UNA IGLESIA CON ROSTRO DE MUJER

Evelia Beltrán de Heredia

(CCP – Antequera)

Formo parte de una fraternidad franciscana que vive en Antequera. Nuestra manera de seguir a Jesús al estilo de Francisco de Asís ha sido y es de estar cerca de las realidades sociales desfavorecidas, compartiendo con otros la preocupación y el compromiso de transformar este mundo de  lucha por el poder, prestigio que margina, en una sociedad de iguales donde se reconozca la dignidad de cada persona, sin excluir razas, géneros. Esto es construir el Reino aquí y ahora. Con el protagonismo de todos y sin excluir a nadie. Así la Iglesia se parecería algo más a la comunidad de iguales que Jesús nos llama a formar. Él nos enseñó una forma de vida, no una religión.

Si recorremos el evangelio  nos percatamos que lo de Jesús de Nazaret fue reconocer, valorar, dignificar, dar vida a todos, pero con particular predilección por todos aquellos que la sociedad y la religión de su tiempo daba de lado o marginaba. Este era el caso de las mujeres. Jesús se acercó a ellas, las tocó, las llamó por su nombre sea cual sea su condición. Las conoció, reconoció, devolvió su dignidad de persona, las incluyó en el grupo de amigas y discípulas, les envió a dar la Buena Noticia de que estaba vivo. Si, Jesús vino a enseñarnos una nueva forma de vida basada en la acogida a toda persona por encima de sexos, categorías, leyes, teniendo como ley suprema la de “amaos unos a otros” y “servíos mutuamente”. Es bueno y saludable recordar algunas de sus palabras dichas a mujeres: “mucho se le perdonó a quien mucho amó”, “no llores”, “vete en paz”, “¿quién me ha tocado?”, “vete a decir a mis hermanos…”.

¿Qué ha pasado, qué pasa hoy con las mujeres que siendo portadoras de tal mensaje, protagonistas, junto con otros, del proyecto del Padre que Jesús nos ha comunicado, no son merecedoras de representar y presentar el mensaje del evangelio en igualdad con la otra mitad de varones que formamos la humanidad? Pues está muy claro. Que la sociedad y la religión patriarcal con la que se enfrentó Jesús  varía muy poco con la de hoy que se ha encargado y se encarga de relegarnos a tareas domésticas o de servicios que tan dignos son. La vitalidad, dinamismo, representatividad de las primeras comunidades, pronto fueron asfixiadas por las leyes machistas de entonces como lo son las de ahora.

Pero estamos orgullosas de que poco a poco vamos tomando conciencia, espacio, protagonismo en la Iglesia de hoy gracias a la reflexión, valentía, estudio, aporte teológico de tantas y tantas mujeres a lo largo de la historia.

Sentimos que al contacto con las comunidades cristianas de base y de otros grupos solidarios donde se busca vivir de manera más acorde con la fraternidad de iguales que nos enseñó Jesús, en el compromiso de devolver la dignidad  a quienes no la tienen, nuestra fe y nuestra vida se van unificando.

No nos gusta, no estamos de acuerdo y cuestiona a la vez esta Iglesia patriarcal que aparece como poder, prestigio, que condena, no reconociendo la igualdad de género en su magisterio y ministerio; dejando, marginando la mitad de la humanidad, las mujeres, para tareas subsidiarias o de servicios que también hay que dignificar y realizar.

Preferimos, estamos de acuerdo y nos identificamos con  una Iglesia al estilo de Comunidades Cristianas de Base, donde celebramos la fe desde la vida y vida desde la fe, sin liderazgos de personas ni de géneros. Con la participación de todos. Dando protagonismo a la Comunidad, orientamos la vida y el crecimiento cristiano a la luz e interpelación de la Palabra de Dios y del grito de nuestros hermanos sufriente. El tema que nos ocupa y preocupa en este momento es el del decrecimiento y la austeridad compartida. Cuánto camino nos queda  a todos aún por recorrer en este sentido. Cuánto prestigio, poder, protagonismo tenemos que dejar y más en la Iglesia institución y patriarcal. Entonces estaremos más cerca del Proyecto de Vida que Jesús nos pide y estaremos más capacitados para las tareas del Reino.

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