¿Un reino de niños?

Evaristo VILLAR

 ¿Un reino de niños? ¡Qué extraño! Ni entonces ni ahora, a pesar de la ternura que nos provocan los niños, tendría muchos adeptos. Se cae fácilmente a lo infantil, y lo infantil no suele gozar de buena prensa. ¡Cómo es posible que a Jesús, tan listo y avispado siempre, tan inteligente siempre se le ocurriera una imagen tan torpe! “Si no os hacéis como niños, dice, no entraréis en el reino de Dios”… O –podemos preguntarnos– ¿no estará señalando con esta imagen otra cosa?

Pues sí. Y en la literatura de los orígenes cristianos hay al menos cuatro lugares  que apuntan en esa dirección. Algunas de estas fuentes debieron gozar de gran prestigio y aparecen, con pequeñas variantes -propias del lugar y de la sensibilidad del autor-, repetidas. Pues la repetición, según el consenso general de los especialistas, supone mayor difusión, lo que, a su vez, significa mayor acogida y la autoridad. Y eso,  a pesar de su sorprendente radicalidad. Por ejemplo, se habla del reino de los chiquillos, de los bebés, y hasta  de los célibes. Y todos, con imágenes distintas, apuntan hacia lo mismo, hacia un reino sorprendente que todo lo pone del revés; un reino en el que no se entra si no es naciendo otra vez. Y esto no solo parece enigmático, es además provocativo. Veamos cómo lo recibieron y cómo lo expresan sus más directos testigos.

Visita rápida a los testigos

La asociación del reino de Dios con los niños,  que se presenta como viniendo de Jesús mismo, está apoyada en el NT, según John D. Crossan 1 -cuyo análisis seguiré básicamente en este texto-, por cuatro testigos independientes. Dos pertenecen a los evangelios sinópticos; uno de los dos restantes aparece en el evangelio de Juan (3, 1-10) y el otro en el evangelio de Tomás (EvT) –extracanónico o apócrifo, pero que cada día está cobrando mayor interés entre los especialistas–.

Cabe señalar aún otro detalle de importancia. Me refiero a la imagen diferente que se da del niño en cada una de las dos líneas de testimonios. Ambas apuntan a un núcleo sólido en el que finalmente convergen, pues el sujeto en cuestión es un “don nadie”, un alguien que socialmente no cuenta para nada. Pero la diferencia es también notable: en los sinópticos el niño es más bien un esclavo, un ser socialmente excluido y sometido; sin embargo en el EvT, y en sentido alegórico en Juan, el niño es un ser frágil y dependiente. Pero el enigma permanece en los dos bandos. Nos acercamos, con la brevedad que nos presta este espacio, a unos textos que, por la simbología que encierran,  merecen indudablemente un mayor desarrollo. 

a. Los sinópticos

Comenzamos con los evangelios sinópticos. Y a juzgar por los análisis exegéticos,  Mc 10,13-16 es una fuente firme e independiente (que influye luego en Mt 19,13-15 y en Lc 18, 15-17) en  evidente paralelismo con Mc 9, 36-39, de donde recibe su significado. El texto en cuestión dice así: Le llevaban chiquillos para que los tocase, pero los discípulos se pusieron a regañarles. Al verlo Jesús, les dijo indignado: “Dejad que los chiquillos se me acerquen, no se lo impidáis, porque los que son como estos tienen a Dios por rey. Os lo aseguro: quien no acoja el reino de Dios como un chiquillo, no entrará en él”. Y, abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.

Destacar algunos elementos de este relato ayuda a una mejor comprensión. Por ejemplo, esa vinculación tan estrecha que establece Marcos entre los “chiquillos” reales y los chiquillos simbólicos. La presencia de los primeros refleja, según Mateos/Schökel 2, un escenario comunitario donde la presencia de seguidores no judíos es mayoritaria; los “chiquillos simbólicos”, mayormente no judíos,  son los que aceptan plenamente el programa de Jesús.

Pero hay algo más. Los chiquillos simbólicos representan la contraposición a los discípulos, impregnados de la mentalidad judía que espera un Mesías y un reino poderoso, y que discuten entre sí sobre los primeros puestos en el reino. La respuesta de Jesús es sorprendente: “Si uno quiere ser primero, ha de ser el último de todos y servidor de todos”. Y cogiendo a un criadito, lo puso en medio de ellos y lo abrazó (Mc 9, 35-36).

Finalmente, también es muy expresivo el vocabulario que se utiliza. Los sinópticos –salvo Lucas que utiliza también “bréphos”, lactante–, siguiendo a Marcos,  usan el diminutivo del sustantivo “paîs” (“paidíon” o paideia”) que “expresa la posición más baja en la escala social y la antigua función de esclavo, propia del niño, y por ello puede significar también siervo o esclavo” 3. Mateos/Schökel traducen indistintamente por “Chiquillo” o “criadito”. Ese esclavillo que sirve a la mesa, en quien nadie se fija, es el referente del reino de Dios.

Mt 18, 1-4, que para John D. Crossan representa una versión independiente, sin embargo tanto desde el contexto –los discípulos que siguiendo la mentalidad judía suponen que en la comunidad surgida del programa de Jesús hay diferentes rangos- como desde el mismo vocabulario apunta al mismo significado: el reino de los niños es el reino de los humildes, de los sirvientes. Esto por lo que se refiere a las fuentes sinópticas.

b.  Evangelios de Tomás

y de Juan

El Evangelio de Tomás (EvT), descubierto en Nag-Hammadi en 1945, es una de las mejores y más antiguas “antologías” que -paralela al Documento de los dichos Q, integrado en los evangelios sinópticos- recoge los dichos de Jesús 4. Esta es su formulación a propósito del aforismo de Jesús sobre los niños y el reino: “Jesús vio mamar a unos niños y dijo a sus discípulos: ‘Estos niños que maman se parecen a los que entran en el rein’’’, EvT 22, 1. ¿Qué se quiere expresar con esta imagen, dependencia, inocencia, confianza? [Crossan, desde la orientación general que, según él, contextualiza todo el EvT -donde no se interpreta la salvación mirando al futuro, sino retornando al instante creacional cuya recreación causa el bautismo anulando toda dualidad entre alma–cuerpo, hombre–mujer, etcétera–, identifica el reino de los niños con el reino de los célibes, viendo en el bebé el símbolo de la pura inocencia creacional, un ser asexuado antes de la caída… Extraño y enigmático].

Por su parte, el Evangelio de Juan, aunque independiente, aparece en sintonía con el EvT: ambos apuntan al recién nacido, al bebé como símbolo del reino.

El relato de Nicodemo (Jn 3, 1-19) expresa in extenso una de las formas judías de adhesión a Jesús, sin duda la más cercana pero insuficiente. Juan relata tres modos diferentes y ascendentes de acercamiento de los judíos a Jesús, pero todos imperfectos: las autoridades religiosas, para creer en él le exigían credenciales, milagros; los discípulos, que esperan la reforma o transformación de las instituciones judías, aun con violencia si fuera necesario; y los fariseos del grupo de Nicodemo que le reclaman el magisterio que nace del cumplimiento de la Ley.

Pero el evangelista Juan expresa con claridad que la adhesión al programa de Jesús no llega ni por el reconocimiento de las señales extraordinarias que hace, ni por la reforma de las instituciones judías, ni siquiera por la observancia y sometimiento a la Ley. Nada de eso, aunque tampoco se excluya, es determinante. Lo que causa la verdadera adhesión al programa de Jesús no es nada externo sino algo interno que se define como nacimiento y creación del hombre nuevo. Y esto supone ruptura o superación del pasado y comienzo de otra calidad de vida expresada con el símbolo del nacimiento del agua y del Espíritu. Los bautizados en el agua y el Espíritu son como los niños recién nacidos. Y, en este sentido,  el reino de los niños es el reino de los bautizados.

Estamos ante una de las propuestas más extrañas y, a su vez,  más originales y radicales del programa de Jesús. Se trata, como señala acertadamente Juan, de un programa alternativo cuya adhesión requiere un nuevo nacimiento.

Desde los testimonios antes señalados se abre una doble vía a partir del niño, considerado como un símbolo, tanto si se parte del bebé (EvT, simbólicamente Juan y en ocasiones Lucas) como si se entiende como siervo o criadillo (los sinópticos). Las dos alternativas, una más poético-mística y otra más ético-profética, a mi modo de ver, se complementan. En ambos casos desconcierta una propuesta que todo lo pone del revés, que contradice, de una parte, toda pretensión de autosuficiencia, y, de otra, la enfermiza ambición de grandeza y poder. Las dos vías las recorrió el Jesús de la historia. De ahí su autoridad moral para proponerlas.

Por el lado más poético-místico, la figura del bebé, pegado al pecho de la madre y amparado en sus brazos poderosos, es la imagen más tierna  de la necesidad y de la donación desbordada. Es la expresión palpable de la “confianza básica”, como la califica Albert Nolan 5,  que nace del instinto y que es preconceptual y hasta  involuntaria. Desde los sinópticos se desprende que, como la del bebé,  así fue la confianza de Jesús en el cuidado del Padre Abbá. Una confianza instintiva que se desplegaba espontáneamente ante las obras de Dios con la fascinación que siente el niño ante el corto vuelo de la paloma en la plaza o con el asombro ante la belleza de los lirios del campo (Mt 6, 28). Desde dentro le brotaba a Jesús la alabanza al Padre Abbá por “revelar” estas cosas a la gente confiada y sencilla como los niños (11, 25).  Pues bien, siguiendo a Jesús, al reino se entra místicamente por la confianza básica en el cuidado de Dios Abbá.

A su vez, desde el lado ético-profético, la figura  del niño, criadillo o esclavo sirviendo a la mesa de los comensales, refleja no solo la denuncia de rangos o clases sociales entre los seguidores de Jesús, sino que encierra también la afirmación taxativa de igual dignidad de todos los seres humanos.  El criadillo,  en el que nadie se fija,  es la representación de los “nadies”, de los  que nada cuentan en la sociedad sino es para el servicio de los que están a la mesa. Pues bien, al proponer provocativamente Jesús al criadillo como símbolo de quienes están decididos a aceptar su programa está haciendo dos cosas: de una parte, denunciando la pretensión de dominio o  afán de situarse por encima de los demás que, aunque se haga con buena intención, “incapacita, según Castillo 6, para entrar y realizar el reino en esta vida”; y, de otra, proclamando el servicio mutuo entre iguales como sello que visibiliza el reino en este mundo. Hacerse como un chiquillo o criadillo significa que estructuralmente toda articulación social o comunitaria se subvierte o vuelve del revés. “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes les imponen su autoridad. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, ha de ser siervo de todos”, Mc 10, 42-43. En definitiva, al reino se entra y se realiza ética y proféticamente por el respeto a la igualdad y el servicio desinteresado a los seres humanos.  

 

1. John Dominic Crossan, Jesús: Vida de un campesino judío, Crítica 1994, pp. 313 y ss.

2. Luis Alonso Schökel, La Biblia del peregrino, Mensajero 2009; Juan Mateos y L. A. Schökel, Nuevo Testamento, Cristiandad 1987.

3. G. Braumann, Niño, en Diccionario Teológico del Nuevo Testamento III, Sígueme 1983, p. 163.

4. Gerd Theissen y A. Merz, El Jesús histórico, Sígueme 1999,  pp. 56 y ss.

5. Albert Nolan, Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical, Sal Tarrae 2007,  p.162.

6. José Mª Castillo, El reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos, DDB 19993, p. 132.

5. Albert Nolan, Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical, Sal Tarrae 2007,  p. 162.

6. José Mª Castillo, El reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos, DDB 1993, p. 132.

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