Reflexión: Las personas de un colectivo sospechoso: LGTBIQ.

Reflexión: Las personas de un colectivo sospechoso: LGTBIQ.

Una experiencia personal.

Javier Martínez Andrade.

Nací en 1961. En esa época no se hablaba de personas LGTBIQ, sino de maricones, tortilleras, travestis, afeminados, desviados,… y en el DSM y Manuales de Psiquiatría la homosexualidad estaba considerada una enfermedad mental; así que era complicado lo de tener “referentes” y, por supuesto, lo de contárselo a nadie, ni en broma, porque en el mejor de los casos se recomendaba visita al psiquiatra y terapia de electroshock.

¿Qué opciones tuve cuando me di cuenta de que mi atracción sexual no era hacia las mujeres, como se esperaba de mí, sino hacia los hombres? Eso fue allá por mis 15 años. Pues no hice nada más que callar y guardar en lo profundo de mí ese “enorme y oscuro secreto”.  

Así lo vivía yo.

Eso implicaría que iba a crecer ocultándome tanto a mí como a los demás un parte de mí mismo. Pero no era solo una parte de mí, sino mi esencia, algo que tardé muchos años en descubrir y que tuvo muchas implicaciones en mi vida a la hora de tomar decisiones y sobre todo de “vivir”

¿Por qué no se puede vivir en plenitud sin ser uno mismo? Con la perspectiva que dan los años tomé conciencia de que no, de que no se puede vivir en plenitud sin ser uno mismo, manteniendo en el armario la esencia de uno mismo, pues esa ocultación acaba generando un dinámica de vivir pendiente de la opinión, del beneplácito de los demás, de necesitar la aprobación del otro incluso en la más pequeña de las decisiones y, por supuesto, “que no se notase”. Con lo cual, hasta más allá de los treinta años fui e hice lo que yo pensaba que los demás esperaban de mí. Complicado.

Un cambio radical

Cuando tomé conciencia de que ser gay no era sólo una parte mí, sino que ser gay para mí era ser “yo”, cambió radicalmente mi vida; me la replanteé de nuevo en todos los ámbitos: personal, laboral y religioso. Y así, a los 37 años empecé a vivir en plenitud, como diría S. Ireneo. Comencé entonces un camino de deconstrucción y a la vez de construcción. Empecé a ser un adulto LGTBIQ sin haberlo sido de  niño, adolescente y joven. Y, para enlazar con el título, fue entonces cuando dejé de sentirme parte de un “colectivo sospechoso” para ser parte de un colectivo “orgulloso”.

Desde mi experiencia personal, considero esencial que las nuevas generaciones tengan referentes LGTBIQ, que puedan hablar y ser escuchadas sobre lo que sienten, lo que viven, sin ser juzgadas y, menos, condenadas. Es verdad que podemos hablar de una igualdad legal, pero todavía queda mucho para lograr una igualdad social, cuando ser LGTBIQ no sea tema de conversación ni motivo de explicación.

Hay que cuidar el Arcoiris

¿Y a todas y todos que podáis leer este artículo? Pues sigamos construyendo un mundo en el que la diversidad y pluralidad sea un don, un regalo. Cuidemos del Arcoiris y seamos conscientes de que vivimos un momento complicado con proliferación de discursos de odio hacia lo diferente, lo desconocido, un retroceso en los derechos conseguidos en estos últimos años. Que no vuelva a coger fuerza el modelo de sociedad heteropatriarcal, con todo lo que esto implicaría en especial para las mujeres y las personas LGTBIQ, modelo heteropatriarcal apoyado por los discursos de la Jerarquía Católica, muy alejado, pero mucho, del discurso de igualdad del Evangelio de Jesús de Nazaret.

2 comentarios

  1. Para los que ya te conocemos,
    no encontramos nada nuevo ni excepcional pero muchas gracias por contarlo tan clarito y, sobre todo, aquí en tu casa de UTOPÍA.
    Gracias Javier

  2. Gracias por tu valentía!

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