RETORNAD@S

 

                                                                                  Vladimir Paspuel

                                                                           Presidente de Asociación Rumiñahui

Migrando sin querer migrar, sin querer salir del terruño que los vio nacer; retornando sin querer regresar, luego de un largo proceso de esfuerzo por adaptarse, por echar raíces en una tierra extraña, poco acogedora, en la que las dificultades y las exigencias para estar en el “marco de la Ley” abundan: “visado para ingresar”, “contrato para darte un NIE”, “papeles que demuestren vivir en España para darte una residencia por arraigo”… Las dificultades son infinitas, en ocasiones se tornan como los senderos que transitan las personas refugiadas y al parecer vuestras conciencias ya no se inmutan de tanta imagen desgarradora: la del pequeño Aylan Kurdi, la de la periodista racista tirando al suelo a un padre de familia que huía con su pequeño en brazos… Ya esas imágenes y otras han quedado en el olvido, y si veis algo nuevo, vuestro corazón europeo se ha tornado de piedra; ya no clamáis justicia, ya no salís a las calles, ya no sois la voz que grita en el desierto. Viene bien esta frase del Señor Jesús: “Porque fui extranjero y no me acogisteis” (Mt. 25, 43).

El proceso de retorno creado por el Gobierno español apareció en el peor momento: desempleo, desahucios, explosión de la burbuja inmobiliaria, corrupción. En resumen,  una profunda crisis.  Esta crisis cayó como una losa sobre la clase pobre y media de España, porque la primera clase ni se enteró de que había crisis y más bien cosecharon con abundancia. Ante las dificultades, no pocos autóctonos/as empezaron a salir de España rumbo a tierras en las que la vida les sonría; se fueron a buscar empleo para vivir con dignidad. En definitiva, migraron con los mismos sueños y realidades con las que llegaron los inmigrantes.  Estos dilatados años de crisis destruyeron todo lo amasado por los inmigrantes con sudor y lágrimas, con largas jornadas laborales; los sumergieron en una pobreza mayor de la que tenían cuando llegaron y, como si fuera poco su dolor, el Gobierno Español puso en marcha el retorno para inmigrantes. Fue un momento duro, ya que se podía leer entre líneas que lo único que se pretendía con esta política era deshacerse de los migrantes sin trabajo, de los irregulares, de expulsar a los que “sobraban”. Convenía calmar al pueblo autóctono que mostraba disconformidad frente a las políticas, ya que estaban próximas las elecciones generales. Por lo tanto,  era conveniente tener una cabeza de turco, y esa fue la de  los migrantes. Por eso, había que “invitarlos” sutilmente a irse.

Creo en un retorno como fin de un proyecto migratorio en el que los seres humanos eligen libre y voluntariamente regresar a su tierra, luego de cumplir sus sueños: tener una vivienda adecuada y/o un pequeño negocio. En conclusión,  tener una vida digna. Ese es el retorno al que aspira toda persona que un día salió obligada por circunstancias diversas y lo que desea es regresar con dignidad.

Los y las  inmigrantes que anhelan volver quieren retornar con dignidad, con la frente en alto, con los sueños cumplidos, con una sonrisa amplia. Ese es el deseo de la mayoría de estos seres humanos que ambicionan regresar a su barrio, recorrer sus callejuelas, reencontrarse con su familia, con las amistades que les vieron crecer, y olvidar aquellos días amargos, aquellas noches de soledad y creer que nunca existieron. En cambio,  los que desean quedarse en España, desean una vida equiparada a la de los autóctonos, porque se han ganado ese derecho, porque ya son y se sienten parte de esta sociedad.

Pero como el sueño no tuvo un bello despertar, a pesar de todo, emprendieron el retorno con lo nada que tenían, con los bolsillos vacíos que les dejó la crisis, con los sueños rotos en aquella tarde que le dijeron “despedido”, “ya no hay trabajo”… Con ese dolor de no encontrar trabajo se fueron igual que vinieron, en plena noche, al alba;  sin apenas dejar rastro, llegaron a su tierra dispuestos a poner todo lo que tenían: su fe, su deseo de lucha, sus ganas de sobrevivir.  Así, día a día buscaron formas de vivir dignamente. Unos se acomodaron en su pequeña casa sin terminar de construir, otros en un pequeño cuarto de la casa de un familiar, otros alquilaron un apartamento humilde y se enfrentaron a la realidad de buscar empleo.

El tiempo corrió sin prisa pero sin detenerse, y los días, meses y años fraguaron la vida de las personas retornadas. Los sueños, las ilusiones, los deseos para pocas personas se tornaron realidades, y la vida tomó otro matiz; las familias se recondujeron a su senda de antaño, antes de volar a España, el empleo anhelado llegó, los hijos/as continuaron sus estudios sin mayores contratiempos. En resumen,  la vida normalizada llegó al hogar. En cambio, para otras familias parece que las dificultades y el dolor era parte intrínseca de ellas; no han logrado encontrar trabajo ni estabilizar sus vidas. Los ofrecimientos y leyes del gobierno no se han concretado en acciones objetivas que beneficien a los retornados/as; la pesadilla continúa.  Es muy común recibir correos electrónicos y mensajes a través de las redes sociales, solicitando información sobre la situación económica de España, preguntando si ha mejorado, si hay trabajo; ya que en su mente nuevamente navega la idea de regresar, de volver a migrar.

Solo les queda como única alternativa volver a migrar o quizá retornar al lugar del que un día se fueron…, cuando les asalta como un destello de luz la duda de la  pertenencia a un país o a otro… No saben si son de aquí o de allí, si pertenecen a este o a aquel país; pero la duda solo se tiene por unos segundos.  Cuando el pensamiento es más sosegado, encuentran en su mente y corazón pensamientos y sentimientos positivos y otros encontrados hacia los dos lugares. Es evidente que aman los dos lugares, que sienten pertenecer a los dos países, que sus raíces están abrazadas a las dos tierras.

Los seres humanos se movilizan por distintas causas: unos en busca de una mejor  situación económica, otros huyen de las guerras, otros escapan a los desastres naturales. En Ecuador se han conjugado dos situaciones: una, la crisis económica (crisis del petróleo) y la otra el último terremoto de 7,8º en la escala de Richter que asoló a 7 provincias.  Este desastre natural afectó a miles de ecuatorianos, entre ellos cientos de inmigrantes retornados, dejando como resultado la destrucción de puertos pesqueros, edificios, viviendas, fábricas, escuelas, hospitales, carreteras, puentes y lo que es más, centenares de muertos, heridos, desaparecidos, niños y niñas huérfanos/as.  Frente a este hecho no pocas personas echan la mirada a Europa, buscando vida digna, ya que lo han perdido todo. Solo les queda volver a migrar o quizá están regresando al país que también les pertenece. Por ello quieren retornar con nuevas esperanzas, soñando que esta vez sí habrá un buen amanecer, deseando un buen despertar en el que todos y todas nos reconozcamos como hermanos, hijos de un mismo Dios, porque Dios es Padre mío y tuyo,  porque es Padre nuestro, y ustedes y nosotros somos hermanos, y los hermanos se ayudan, se apoyan, se respetan y se aman.

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