de Base, el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, que se caracteriza por considerar que el Evangelio exige la opción preferencial por los pobres​ y por recurrir a las ciencias humanas y sociales para definir las formas en que debe realizarse aquella opción. ​

Los primeros en definir esta corriente teológica fueron el educador y pastor presbiteriano brasileño Rubén Alves y el sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez Merino.

Comunidades eclesiales de base

Aunque las comunidades eclesiales de base nacieron unos años antes, su refrendo y confirmación fue la II Conferencia de Medellín, en 1968. Es  incuestionable que su raíces  están en las primitivas comunidades cristianas del Nuevo Testamento: en el grupo de los “doce” que Jesús escogió y que, junto a María, la madre de Jesús, las otras mujeres, sus hermanos y el resto de seguidores, reciben el Espíritu Santo en Pentecostés. En las comunidades de creyentes de Jerusalén, de Antioquía, Listra, Iconio, Éfeso; en las Iglesias particulares de las ciudades de Tesalónica, Corinto o las Iglesias domésticas de María, la madre de Marcos o la de Santiago y los hermanos, etc. Aunque diferentes, las primitivas comunidades cristianas poseen rasgos comunes: la fracción del pan y la oración, la comunicación cristiana de bienes y la actividad misionera de los Apóstoles. Florecieron  de modo especial en América Latina, donde tomaron el nombre de Comunidades Eclesiales de Base (CEB).

Hubo otros acontecimientos que marcaron el año 68, como fue la fecha del  1 de febrero en Ciudad del Cabo, cuando el profesor Barnard realiza satisfactoriamente su segundo trasplante de corazón. O el 16 de marzo, cuando, en la Guerra de Vietnam, soldados estadounidenses matan a centenares de civiles desarmados (Masacre de MyLai). O el 4 de abril, día en el que, en Memphis (EE.UU), es asesinado Martin Luther King, que luchó contra la segregación racial.

Para el que esto escribe, el 68 fue el año de su primera misa, pero fue grande el impacto de otros factores en este año especial, que para mí y otros muchos compañeros conformaron una resonancia que se perpetúa en nuestros días. Por eso seguimos haciendo nuestras las viejas pintadas de Nanterre: “La barricada cierra la calle, pero abre el camino”, “la imaginación al poder”, o las propuestas de Medellín, de la Teología de la Liberación o de las CEB, especialmente “la Iglesia es para los pobres o no es”.

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