Superando los miedos en la Iglesia

Evaristo Villar

No temáis, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo…Y, sin embargo, la historia del cristianismo aparece como un viejo tapiz tejido por el miedo. Necesitamos otra espiritualidad que dé crédito a la promesa de Jesús.

Cuando uno se acerca a los evangelios y se va adentrando sin prejuicios en su lectura, se encuentra sorprendido por afirmaciones tan asombrosas como estas que ponen en boca de Jesús: “Ánimo, soy yo, no temáis” (Mc 6, 50); “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt18, 20); “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Un tapiz tejido por el miedo

Y, sin embargo, cuando se revisa la historia del cristianismo, desde sus orígenes hasta este mismo siglo, la encuesta siempre aparece como un tapiz dominado por el miedo. Hay miedo a los judíos en los comienzos (Jn 20, 19); miedo a Pablo y a su Evangelio entre los helenistas (Hch 9, 26); hay miedo a los movimientos de renovación durante largos períodos de la historia (Edad Media y Renacimiento, Reforma de Lutero y dominio de los métodos histórico-críticos); se tiene miedo a los movimientos de transformación nacidos al calor del Vaticano II (teologías política, de la revolución, de la liberación, etc.)… Ante la presencia dominante del miedo, uno se pregunta si eso de Jesús fue una mera fantasía para no creérsela o si sus seguidores nunca hemos llegado a tomarlo verdaderamente en serio.

A pesar de Francisco, ensombrecidos por el miedo

Sin espacio para dar cauce a la indignación profética ante el pasado ni para justificar las convicciones del presente, digamos que, honestamente, el cristianismo de nuestros días también está ensombrecido por el miedo. Esta convicción corre paralela, no obstante, al reconocimiento de que, tras la llegada de Francisco —con su impulso hacia “una Iglesia en salida” y sus propuestas paliativas para liberar la misericordia del rigorismo de las últimas décadas (en la pastoral de los divorciados, en temas de sexualidad, reproducción y homosexualidad), su acercamiento a los temas medioambientales y ecológicos, a los movimientos de transformación social y de cercanía a los descartados y su fuerte posición ante el sistema que mata—, se empieza a respirar ya otro ambiente.

Los miedos en la Iglesia de nuestros días

A pesar de esta “incipiente primavera franciscana”, en la Iglesia de nuestros días sigue habiendo miedo[1]. “Miedo a la libertad”[2] ante las alternativas de tener que decidir entre la realización plena de uno mismo y la sumisión al poder de la institución; y “miedo a la verdad”[3], gemelo del miedo a la libertad, que “ha sido raíz de esclavitud de las mentes y fuente de fanatismos, perversiones y divisiones a lo largo de los siglos”. Los miedos de hoy podríamos cobijarlos bajo grandes titulares como estos: miedo al reconocimiento y aceptación del pluralismo en las iglesias (las periferias militantes, no solo el conservadurismo del centro, también son cristianas); miedo al replanteamiento de las fuentes de la revelación y de la fe a la luz de la ciencia bíblica y las nuevas aportaciones de la arqueología; miedo a la superación de la imagen del Dios teísta, forjada en la dialéctica con el ateísmo; miedo al empoderamiento de la mujer en las mediaciones cristianas; miedo a la recuperación de la naturaleza (ecología, ecocentrismo) en la espiritualidad cristiana; miedo a la ubicación en el tiempo hoy del Evangelio (en y más allá de la modernidad, de la posmodernidad y, quizás, de la misma religión), etc.

Una aclaración oportuna

Lo que está pasando en la Iglesia es similar al fenómeno de la “postverdad”, donde el temor infundido desde el poder llega a encubrir la verdad y encontrar apoyo en las castigadas clases populares. La mentira repetida se convierte en causa instrumental de los intereses de la oligarquía. El “síndrome de Pilatos” en los evangelios y el poema del Gran Inquisidor en Los Hermanos Karamazov demuestran que el poder ya no necesita de la verdad para subsistir, le basta la postverdad sustentada por el miedo.

¿Qué lección sacar de todo esto?

Necesitamos una espiritualidad capaz de vencer el miedo con la libertad y la verdad. Una espiritualidad que devuelva el crédito a las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no temáis” y “sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

[1] Cfr. José Ignacio González Faus, Non avete paura: La tentación del miedo en la Iglesia, en Soli Deo Gloria. Homenaje a Dolores Aleixandre, José Ramón García-Murga, Marciano Vidal, Comillas 2006.

[2] Erich Fromm, El miedo a la libertad, Paidós 201113ª

Evaristo Villar

[3]Mauro Rodríguez Estrada, Miedo a la verdad, Editorial Pax, México, 1999.

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