Reflexión: Inteligencia natural e inteligencia artificial

La inteligencia artificial puede alcanzar resultados asombrosos, pero mandar, manda la inteligencia natural.

Antonio Zugasti

 Isaac Asimov, uno de los más famosos autores de ciencia ficción, en su novela “Yo, robot” imagina unas leyes de la robótica, las que rigen el comportamiento de unos robots que, con una capacidad muy superior a la humana, realizan la mayor parte de los trabajos necesarios en unas sociedades con gran desarrollo tecnológico. Estas leyes impresas en los circuitos de todos los robots establecen lo siguiente:Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Por contraste, numerosas obras -de ciencia ficción, literarias o cinematográficas-  nos presentan distopías en las que unos robots, que no están sometidos a esas leyes, se alzan contra la especie humana hasta ponerla al borde de la extinción. Pero si en realidad la humanidad llegara al borde de la extinción, no sería culpa de los robots, sino de los constructores de robots.

Un robot es la más refinada plasmación de la inteligencia artificial, pero no pasa de ser una inteligencia instrumental que, en ciertos aspectos, puede ser muy superior a la humana, pero siempre orientada a realizar la tarea para la que ha sido programada. Las leyes de la robótica no han sido dictadas por una inteligencia artificial, sino por una inteligencia humana. Y el robot asesino también es una obra humana.

Hoy se habla mucho de Big data. Buscando en internet el significado de este término, lo primero que encuentro es este párrafo:

“Big Data es un término que describe el gran volumen de datos, tanto estructurados como no estructurados, que inundan los negocios cada día. Pero no es la cantidad de datos lo que es importante. Lo que importa con el Big Data es lo que las organizaciones hacen con los datos”.

Ahí está el quid de la cuestión: la inteligencia artificial no decide sus objetivos; la inteligencia natural sí. Los objetivos que persigue la inteligencia natural con el empleo de esos complejos, los sistemas informáticos, que llegamos a denominar inteligentes, pueden ser unos objetivos muy positivos, que ayuden a conseguir un mundo en que los seres humanos vivamos en armonía entre nosotros y con la naturaleza, o unos objetivos claramente negativos, que faciliten una explotación ignominiosa de la mayor parte de la humanidad en favor de los grupos privilegiados que dominan esa tecnología y, además, una explotación insensata de la naturaleza, que provoque el colapso de la vida humana en el planeta Tierra.

Está claro que la decisión última está en manos de la inteligencia natural y también debemos de ser conscientes de que la motivación última de los seres humanos es la opción ética de cada persona, mientras que la inteligencia artificial no tiene nada que ver con la ética. Y la realidad es que sin una opción ética la vida humana se puede convertir en un infierno en que el fuego esté atizado por una inteligencia artificial insensible a los efectos que su aplicación puede causar. En cambio, la inteligencia natural humana, guiada por una opción ética radical, podría conseguir que las potencialidades de la inteligencia artificial se emplearan para el bienestar de todos los seres humanos.

Desgraciadamente, hoy domina en el mundo un sistema, el capitalismo, que está en abierta contradicción con la norma ética más fundamental de la especie humana: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. El capitalismo empuja a buscar el máximo enriquecimiento, aunque eso suponga la miseria de muchos.

Y en nuestros días la ética no puede olvidar el problema ecológico –que no es la inteligencia artificial la que lo va a resolver–. El cuidado de nuestra casa común,  evitar un cambio climático catastrófico y preservar un medio ambiente sano, no sólo para nosotros sino para las generaciones futuras. Ya hoy muchos pueblos del tercer mundo sufren las consecuencias del deterioro ambiental y se ven forzados a emigrar en condiciones penosas, pero todas las previsiones de los científicos nos avisan de las desastrosas consecuencias que para todos puede tener el estilo de vida, la forma  de producir y consumir a la que nos empuja el capitalismo. La ética también nos obliga a luchar para defender un planeta vivo, una biosfera acogedora para todos.  

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