Reflexión: ¿Qué es eso de la Espiritualidad?

Jesús Bonet

Somos buscadores de sentido, de significado existencial para la vida. En medio de la estrechez y los agobios, necesitamos anchura, respiración profunda de aire sano, silencio, encuentro con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con lo transcendente. Por ahí va la espiritualidad, aunque no todo lo que se presenta como tal es espiritualidad: sin compromiso, la espiritualidad es teoría.

Buscadores de sentido

            Hasta hace poco, la palabra espiritualidad provocaba en muchos una sospecha de ser algo relacionado con el mundo religioso y con la falta de contacto con lo real. Pero resulta que el ser humano consciente, aunque prescinda de lo religioso, no quiere limitarse a sobrevivir ni a ser mero espectador de lo que acontece a su alrededor. Busca explicación y sentido de la realidad, conectar con el fondo de ella y saber quién es él mismo en relación con el todo.

            Tal vez por eso, hoy proliferan los foros, jornadas, cursos, talleres y seminarios de espiritualidad, y acuden a ellos gentes variopintas y con las más diversas motivaciones: búsqueda de sentido de la vida, de paz interior, de meditación, necesidad de silencio, hambre de contemplación, descubrimiento de auténticos valores, intento de llenar el vacío interior, huída del estrés, de la angustia y de la estrechez de un ambiente agitado, consumista, materialista e inmediatista… Las religiones tradicionales, en gran parte, y mientras estén más atentas a creencias y normas que al ser humano, no parece que estén en sintonía con esa búsqueda; de ahí que muchas personas sigan otros caminos.

Desde el aprieto a la anchura

            Estrictamente, no creo que pueda definirse la espiritualidad; de por sí, es algo sin límites, y definir es limitar. Pero hay algunos elementos en ella que siempre estarán presentes.

            En la lengua indoeuropea, de la que proceden muchas de nuestras lenguas, la raíz “sp” indica anchura. Esa raíz está en palabras como e-sp-acio, e-sp-eranza, e-sp-íritu y, por tanto, e-sp-iritualidad. La espiritualidad es, en primer lugar, anchura, posibilidad de re-sp-irar. Es lo contrario a lo que indica otra raíz indoeuropea, “angh”, que sugiere aprieto, estrechez, sofoco, agobio, y que encontramos, por ejemplo, en ang-osto, ang-inas, ang-ustia, an(g)-siedad: sensación de falta de aire.

            No es de extrañar, pues, que en una sociedad de aprieto, que corre ansiosamente sin saber hacia dónde y en la que parece que sólo vale lo que se toca, lo que se ve y lo que se compra, haya un deseo y una urgencia de detenerse a buscar aire, a encontrar anchura. Quizá sea éste el motivo profundo de esa revalorización de la espiritualidad.

La espiritualidad tiene valor porque las personas tenemos valor

            La espiritualidad es un viaje; no es un  depósito de verdades, dogmas, mandamientos y ritos. Es un viaje hacia horizontes de sentido que ni la ciencia ni el mercado ni los mil placeres inmediatos pueden ofrecer.  Si ese viaje es valioso para las personas es porque las personas somos valiosas y no queremos –o no deberíamos querer- que se nos compre a cualquier precio. Con palabras de Doyle, la espiritualidad es “la búsqueda del significado existencial” de cada persona.

Con ese e-sp-íritu afrontamos la realidad de la vida y somos capaces de transcender límites. Desde nuestro profundo pozo interior, podemos transcendernos a nosotros mismos y vivir de otro modo la realidad en su conjunto, la naturaleza, la vida de los otros y el misterio que nos envuelve y del que formamos parte. La espiritualidad es un modo de relacionarse con lo más hondo de la realidad, porque los seres humanos somos, al mismo tiempo, interioridad y transcendencia.

La espiritualidad no es sólo cuestión de eso que en nuestra cultura, marcada por la filosofía clásica griega, llamamos “alma”, sino de todo el ser humano, que incluye el cuerpo, la sensibilidad, las emociones, los sentimientos, los pensamientos, los símbolos, las experiencias y las conductas. Y todo ello insertado en la vida comunitaria y en la historia, empatizando tanto con el sufrimiento de las personas como con la fiesta, sin recrearse en una interioridad intimista y egoísta, porque eso no es espiritualidad.

No todo es espiritualidad ni todas las espiritualidades son iguales

            El objetivo de la espiritualidad no es eliminar la ansiedad en la vida; la espiritualidad no es únicamente una terapia, aunque tiene mucho de terapéutico el hecho de aprender a interiorizar y a transcender. Pero quien sólo busca una terapia, seguramente se equivoca.

            Por eso, cualquier cosa no es espiritualidad. Las ideologías, los modos de pensar, el folclore y muchas costumbres religiosas, las oraciones mecánicas, los rituales encaminados a obtener de modo cuasimágico unos beneficios o a evitar el sentimiento de culpa… tienen poco que ver con la espiritualidad. Lo mismo sucede con las pseudoespiritualidades a las que sólo interesa la búsqueda de una paz interior individual cómoda, un bienestar emocional sin compromiso, sin conflicto, sin apertura a lo comunitario.

Dudo mucho de que haya espiritualidad de verdad donde no hay sentido de la compasión, de la misericordia, de la lucha por la justicia, del cuidado de las personas y de la Tierra.

En cualquier caso, hay muchos caminos de espiritualidad. No sólo los que aprendemos de las culturas orientales, a los que podemos incorporar, o no, otros caminos de espiritualidad que están en el patrimonio occidental, sino que dentro de unos y otros existen variedades, porque el ser humano es muy plural.

Si todas las espiritualidades no son iguales es porque el horizonte último de cada espiritualidad es lo que le da su marca de identidad. Por eso, hay espiritualidades que transcienden la muerte, la realidad tangible, lo humano, y entienden que la realidad tiene una dimensión religiosa, con un reconocimiento explícito de ese misterio al que llamamos “Dios”, y otras espiritualidades laicas que no tienen eso en cuenta y se centran más bien en esta forma de vida sin ninguna transcendencia religiosa. Es cada persona la que opta por un modo u otro de espiritualidad. Lo que importa es que sea una verdadera espiritualidad, en la línea de lo que he escrito más arriba.

Una última idea: las religiones se han presentado siempre, entre otras cosas, como espiritualidades, pero, en su conjunto, se han quedado estancadas en sus creencias, normas y ritos. Mucho tienen que evolucionar si quieren decir algo al ser humano de hoy y del futuro, porque la verdad es que podrían tener mucho que ofrecer.

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