Servir a Dios y la riqueza

Antonio Zugasti

“No podéis servir a Dios y a la riqueza”. Esta afirmación de Jesús  no es una estrella fugaz que pasa un instante por el firmamento y desaparece. Es uno de los ejes centrales, permanentes del Evangelio. En sus páginas aparece una y otra vez lo incompatible de Dios y la riqueza: “Ay de vosotros los ricos”; “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja…”. Pablo da una explicación: “Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero”

Frente a Dios Jesús no pone al ateismo que entonces, es verdad, apenas se conocía, pero tampoco pone a los dioses orientales, tan extendidos en la región, ni a los dioses oficiales del imperio, y lo que se debe al César no es incompatible con lo que se debe a Dios. Tampoco pone enfrente de Dios el hedonismo o el libertinaje, que no son actitudes admisibles para un discípulo de Jesús, pero no es eso lo que el Maestro pone enfrente de Dios. Frente a Dios está un ídolo muy concreto: la riqueza.

El baile de máscaras

Si Jesús le da esa importancia al ídolo de la riqueza es porque la tiene. No hay más que ver lo que nos cuesta dejar de adorarle.

Es formidable la cantidad de  imaginación e ingenio que, dentro de la misma Iglesia, se han derrochado a lo largo de la historia, para quitarle hierro a esta sentencia de Jesús y hacer conciliables los dos dioses. Algunos han sido tan radicales que le han dado la vuelta al Evangelio, y han llegado, como los calvinistas, a considerar la riqueza como una bendición de Dios y signo de predestinación.

En el catolicismo no se ha llegado a tanto, por lo menos en la teoría. En la práctica ya es otra cosa. Se ha seguido con el culto a la riqueza, pero, para que no rechinara demasiado la contradicción, había que adecentar al ídolo, ponerle alguna máscara que disimulara su rostro cruel. Obispos, teólogos moralistas, cristianos ilustres, todos han rivalizado en confeccionar las más atractivas máscaras.

Entre las que más éxito han tenido a lo largo de la historia está, ironías de la vida, la de la “voluntad de Dios”. Pretendiendo exaltar el papel de Dios en la vida humana, se afirmaba que el ser rico o pobre era voluntad de Dios. El quería que unos nacieran pobres y otros ricos. ¡Hágase su voluntad!

Era una máscara que colaba bastante bien en una sociedad tradicional. La principal riqueza era la tierra, ésta normalmente se poseía por herencia. Pasaba de padres a hijos como la cosa más natural del mundo  En ese ambiente cultural colaba bastante bien la idea de que los bienes se recibían de la mano de Dios. ¡Dios siempre con la santa familia! Además era una idea que venía muy bien a los propietarios de las tierras. Y mejor no pensar en cómo había conseguido las tierras el primer propietario. Que normalmente las había obtenido como producto de conquistas o rapiñas. Claro, siempre se podía decir que Dios le había ayudado en la batalla ¡Bendita sea su voluntad!

También ha sido muy estimada la máscara de la “pobreza espiritual”, el “no estar apegado a los bienes”. Siempre ha resultado bastante fácil cobijarse en ese refugio, pues moralistas y confesores nunca han sido demasiado puntillosos pidiendo pruebas sobre eso de no estar apegado a los bienes. Además la pobreza espiritual tiene un gran prestigio por su incuestionable origen evangélico. Pero lo que nunca ha estado muy claro es cómo se puede conservar e incluso acrecentar los bienes sin estar apegado a ellos.

Un intento de manifestar que realmente se estaba desprendido de los bienes eran las donaciones y legados a la Iglesia. Sigue sin estar muy claro que con eso se demuestre la falta de apego, sobre todo teniendo en cuenta que muchas donaciones se hacían en la hora de la muerte. Pero esta forma de los ricos de manifestar su desprendimiento a los jerarcas de la Iglesia les pareció de perlas. Y con eso la que llegó a ser muy rica fue, naturalmente, la Iglesia. Por supuesto manteniendo siempre la “pobreza espiritual”.

Con esto se daba entrada a otra máscara bajo la que se ha mantenido agazapado el ídolo de la riqueza, y que ha sido, nada más y nada menos, que la del “culto a Dios”. El honor de Dios, la majestad de Dios merece lo mejor, debemos manifestar nuestra adoración a Dios de la forma más espléndida posible. Por supuesto que el honor de Dios exigía rodear de esplendor y riqueza a sus ministros y representantes. Y estos, para dar culto al Dios Padre de Jesús de Nazaret, acaban marchando de la mano del otro dios, del ídolo enemigo

Pareja a la pobreza espiritual ha caminado la “pobreza jurídica”. El papel de la pobreza en el Evangelio era demasiado notable para que se pudiese dejar de lado. Para los y las cristianos y cristianas que querían seguir de una manera más radical los pasos del Maestro, la pobreza era un elemento esencial. No se podía prescindir de ella. Pero también aquí había que quitarle hierro a la subversiva afirmación de Jesús: o Dios o la riqueza. La máscara empleada fue la “pobreza jurídica”. Los religiosos y religiosas no podían poseer personalmente nada, pero la orden religiosa podía acumular riqueza sin cuento, y los miembros de la orden podían usarla y disfrutar de ella con la mejor de las conciencias. Esta máscara ha sido especialmente nociva, porque ha afectado a los grupos que intentaban seguir con más fidelidad el espíritu evangélico. Además, al elevar la pobreza al nivel de los que pretendían un “estado de perfección”, se la separaba de los cristianos normales y corrientes.  Para estos se veía normal la común aspiración a la riqueza. Para quedar muy bien les bastaba una cierta generosidad en la limosna a los pobres… y ayudando a la Santa Madre Iglesia.

A cara descubierta

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Y así han ido pasando los siglos. Bajo sus máscaras  el ídolo de la riqueza, se ha mantenido vivo, incluso ha ido progresando, cogiendo fuerza, venciendo resistencias, retorciendo las palabras de Jesús, infiltrándose hasta los cimientos de la mole vaticana, asentándose en el espíritu de los que nos llamamos cristianos. Hasta que se ha encontrado con fuerza para arrojar las viejas máscaras y salir abiertamente a reclamar el trono del mundo.

Ha hecho trizas sus antiguas máscaras, la pobreza espiritual” o la “voluntad de Dios”, pero se viste con una brillante túnica que sus adoradores de hoy le han confeccionado,  una ciencia que ellos se han inventado: la economía, una supuesta ciencia  construida según sus deseos y sus intereses. Un complejo entramado de leyes y principios, apuntalado con matemáticas, estadísticas… y mucho dinero para comprar cerebros. Un imponente cuerpo teórico que sus grandes gurús y su legión de seguidores tratan de hacer pasar como una ciencia natural. Pretenden que nace de la realidad palpable y experimentable del mundo, cuando sus raíces son solamente la vieja ambición y ansia de dinero, el culto al poderoso ídolo.

Los que se proclaman representantes oficiales de Jesús de Nazaret no son capaces de romper con su viejo amigo. El ídolo ya no tiene que andarse con disimulos. A voz en grito proclama sus principios y sus valores: crecimiento económico, enriqueceos, beneficios, rentabilidad, ambición, ¡riqueza! ¡riqueza! Enfrentaos unos a otros para conseguirla, competid, enriqueceos,  acumulad capital. Esta es la única moral: egoísmo, ambición, lucha por la riqueza, ahí está el bien y la virtud, pisotead lo que haga falta y a quién haga falta, no os preocupéis, la mano invisible del mercado lo arreglará todo, vosotros ambicionad, dejaos llevar por la avaricia, caiga quien caiga, enriqueceos,  enriqueceos, ambicionad más y más, explotad a los hombres, esquilmad la Tierra,  vivid en el lujo y en la opulencia, inventad placeres, derrochad, ese es vuestro paraíso. Y yo soy vuestro Dios verdadero.

¿Qué hacemos?

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¿Qué hacemos, Señor? ¿Qué hacemos? ¿Dónde están hoy tus palabras: No se puede servir a Dios y a la riqueza?

¿Dónde están, Señor, dónde están? ¿Quién las proclama? No se puede servir a Dios y a la riqueza.

¿Qué Evangelio anunciamos, si no proclamamos eso? No se puede servir a Dios y a la riqueza.

¿Qué luz del mundo vamos a ser si no gritamos que el capitalismo es el viejo ídolo de la riqueza?

¿Seremos sal de la tierra si tememos enfrentarnos al reino de la riqueza?  No se puede servir a Dios y a la riqueza.

¿Dónde están, Señor, dónde están esas palabras tuyas? ¿Dónde las hemos escondido? Nos lo preguntan los ahogados en las aguas del Atlántico.

¿Dónde las hemos escondido? Nos lo pregunta ese niño a punto de ser devorado por un buitre.

¿Por qué callamos? Nos lo preguntan las mujeres congoleñas asesinadas con las armas que fabricamos y vendemos

¿Qué habéis hecho con esas palabras de Jesús? No se puede servir a Dios y a la riqueza.

¿Dónde están, Señor, dónde están? Nos lo preguntan los niños palestinos, nacidos en la guerra y para la guerra ¿cómo pueden los países cristianos ser los países más capitalistas?

¿Qué hacemos, Señor, qué hacemos?

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