RICARDO GAYOL

Evaristo Villar

 Asturiano, ciego parcial de nacimiento y total desde los 10 años,Entrevista 1 Ricardo hizo sus primeros estudios en colegios de la ONCE y posteriormente se graduó en derecho en la universidad de Oviedo. Hasta la década de los 70 militó en los movimientos cristianos de base de Asturias desde donde fue penetrando en el movimiento ciudadano de Gijón y, posteriormente, en la política desde el Partido Comunista y luego desde Izquierda Unida. En la década de los 80 participó en la transformación democrática de la ONCE, al principio desde la alta dirección y luego desde la oposición. Últimamente ha tenido, desde Izquierda Unida, una responsabilidad política en el gobierno asturiano, en el ámbito del bienestar social. Tiene tres hijos y espera, con evidente ilusión, una niña para el mes de julio.

 En una vida luchadora y militante como la tuya, ¿qué espacio le queda a la sexualidad?

Efectivamente, cuando se tiene una actividad muy intensa en el ámbito cristiano y en la vida social y política puede parecer que la sexualidad es un elemento residual. Y no. Estoy convencido de que la sexualidad es extraordinariamente importante cuando se logra integrar bien en la vida de la persona. Yo nunca la situaría en un lugar sagrado, pero sí allí donde el ser humano se realiza personalmente. Hay que darle, pues, la importancia que tiene, pero reconociendo, a su vez, su flexibilidad.

Te voy a señalar en voz alta una lista de palabras desordenadas; ponle tú el orden de importancia que tienen para ti. Son estas: emoción, autonomía, afectividad, sexo, comunicación, placer, reproducción y gozo.

Algunas están muy vinculadas. Son una cadena con distintos eslabones y todos son necesarios. No todos se pueden producir con el mismo nivel de calidad, pero yo empezaría por la afectividad, la emoción, el gozo, el sexo y el placer como elementos esenciales de la cadena. Los otros dos elementos que señalas también son importantes, pero, a mi juicio, tienen un carácter más general. Por ejemplo, la comunicación y la autonomía de la persona son esenciales en la vida. Sin estas dimensiones no podríamos hablar de sexualidad humana. Y la reproducción, por su parte, debería estar siempre sometida a una planificación libre y responsable. No tiene porqué vincularse, de manera automática, con la sexualidad.

Hurgando fugazmente en el secreto de tu vida afectiva, ¿qué lugar han ocupado en ella la culpa y el miedo?

La sexualidad siempre ha sido en nuestra sociedad un problema. Cuando uno ha recibido una educación tan tradicional dentro del nacional catolicismo, como la que yo recibí, y la que recibió mi generación (tengo ahora 56 años), la sexualidad ha estado evidentemente unida a la represión y siempre ha sido víctima de la desinformación. Yo soy un producto de mi tiempo. Esto quiere decir que, en las primeras pulsiones de mi vida sexual, yo he sentido culpa y miedo, pues eso iba inserto en el propio modelo de educación que yo recibí. Pero, curiosamente, la religión me ha ayudado a abrir horizontes. Cuando me he enfrentado con el evangelio personalmente, vitalmente, he encontrado siempre una propuesta liberadora. En este sentido, la fe me ha ayudado a revolucionar la comprensión de mi vida afectiva y sexual. Lo mismo me ha ocurrido con la apertura a la cultura y a la ciencia moderna. Estas dimensiones me han ido descubriendo en la sexualidad una forma de comunicación y de disfrute de la vida muy contrarias a la culpa y al miedo. Desde todo esto he ido consiguiendo sustituir la culpa por la responsabilidad y el miedo por el respeto.

La sexualidad se ha demonizado en las religiones y en la sociedad. Se trata de una dimensión de la vida humana compleja y todavía no bien resuelta. ¿Quién debería normalizar éticamente este rico caudal humano: las religiones, la sociedad civil, el parlamento, los/as poetas, los y las misticos, los jóvenes, los adultos, los y las célibes … ?

Todos esos sectores pueden contribuir a que tengamos un concepto saludable de la sexualidad. Pero, a mi modo de ver, es básicamente la experiencia de la persona quien, desde su libertad, se constituye en el mejor regulador de la sexualidad. Después viene la cultura, que nos va enriqueciendo desde la comunicación con los demás y nos va ofreciendo experiencias saludables desde la sabiduría acumulada de la humanidad. Y no deberíamos descuidar nunca la ciencia, principalmente esas nuevas ciencias que, como la psicología y la sexología, tanto han contribuido a la exploración y descubrimiento interior del ser humano.Entrevista 2

Se aprecia entre los católicos, y cada día con mayor fuerza, la discrepancia creciente entre la doctrina oficial y la práctica del pueblo en materia sexual. A tu juicio, ¿qué hay de evangelio y qué de cultura heredada en la propuesta sexual de la jerarquía?

De evangelio, en la propuesta de la iglesia jerárquica, no hay nada. Hay mucho más de cultura heredada, de autoritarismo y de una moralidad que no sólo resulta incompatible con la cultura y ciencia modernas, sino que desconfia siempre de la madurez y responsabilidad de los católicos en esta materia. Su propuesta contradice profundamente el espíritu liberador de Jesús. Y esto es tremendo, porque la sexualidad, que es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras vidas como forma gozosa de realización humana, no puede convertirse nunca en esa negatividad a la que señala siempre con el dedo la doctrina oficial. A mi modo de ver, también le afecta a la sexualidad aquel talante liberador de Jesús cuando afirmaba: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». Porque presiento que para Jesús, aunque tengamos pocos datos de su extraordinaria biografía, la sexualidad debió de estar íntimamente ligada a la afectividad y a aquel amor con capacidad de entrega y con posibilidad de dar la vida a los demás y de dar la vida por los demás.

En este sentido, de evangelio hay muy poco en la propuesta de la jerarquía. Y lamento tener que decirlo así. Pero es que creo que ha llegado ya el momento de decirle a los obispos que hay cosas de las que no sólo tendrían que hablar con más prudencia, sino que deberían autolimitarse para no establecer doctrinas que poco tienen que ver con el talante de Jesús y donde ya la nueva cultura y las nuevas ciencias están aportando conocimientos fiables. Por cerrar esta cuestión con un problema que hoy día está en candelero dentro y fuera de la Iglesia, el celibato de los curas, yo estoy de acuerdo con lo que dice Diez-Alegría en su libro Yo creo en la esperanza que «el celibato sacerdotal obligatorio puede convertirse en una fábrica de locos». Y lo mismo diría yo de la moral sexual propuesta por la jerarquía para los laicos y laicas.

La legalización civil del matrimonio homosexual ha sido un elemento más de la crispación social de cada día. Respóndeme a esta cuestión, Ricardo: cuando los cristianos abogamos por la desmitificación de la sexualidad ¿estamos arrojando el niño junto con el agua de la bañera? A tu juicio, ¿qué de humano estamos rescatando en esa apuesta?Entrevista 3

Estamos defendiendo algo tan fundamental como la libertad y el amor entre los seres humanos. Nadie llega a una relación tan íntima con otra persona por capricho o esnobismo. Cuando esa relación se convierte en forma de vida entre dos personas del mismo sexo es porque entre ellas está el amor. Y el patrimonio legal de la sociedad tiene que estar en disposición de poder dar forma jurídica a esa relación. Si la sociedad lo hace así con las parejas heterosexuales, por qué no hacerlo con las homosexuales. Es una consecuencia lógica del respeto a la libertad de la persona y al amor que se manifiesta de múltiples formas. Yo creo acertada la decisión juridicopolítica que legaliza los matrimonios gays. Y, más aún, considero que, oponerse a esto, es otra forma más de autoritarismo y de despotismo de aquellas personas que aún no han abandonado el pleistoceno. Actitud comprensible, pero ¿respetable? Para vivir en sociedad es preciso respetar la libertad y forma de amor de los demás. En una Iglesia sólida en su fe y con capacidad de amar al prójimo no debería crear esto ningún problema. Al contrario, debería felicitarse porque, al fin, se ha llegado civilmente a lo que religiosamente ella lleva en su mensaje.Entrevista 4

«Hacer el amor y no la guerra». ¿Tienes tú alguna receta o «ars amandi» capaz de pacificar la violencia sexual?

Creo que el amor, en sentido pleno, sólo es posible entre personas libres e iguales. Pero, claro, cuando desde la cultura, la religión y las mismas leyes se han venido creando unos prejuicios sociales tan arraigados sobre un sector de la humanidad como es la mujer, es muy difícil conseguir que el amor en la pareja sea realmente entre personas libres e iguales. La mujer ha estado siempre sometida en el matrimonio por los siglos de los siglos. Y la flexibilización de esta praxis cultural a que estamos llegando en nuestros días está creando verdaderos trastornos en muchas personas, sobre todo en los hombres que, en demasiadas ocasiones, suele responder con violencia. La violencia del varón sobre la mujer es un problema realmente grave. Frecuentemente esa violencia acaba en suicidio del mismo hombre que la causa. Y en esto hay algo más profundo que el deseo de imposición sobre la parte socialmente más débil, es el intento de salir violentamente de una situación que destruye todos los componentes de conciencia en que el hombre ha sido educado. Es muy grave, ciertamente, porque el mismo suicida se siente previamente destruido.

Yo no tengo ningún «ars amandi» particular, capaz de hacer frente a estas situaciones, sino es la educación. Por eso hay que hacer un llamado a las iglesias, a los poderes civiles y a los creadores de opinión en la sociedad para que cuiden con esmero este asunto que es el que va a la larga viciando las relaciones en las parejas y en las familias.

Cuando se llega a una situación conflictiva en la pareja, ¿cuál es, según tu experiencia, el mejor modo de abordarla?

A mi modo de ver, no pueden faltar estos dos elementos que considero fundamentales, el respeto y la posibilidad de reencuentro. Sinceramente tengo que decir que, en los conflictos con mi pareja, nunca me ha fallado el respeto, aunque me haya fallado la posibilidad de solución.

¿Qué piensas tú de la sexualidad de Jesús de Nazaret? ¿Y de los que eligen «ser célibes por el Reino»?Entrevista 5

Sobre la sexualidad de Jesús, como ya he dicho, considero que no disponemos de datos históricos suficientes como para poder afirmar apodícticamente nada. Pero puedo expresar lo que a mí me gustaría que Jesús hubiera sido: Me gustaría que en este tema hubiera sido humanamente normal y me agradaría que hubiera tenido una relación amorosa con alguna mujer. Pero, como digo, no tengo datos en qué apoyar mi deseo.

En cuanto a los célibes, debo reconocer que ha habido célibes que han alcanzado unos niveles de compromiso, de contemplación, de entrega a los demás extraordinarios. Pero no se puede generalizar, sin más, una experiencia personal. Pienso que no debería existir el celibato obligatorio. Entiendo que toda persona que hace una función en la comunidad cristiana tiene que vivir su sexualidad con entera responsabilidad y libertad. El celibato o no celibato no condiciona para nada el compromiso de los cristianos con el evangelio y con el mundo. Por eso me preocupa el sesgo de la obligatoriedad de esas situaciones.

Como creyente que eres, te sientes espiritualmente más cerca de qué, ¿del Cantar de los Cantares o de la doctrina de Pablo sobre el matrimonio y la virginidad?

Indudablemente, estoy más cerca del Cantar de los Cantares. Pero, en todo caso, no me gustaría simplificar demasiado. Pablo recoge en la Primera Carta a los Corintios 13 un canto al amor que se ha convertido en clásico y universal. Y en la Carta a los Gálatas afirma algo muy sorprendente para su época, eso de que «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Es decir, Pablo tenía una visión de la fe extraordinariamente rompedora. Es verdad que es hijo de la cultura de su tiempo y usa un lenguaje, a veces, que literalmente no podemos asumir. Pero yo dudo de que él personalmente fuera una persona tan atávica y cerrada en estas cuestiones como, a veces, se le presenta. En cualquier caso, estoy más cerca del tono y de la música del Cantar de la Cantares.

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