Hemos sido testigos: un alto en el camino

Inma Calvo

Cuando haces una subida al monte, uno de los mejores momentos, sin duda, es el de llegar a la cima y contemplar desde allí la vista. Algo así quiere ser este número 100 de Utopía. Sin caer en la autocomplacencia, aprovecho mi condición de recién llegada a este equipo de redactores para felicitar a todas y todos los que lo han hecho posible, para alabar su esfuerzo altruista aportando ideas y luz; una luz necesaria para que esta realidad que vivimos no se aleje más aún de la utopía del Reino que una vez soñó el Maestro de Galilea.

Hemos sido testigos de muchos cambios en estos últimos 25 años. Para conocer qué hitos son los importantes en la historia hace falta distanciarse en el tiempo, pero sin duda hay un hecho que cambiará el mundo que conocimos terminando el milenio. Aunque parezca mentira, en el año 90 no existía Internet. Al menos, no como lo conocemos ahora. En EEUU se contaba con una red de ordenadores experimental llamada ARPANET. En el 91 nacieron las tres uves dobles, world wild web y tardaron un lustro en ser tímidamente utilizadas por algunas empresas.

En estos 20 años la capacidad de intercomunicación de las personas ha crecido exponencialmente, alcanzando unos niveles nunca antes soñados. A la vez que se levantan muros, en el plano de la comunicación las fronteras entre países se van desdibujando. Primero fue el email, que reducía a cenizas los tiempos y los costes de una carta, una llamada telefónica o un fax. Luego fueron las llamadas por Skype y, por último, aún más cómodas, las aplicaciones para móviles tipo What’s App que permiten chatear o hablar con cualquier persona en cualquier parte del mundo sin costes añadidos. En el 2004, el nacimiento de Facebook fue la primera piedra de lo que hoy conocemos como redes sociales.

A nivel personal dejemos que los psicólogos analicen cómo nos influye estar sometidos a tan altas dosis de información e interrelación entre las personas: ¿irritabilidad, estrés, anhelo de una vida ermitaña, mayor sensación de integración social para individuos con ciertas limitaciones? ¿Quién no ha sentido cierto alivio el día en que se acaba la batería del móvil o estamos fuera de cobertura?

Sin embargo, sí querría hacer una reflexión en voz alta sobre cómo pueden influir estos cambios en el plano social. Por un lado, nunca antes hemos tenido al alcance herramientas tan idóneas para destapar los montajes manipuladores del poder. Recuerdo ahora las películas de la Segunda Guerra Mundial, cuando la resistencia al poder nazi repartía papeletas prohibidas en la universidad, arriesgando la vida por destapar la verdad. Ahora cualquiera puede crear un grupo de direcciones de email –con Google Groups, por ejemplo– y propagar cualquier tipo de información revolucionaria sin jugarse nada. ¿Por qué entonces, como masa social, seguimos siendo tan borregos? ¿Cómo nos explicamos el reciente triunfo del racista Donald Trump, otro mandato de los corruptos del PP o la sorpresa que supuso el referéndum del Brexit en Gran Bretaña?

Se me ocurre pensar que la sobreinformación nos aturde. Se dicen tantas cosas, que al final no sabes a quién creer. Y, cada vez más, hay una sensación de impotencia ante la tragedia que vivimos. Si no se puede hacer nada, “bebamos” para olvidar. La oferta de ocio, cada día más adictiva, nos engancha a una evasión casi continua: videojuegos, series, fútbol o juzgar la vida de los famosos. Evasiones para todos los públicos. Y como no hay suficientes caras conocidas, surgen programas –como Gran Hermano, Operación Triunfo, La Voz, Mujeres y Hombres y viceversa– que no son sino fábricas de hacer famosos a los que despellejar después. Con todo esto se consigue desviar la atención de los problemas reales que nos afectan a todos. Como bien descubrieron los emperadores romanos, un pueblo dócil necesita “pan y circo”.

Hay iniciativas que van surgiendo que, a mi modo de ver, son muy positivas y merecen una mención especial. Plataformas como Avaaz o Change.org, son capaces de divulgar ideas y ejercer presiones sociales sobre los poderosos. Vídeos en YouTube, noticias por Twitter, emails y “whasaps”… Cualquier persona con uno de estos medios puede propagar una idea y convertirse en viral. Pero, ¿cómo pasar de una sensación pasajera, de unas palabras a unos hechos?; ¿se puede lograr que la gran masa aprenda a pensar por sí misma, a mirar por el interés común que nos une frente a los intereses de los poderosos?

Desde la cumbre se mira el camino andado, pero también se intuye lo que falta por recorrer. El debate está abierto y ojalá entre todos aprendamos a usar las nuevas tecnologías para impedir que la desigualdad siga creciendo, que sigamos mirando a otro lado ante el sufrimiento de los oprimidos, de los débiles y de las víctimas.

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