SENTIMIENTOS ENTRE DESAHUCIOS

Joaquín Sánchez

Plataforma de afectados por la hipoteca

 El corazón se desgarra por el inmenso sufrimiento que produce el desahucio. Los rostros reflejan la angustia de algo que parecía imposible que sucediera y no siendo causantes de esta estafa financiera. Se echa la mirada hacia atrás y ve momentos distintos y la pregunta de por qué hice caso a personas cercanas y al director de la sucursal, cuando me ofreció y me insistió en un préstamo que yo no pedía. En esos instantes, creía que el tener grandes cosas y el presumir de ellas era la consecución de un proyecto de vida basado en el tener en vez del ser. Pero una vez que firmas el préstamo es como si vendieras tu alma al diablo, porque la banca, además de no perder, no tiene corazón y presume de no tener moral ni ética ni siquiera algo de escrúpulo. La crueldad con la gente es seña de identidad del sistema financiero capitalista.

La vivienda no es sólo ladrillo y cemento, es un hogar donde se ha materializado un proyecto familiar, es un espacio en el que todo adquiere un significado afectivo y existencial: el amor de la pareja, los momentos felices y duros, los recuerdos, las vivencias, las expresiones del amor, la visita de los amigos y la familia, el nacimiento de un hijo… Es el lugar vital donde la familia encuentra el cariño, el descanso y la tranquilidad. Pero de golpe queda sepultado por la ejecución… hipotecaria y silenciada por el ruido del taladro y el martillo del cerrajero. El sollozo de la familia sobresale sobre la protesta de los congregados, que no entendemos cómo es posible que en el siglo XXI se atropelle de esta manera a las personas, a las familias, desde una frialdad legal. Alguna vez escuchamos: “Lo sentimos de verdad, pero es la ley y la ley está para cumplirla”. Estas demandas judiciales tienen amparo legal en la Ley Hipotecaria, que no defiende ni ampara a la persona ni a la familia. Muchas familias han sido echadas a la calle, con el agravante de no concederles la dación en pago (cancelación de la hipoteca con la entrega de la vivienda), lo cual los deja sin futuro. No pueden volver a reiniciar sus vidas ¿Qué futuro pueden darles a sus hijos si están en paro o con un trabajo precario y además con una deuda de miles de euros? Comentaba una madre que con la deuda que se le quedaba, no tenía ni para comprarle los reyes a sus hijos.

Es un corazón roto porque les arrebata parte de su vida, destruyen un espacio que hasta ahora era su hogar. Un hogar que ha sido la culminación de muchos años de trabajo, de ilusiones, de esperanzas, de miedos… compartidos entre la pareja, los amigos y la familia. Las familias han ido pagando sus hipotecas mientras han tenido un trabajo. La pérdida de éste les ha supuesto no poder cumplir con la cantidad mensual establecida. Esto ha hecho que los bancos y cajas, los cuales han sido unos de los causantes fundamentales de esta crisis, a través de demandas judiciales para desahuciar, están provocando este sufrimiento a la sociedad en aras de los beneficios. En estas actuaciones muestran que el sistema financiero no tiene ni una pizca de humanidad. Los bancos y las cajas han recibido muchísimo dinero público para tapar sus agujeros, que ellos mismos han provocado buscando el máximo beneficio y rápido. Esto me recuerda al pasaje bíblico de aquel a quien el rey le perdona la deuda, pero cuando tuvo que perdonar la deuda a otra persona, lo arrojó al calabozo. Cae en saco roto cuando pedimos a los bancos y cajas que no ejerzan la demanda de desahucio, sino que busquen soluciones con las familias y las administraciones, que permitan a las familias poder seguir disfrutando de su hogar. En este sentido, hay que valorar el trabajo y el compromiso de las plataformas de afectados por la hipoteca.

El dolor humano empapa las miradas de los padres hacia los hijos y de éstos a sus padres. La impotencia, la incredulidad, el sentir que no has hecho nada malo para esto hace que las lágrimas vayan brotando, que la tristeza te atrape porque te preguntas qué va a ser de mis hijos. Es un dolor difícil de describir cuando te roban tu dignidad y te condenan a un horizonte de sufrimiento diario. En este sentido también pedimos a los jueces, secretarios/as judiciales, comisiones judiciales y fuerzas de orden público una gran sensibilidad y respeto ante estas situaciones. Que sus actuaciones no supongan un mayor sufrimiento a las familias. Que no olviden que echar a una familia a la calle sepulta la dignidad humana, por muy legal que sea. Es durísimo cuando en alguna ocasión, algún miembro de la comisión judicial amenaza a la familia desahuciada con la retirada de sus hijos si no tienen ningún lugar para irse. A muchas familias se les añade un sufrimiento mayor, cuando viene la orden de desalojo de la vivienda sin fecha fija. Se les comunica que a partir de los quince días puede llegar la comisión judicial en cualquier momento. La incertidumbre de la fecha añade más dolor. Comentaba una madre que cada que vez que salía a comprar o a buscarse la vida, cuando volvía a su casa, llegaba con el corazón encogido porque no sabía si se iba a encontrar con la cerradura cambiada. En este sentido, puedo contar cómo en un desahucio de una familia con dos hijos menores en la que intervinieron los antidisturbios, un miembro de ellos me llamó y me dijo: “Caballero, yo esta noche no voy a poder dormir”. Ante este comentario, le contesté que me imaginaba que no se había hecho policía para desalojar a una familia de su casa y me volvió a responder que “en efecto yo me he hecho policía para esto”.

Se siente miedo, pánico controlado, porque viene la comisión judicial, acompañada de las fuerzas de orden público a echarte de tu casa por imperativo legal. ¿Dónde queda el derecho constitucional a la vivienda y el cumplimiento de los Derechos Humanos? Uno siente que todo es mentira, que los poderosos son los amos del mundo. Que todo está al servicio de su codicia, ambición, poder y avaricia y que nada ni nadie los puede detener.

Sientes vergüenza porque te consideras fracasado y la cabeza da muchas vueltas. Quieres desaparecer y te preguntas qué diré cuando algún amigo me pregunte dónde vives porque no te veo por el barrio. La vida se rompe, porque los causantes han decidido que la paguemos los de siempre. Muchas familias se tienen que ir a vivir con sus padres o meterse en cualquier lugar. La familia queda destrozada y las relaciones de pareja se deterioran. La falta de autoestima, el sentirse fracasado socialmente y el verse sin posibilidad de futuro, hunden a la gente. Oímos muchas veces decir a los padres, que si no fuera por sus hijos, harían alguna locura. Es duro ver cómo los abuelos tienen que alimentar a los nietos y los padres tienen que vivir de sus padres. Los trastornos psicológicos se multiplican. El apoyo y el acompañamiento son fundamentales para que recuperen parte de su dignidad y puedan ir con la cabeza alta por la calle.

Y, por último, se produce un sentimiento de rebeldía hecho interrogación: ¿Cómo un acto inmoral e injusto puede ser legal? Y ¿por qué somos mercancía en manos de banqueros y de políticos cómplices? Sólo cabe una respuesta, porque han adormecido nuestra conciencia. Y ante esto sólo cabe otra respuesta: Dar lo mejor de nosotros mismos, para crear una humanidad de todos y para todos. Ésta es nuestra esperanza, una ciudadanía concienciada, que se moviliza para transformar la sociedad de la exclusión y opresión, en una sociedad donde cualquier persona sea respetaba, querida, reconocida y valorada.

Por todo ello, exigimos a los gobernantes que estén al servicio de los ciudadanos y del bien común (cf. Caritas in Veritate, 36). Es escandalosa la sumisión de la política a la economía. Que cambien ya la ley, que paralicen los desahucios ante esta situación social, concedan por ley la dación en pago y se establezca el alquiler social. Miles de familias viven hacinadas, con todo lo que supone, y desarraigadas y en un ambiente distinto. Nos decía un padre que su hijo le preguntaba cuándo iban a volver a su casa, a estar con sus amigos del barrio. Nos comentaba que cada vez que su hijo le preguntaba, sentía un desgarro que le impedía articular cualquier palabra.

El derecho a la vivienda, además de ser un derecho constitucional y un Derecho Humano, está recogido ampliamente por la Doctrina Social de la Iglesia. Así por ejemplo en la Carta de los derechos de la familia de 1983 en el art. 11 se recoge: La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad (cf. también Familiaris Consortio, 46; Pacem in Terris, 11). Les exigimos a los políticos que protejan a las familias.

Al mismo tiempo, pedimos que todos pongamos en el centro de nuestras actuaciones y decisiones a la persona y su dignidad, porque el ser humano no es mercancía, sino que es el centro y fin de toda la vida económica y social (Caritas in Veritate, 25). Desde la fe cristiana consideramos a cualquier persona imagen de Dios y por tanto, merecedora de respeto, justicia y fraternidad.

Desde aquí queremos lanzar un gripo de dolor y de denuncia profética:

EN EL NOMBRE DE DIOS

¡BASTA YA DE DESAHUCIAR A LAS FAMILIAS!


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