Reflexión: El peligro de Medellín

                                               Antonio Zugasti

Las creencias religiosas tienen una gran fuerza, pero son muy manipulables. Tanto es así, que el subversivo mensaje de Jesús ha sido puesto durante muchos siglos al servicio del poder político y económico. Medellín suponía un vuelco a la situación, vuelta a ser la Buena Noticia para los pobres. El poder se apresuró a afrontar el peligro fomentando un cristianismo alienante.

Es muy conocido el dicho popular que aconseja: “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”. Lo que pasa es que eso de unirte a tu enemigo tiene ciertas complicaciones, y a ver en qué condiciones se hace. Especialmente, si el que no puede vencer a su enemigo se considera muy por encima de él, pero ocurre que el otro le ha salido un hueso duro de roer y no logra quitárselo de en medio. Entonces lo aconsejable resulta ser: “Si no puedes vencer a tu enemigo, gánatelo”.

Es lo que hizo el Imperio Romano cuando se dio cuenta de que no podía acabar con el cristianismo. Durante tres siglos le había pegado unos buenos palos a esa banda de plebeyos que se negaban a reconocer la divinidad del emperador. Pero resulta que, en vez de acabar con, ellos cada día eran más, más organizados y más seguros de sí mismos. Así que al Imperio no le quedó más remedio que intentar ganárselos, ¡y lo consiguió plenamente! De tal manera, que la comunidad cristiana, de ser un peligro, pasó a ser uno de los apoyos fundamentales del Imperio.

A pesar de algunos encontronazos puntuales, esta “alianza del Trono y el Altar” se ha mantenido a través de los siglos. Con la Revolución Francesa, que consagró a la diosa Razón, pareció que esa alianza se había acabado definitivamente, pero pronto reverdeció cuando se consolidaron los nuevos poderes. A la vieja aristocracia sucedió la burguesía conservadora, y a la monarquía absoluta, un capitalismo cada vez más absoluto. Con ellos la jerarquía eclesiástica volvió a establecer una alianza, no tan explícita como con el antiguo régimen, pero igualmente útil para el poder.

Sin embargo, algo se estaba moviendo. Medellín venía a poner claramente de manifiesto un cambio radical que se estaba produciendo a partir del pontificado de Juan XXIII y el concilio Vaticano II: el resurgir de una Iglesia de los pobres. El cristianismo volvía ser un peligro para los poderes de este mundo.

Y un peligro muy serio, pues la indiferencia religiosa que se va apoderando de la decadente Europa no debe hacernos olvidar que una fe religiosa puede ser una fuerza impresionante. En la revista Éxodo, los filósofos Fernández Liria y Alegre Zahonero se refirieron a la fe religiosa como “el arma más poderosa que jamás se haya inventado para movilizar a la población”.

Lo malo es que es muy manipulable. Durante muchos siglos había sido manipulada en favor del poder, pero ahora la Teología de la Liberación estaba poniendo esa fuerza en la estela de ese judío subversivo, Jesús de Nazaret, que había dicho lo de ¡ay de vosotros los ricos!

Esto alarmó profundamente al poder político y económico representado por los Estados Unidos de América, que se dieron cuenta del peligro que suponía la naciente Teología de la Liberación. Pero no cometieron el error de enfrentarse abiertamente a las profundas creencias religiosas de los pueblos latinoamericanos. Su propia experiencia les hacía ver la posibilidad de seguir utilizando la religión como “opio del pueblo”, según la expresión de Marx.

Así, en los documentos de Santa Fe, que han orientado la política de los EUA  desde final del pasado siglo, podemos leer: El papel de la Iglesia en América Latina es vital para el concepto de libertad política. Desafortunadamente, las fuerzas marxistas-leninistas han utilizado a la Iglesia como un arma política en contra de la propiedad privada y del capitalismo productivo, infiltrando la comunidad religiosa con ideas que son menos cristianas que comunistas”.

Naturalmente, el cristianismo de estos señores es muy similar al de Calvino, que consideraba la riqueza y el éxito material como signos de la bendición de Dios. Por tanto, en los mismos documentos se dice: “La política exterior de Estados Unidos debe empezar a contrarrestar (no a reaccionar en contra) la Teología de la Liberación, tal como es utilizada en América Latina por el clero a ella vinculado”.

Para esta lucha contra la Teología de la Liberación vieron que lo más eficaz era el fomento de sectas evangélicas  inspiradas en la Teología de la Prosperidad, que tienen un gran poder económico, utilizan hábilmente grandes medios de comunicación y crean en sus celebraciones un ambiente de exaltación espiritual alienante, pero seductor.

Esta estrategia ha tenido un notable éxito. Sectas de todo tipo están creciendo de manera acelerada en toda América latina. Es verdad que también hay comunidades evangélicas abiertas al diálogo ecuménico y con un gran compromiso apostólico y social en el continente, que progresan porque atienden aspectos abandonados por la Iglesia Católica tradicional: la cercanía a la gente, el interesarse por sus problemas y la celebración participativa y gozosa de la fe en Jesús.

¿Nos daremos cuenta nosotros también de la fuerza que una fe religiosa sincera puede tener para la transformación del mundo?

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