SUPERACIÓN DE LA VIOLENCIA EN EL EVANGELIO DE MARCOS

                                                                                                                                                                                  Evaristo Villar

 

Para deslegitimar la violencia nos basta la ética racional. Consensuada desde la razón,  la ética nos adhiere a unos valores y unas prácticas básicas que todos podemos compartir: el respeto a la vida o el no matar, por ejemplo. Las religiones, generalmente más prolijas, disponen de  una motivación más fuerte. Se trata de ese plus que impulsa a una moralidad más exigente (esa ética de  máximos de la que hablan con frecuencia los especialistas). Pero el peligro de las religiones surge cuando estas, confundiendo lo particular y privado con lo universal y público,  pretenden imponer su moral privada a una sociedad que es plural y diversa. Cuando esto ocurre, las religiones  entran en un escenario que no les es lícito y caen en el descrédito.

 Sin entrar en el particularismo de cada religión —que nos llevaría muy lejos—,  quiero centrar esta reflexión escuetamente en la propuesta radical del evangelio para superar la violencia. Para una cultura occidental como la nuestra a la que, aunque lo pretendiera, le iba a resultar muy difícil borrar sus raíces cristianas, acercarse a sus fuentes en un tema tan vidrioso como este, siempre le puede resultar beneficioso. Sin ir más lejos, la afirmación programática que se hace en 1 Cor 13, 8 de que “el amor no falla nunca” será un buen punto de referencia no solo para entender valores que, de forma laica, están impregnando nuestra cultura, sino también para informar modos profundamente éticos de estar en la vida y de vivir en sociedad. Estoy convencido de que la superación de la violencia, aun desde fuera del ámbito religioso, tampoco puede estar lejos del amor.

Voy a centrarme en un episodio del evangelio de Marcos, aparentemente muy  extraño, el “Endemoniado de Gerasa” (Mc 5,1-26). Y quiero enfocarlo desde una perspectiva, también legítima, que proyecta bastante luz sobre el tema que nos ocupa.

  1. El autor contextualiza la propuesta de Jesús, alternativa a la violencia, en dos dimensiones bien importantes de la vida, la política y la socio-económica.

 En el primer caso, Palestina, como el resto de países de la Decápolis, está sometida políticamente al Imperio romano. Roma ejerce de forma implacable sus derechos de conquista. Pero la sociedad judía se rebela y no se deja doblegar fácilmente. En esta situación, surgen frecuentes revueltas que acaban siendo generalmente aplastadas por el poder ocupante. (Famosa, por sus consecuencias, fue la Primera Guerra Judía contra los romanos,  impulsada por el  movimiento teocrático y nacionalista de los zelotes. La revuelta, liderada por Judas Galileo, se inició en el año 66 y acabó en el 70 con la destrucción de Jerusalén y del templo por los romanos bajo el mando del futuro emperador Tito).

En el segundo caso, la sociedad judía,  bajo la ocupación,  se articula verticalmente en una escala que desciende desde los más altos representantes del Imperio, pasando por sus cuadros directivos y colaboracionistas, hasta el pueblo llano sobre el que pesan insoportables impuestos.

En este contexto, sometido y rebelde, presenta Marcos la alternativa de Jesús a la  violencia.

  1. Dentro de su gran dificultad[i], el relato es claramente simbólico y pedagógico. Se trata de una forma literaria que hoy llamaríamos coral, donde la tensión narrativa va fluyendo desde los distintos personajes hasta alcanzar su objetivo: superar la violencia como forma de acción política y alcanzar aquella libertad personal capaz de recrear una sociedad en paz.

 Los actores que el escritor va introduciendo en escena comienzan con Jesús —el único con nombre propio; los demás se nombran por la función que desarrollan—; luego van entrando el endemoniado, los porquerizos y los propietarios. La escena se completa con los cerdos que, más allá de su valor económico, representan al poder invasor. Fuera de escena, el relator deja a los destinatarios directos del mensaje, los discípulos, que vienen acompañando a Jesús durante la travesía por el lago y que ahora se quedan en la barca.  Desde ahí van a ser testigos de una las apuestas más “locas” de Jesús: su alternativa  por una sociedad igualitaria, libre y pacífica.

 La acción. Jesús, que acaba de poner pie en el “País de los gerasenos” (en la Transjordania, fuera de Israel), se topa de golpe con un hombre que se le acerca y se postra ante él. Es el endemoniado de Gerasa —Gerasa dista unos 40 kms del lago de Genesaret; el salto de Jesús parece más que olímpico—.

El  hombre está movido por un “espíritu extraño”—como el  “hombre de la mano seca” del capítulo 3, es un personaje arquetípico, representativo—. Vive aislado, fuera de la sociedad “normalizada” y mora en los sepulcros, allí donde no hay vida. Poseído por una violencia indómita, es un peligro público; ni siquiera los guardianes del “orden”, ejecutores de la violencia institucional, pueden dominarlo. Le cargan de cadenas y grillos y él rompe las cadenas y hace pedazos los grillos. Abrasado por la ira, grita contra el sometimiento que impone el invasor y se va deshaciendo interiormente al constatar que la misma sociedad sometida y esclavizada le vuelve la espalda. En medio de la desesperación y arrastrado por un impulso incontenible, se acerca a Jesús para recriminarle su “política de neutralidad”. Ni siquiera tú, siendo “Hijo del Dios Altísimo”, sigues la ley del Éxodo, cuando tu Padre golpeó sin piedad a los egipcios para liberar del oprobio y opresión a su pueblo. ¿Qué tienes tú contra nosotros, que somos legión, y nos estamos partiendo el pecho para  expulsar al invasor?

Lo que pasa después, la espectacularidad de los cerdos precipitándose en el mar, no debería desviarnos del propósito inmediato del relato: el enfrentamiento de dos proyectos antagónicos ante el sometimiento por la fuerza del pueblo: el de la violencia, siguiendo el mismo método del opresor  —que acaba acrecentando el dolor y está condenado al fracaso—,  y el de Jesús que, desde el control de la propia ira y el reforzamiento de la propia libertad, acaba desarticulando el más férreo sistema de dominación (como los cerdos que se precipitan en el mar).

Los porquerizos, cuidadores de los cerdos, encargados del mantenimiento y auge del capital, nada pueden hacer para evitar la bancarrota. Ante el hundimiento del negocio, salen huyendo y van contando la ruina a todo el mundo, en el campo y en la ciudad.

Los propietarios que, en condiciones favorables para sus intereses bajo la ocupación romana se dedican a incrementar sus negocios sin importarles la suerte del pueblo, al enterarse de la ruina, vienen corriendo a verificar lo sucedido. Y la escena les deja perplejos, sin capacidad de reacción, al ver al que antes había sido endemoniado sentado ahora a lado de Jesús (habiendo recuperado el dominio de sí mismo), vestido como un hombre libre y pacífico, como quien ha superado la violencia. Los dueños del negocio empiezan a entender entones que la violencia de los oprimidos se origina en el desmesurado dominio de los poderosos y constatan que cuando los sometidos recuperan la autonomía y la propia libertad, comienza la quiebra del sistema que ellos representan. Ni siquiera se preocupan ya de los cerdos. Presos de temor, le ruegan a Jesús que se vaya de Gerasa, porque, aunque sometidos, prefieren mantener su complicidad con los romanos, que da seguridad a sus negocios.

La acción concluye con el ruego del hombre que ha sido liberado de seguir al lado de Jesús. Pero Jesús, porque el hombre no es judío o porque ve más eficaz su presencia en otro escenario, lo envía “a su casa y a los suyos”, fuera de Israel, para que dé testimonio de otra forma de alcanzar la libertad y la paz sin recurrir a la violencia.

 Dos conclusiones momentáneas

En este relato, los discípulos que están en la barca, pueden captar el  enfrentamiento entre dos formas antagónicas de proceder ante el sueño de una sociedad alternativa o el Reino de Dios que Jesús anunció:

  1. La del endemoniado, cuyo generoso empeño sigue el mismo método violento que utiliza el poder invasor y sus cómplices para mantener al pueblo sometido y esclavo. Como el negocio de los cerdos, esta vía, en la perspectiva del texto, está condenada al fracaso.
  1. La del ser humano que ha recuperado su autonomía, su libertad y sano juicio, y emprende, desde una vida entre iguales y sin violencia, el camino hacia una sociedad en paz. Esta es la opción que, a mi entender, apoya el autor.

[i]  Para una información más precisa, puede consultarse J. Mateos y L. A. Schökel, Nuevo Testamento, Cristiandad 1987; S. Santos, Un Paso, Un mundo, pp. 365 y ss, El Almendro 2009; E.J. Mally, Evangelio según San Marcos, en Comentario Bíblico “San Jerónimo ”III.I, pp. 86 y ss., Cristiandad 1972; E.P. Sanders, La figura histírica de Jesús, pp 192 y ss., VD 2005.

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