Reflexión: Los inevitables dioses

Podemos llegar a una sociedad laica, pero creo imposible que lleguemos a una sociedad sin dioses. Pueden ser los dioses más diferentes, pero ahí están todos, señalándoles su camino a los seres humanos. Caminos que pueden llevar a la hecatombe. Nuestra tarea es seguir el camino de Jesús, un camino de salvación.

Una sociedad laica no quiere decir sociedad no creyente, agnóstica o atea. Define a una sociedad que no se rige por los principios de ninguna religión concreta, se funda en una ética humana, que se pretende ética universal, aceptada por todos. En esta sociedad, cada persona es libre de practicar o no la religión que desee, lo mismo en privado que en público, pero sin pretender imponer nada a los demás u obtener privilegios del Estado. Esa es la laicidad que defendemos.

Hay un cierto fundamentalismo ateo al que le gustaría llegar a un laicismo que entrañara un rechazo del fenómeno religioso, pero lo tiene bastante difícil. Desde los albores de la humanidad, los seres humanos se han sentido envueltos en algo numinoso que les superaba. La grandeza de la naturaleza, la maravilla de la vida, el misterio de la existencia, les ha llevado a pensar en unos seres superiores de los que todo dependía, las tormentas y las cosechas, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte.

Con la evolución de la humanidad esas creencias se han ido depurando, cayó el panteón de la mitología clásica y los dioses bárbaros de los pueblos germánicos. En todo Occidente y Oriente Medio se impusieron abrumadoramente las grandes religiones  monoteístas con un Dios absolutamente otro que da el ser a todos los seres. Pero también llegó la época del ateísmo. Algo que a lo largo de los siglos había sido totalmente marginal, toma carta de naturaleza con la explosión del conocimiento científico y el racionalismo filosófico.

De todas maneras la población oficialmente creyente sigue siendo claramente mayoritaria. Los cálculos sobre el número de cristianos en el mundo oscilan entre 1.700 millones y 2.180 millones. Según datos de la ONU, el número de musulmanes supera los 1.600 millones, y creciendo. Los seguidores del hinduismo se acercan a los 1.000 millones, y cálculos más bien restrictivos para el número de budistas dan entre 200 y 300 millones. A este número hay que añadirle las religiones tradicionales de China y Japón, más un buen número de otras religiones muy minoritarias, pero que, muchas veces, cuentan con fieles muy convencidos. Los intentos realizados el siglo pasado para construir una sociedad oficialmente atea han fracasado ruidosamente. La Unión Soviética lo intentó y ya hemos visto su final.

En Europa occidental es donde se está produciendo una caída acelerada de la religiosidad tradicional. Y lo que crece en mayor medida no es el ateísmo radical, ni siquiera el agnosticismo, sino una indiferencia total ante el fenómeno religioso. Sigue existiendo en ciertos ambientes un anticlericalismo y ateísmo furibundos, pero es algo bastante minoritario. Simplemente se pasa de lo religioso. En España, un 53% de los jóvenes menores de 25 años se considera no creyente.

Desde luego, no creen en el Dios que tradicionalmente ha presentado la Iglesia, pero ¿no creen en nada? ¿Se puede quedar el ser humano sin una creencia que dé sentido a su vida? En el siglo pasado vimos ideologías políticas que, para millones de personas, tenían un valor transcendente. El comunismo, con el sueño de la nueva sociedad, y el nazismo, con el culto a la nación, a la raza, con el seguimiento ciego al líder. Tenían un carácter verdaderamente religioso, aunque su fe no fuera en un Dios transcendente.

Y hoy está clarísimo cuál es el dios verdadero de la sociedad capitalista. El clamor de los musulmanes: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”, ha sido sustituido por la profesión de fe capitalista: “No hay más dios que el Dinero y el Mercado es su profeta”. A ese Dios se le ofrecen sacrificios humanos en una cantidad inimaginable en la historia de la humanidad. De él se espera la felicidad, la seguridad ante cualquier contingencia. Para alcanzar el favor de ese dios se pelea duramente hasta con los propios hermanos. ‘Competencia’ le llaman, y dicen sus sumos sacerdotes  que eso es lo que nos permite gozar cada vez más del favor divino. Se le da culto con una fe ciega, ciega y sorda a lo que dicen la psicología y la sociología de que una riqueza descomunal no hace aumentar la felicidad, insensible a los avisos de los científicos de que nos encaminamos a un colapso medioambiental.

No podemos enfrentarnos a ese dios con una aséptica laicidad ni con la pretensión de conseguir un bienestar burgués para todos. Sólo nos podemos enfrentar abrazando la confianza de los primeros discípulos en Jesús muerto y resucitado, el que había dicho:  “No podéis servir a Dios y a la riqueza”. De unos discípulos que se lanzaron al mundo con la tremenda ilusión que Jesús les había transmitido: Convertíos y creed en la Buena Noticia de que Otro Mundo es posible.

Antonio Zugasti

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