Reflexión: Evangelio en una sociedad plural

Evaristo Villar

           Ante la diversidad social, el Evangelio siempre puede ofrecer una buena base moral y política para el diálogo; pero, en momentos de retorno e incertidumbre como los que estamos viviendo, está llamado a proyectar “espacios de esperanza”

Una sociedad variopinta. Cuando salgo de mi mismo y abro los ojos me encuentro con una rica variedad de rostros.  En mi propia casa y en la calle, en el transporte público y en la escuela, en los centros de sanidad y deportivos…  Son gentes con diverso color de piel, que  hablan lenguas que no siempre comprendo, que piensan y sienten de modo distinto y practican costumbres y tradiciones de otros lugares y que representan otros valores. Me encuentro también con adeptos a otras religiones y de  ninguna religión… La sociedad  donde vivo  es muy variopinta.

Y convivir con tanta diversidad no siempre me resulta fácil. Aunque lo quiera, no puedo vivir aislado. Pero la mucha diversidad llega, a veces, a cansarme. No está en mis manos liberarme de ella como de una prenda que te molesta. Tampoco saldría ganando,  porque, como dejó dicho Gandhi, “ninguna cultura puede vivir si intenta ser exclusiva”, La verdad es que tanta diversidad me pone ante el doble reto de sacrificarla en aras de la pureza identitaria, o bien  de asumir alguna forma de mestizaje.

Entre la confusión de Babel y la interculturalidad de Pentecostés. Sé muy bien que no soy el primero en tener que afrontar este dilema. Entre la confusión de lenguas de la Torre de Babel y la comprensión intercultural del relato de Pentecostés, los episodios se encadenan para mostrarme  que mis antepasados también tuvieron que enfrentarse al mismo reto. Los dos que siguen me parecen bien expresivos.

El primero siempre me ha llamado la atención por la época en que ocurrió, en la  que el homo sapiens  era un pelín más bruto —con perdón—.  Me refiero al modo de convivencia alcanzada entre las tres “culturas del libro”, herederas del monoteísmo y de la tradición grecorromana. Ocurrió en la alta Edad Media en la Córdoba andalusí. Los científicos cordobeses —el judío Maimónides y el musulmán Averroes— lograron expresar la coexistencia entre lo universal y lo particular en esta fórmula, “la justa medida”. ¡Y así vivieron en paz!

El segundo se refiere a la famosa Controversia de Valladolid, objeto  de un fecundo debate intelectual sobre la naturaleza de los indios. Durante dos años se discutió académicamente en Valladolid sobre si, “por ser indias”, aquellas gentes debían someterse a los españoles, como argumentaba Juan Ginés de Sepúlveda; o, “por ser de igual naturaleza”, como defendió ardientemente Fray Bartolomé de la Casas, se debía dejarlos en paz y abandonar la conquista… ¡Y pasados casi cinco siglos, seguimos sin encontrar aun una respuesta satisfactoria!

Me parece clarividente, a este propósito, la propuesta que hizo el Dalai Lama en 1997 ante el Foro 2000  en Praga: La realidad hoy es que todos somos interdependientes y tenemos que coexistir en este pequeño planeta. Por lo tanto, la única forma sensata e inteligente de resolver las diferencias y los choques de intereses, ya sea entre individuos o entre países, es mediante el diálogo. La promoción de una cultura del diálogo y de la no violencia para el futuro de la humanidad es una importante tarea de la comunidad internacional”. (Cfr. Ramin Jahanbegloo, Elogio de la diversidad, Arcadia 2007).

Una propuesta moral y política para el diálogo. Me pregunto ahora qué puede aportar el Evangelio,  en una sociedad tan diversa y plural como la nuestra, a la cultura del diálogo que propone el Dalai Lama. E inmediatamente me viene a la mente esa vinculación indisociable  que establece Mateo entre la ética de las bienaventuranzas y el juicio político de las naciones (Mt 5 y 25). Actualmente marchan disociadas. Pero, si fuéramos capaces de unirlas, comenzando desde abajo — desde los pobres, como señalan ambos relatos—, tendríamos un “código moral”  suficientemente universal como para llenar de contenido el diálogo cultural.

Primereos de la Buena Noticia. Esto está bien. Pero presiento que la mejor aportación que el Evangelio puede hacer a nuestra sociedad, en momentos de gran incertidumbre y retorno sociopolítico como el que estamos atravesando, está en algo que primerea: en algo que nos invite a soñar, que nos ayude a “proyectar espacios de esperanza”.  Se trata, en definitiva, de suscitar ilusión por un “nuevo comienzo”, de dibujar  nuevas utopías con vocación tópica. Ninguna sociedad puede vivir sin utopías.

No fue otro el origen del Evangelio. Para Galilea, paso de caravanas y asentamiento de  migraciones, el evangelio fue una Buena Noticia. Un nuevo comienzo. Era cuestión de “rectificar” y de empeñarse.

Ante nuestra  falta de solución satisfactoria para la diversidad surgida con las  migraciones, el Evangelio, antes que nada, será un impulso para abrir nuevos espacios. Necesitamos bajar de la ofuscación de Babel y ensayar la inteligente ruta de Pentecostés.

Robert Müller, alto funcionario de la ONU, se imaginó el nacimiento de una civilización planetaria reescribiendo  los siete días del Génesis. El séptimo concluye de este modo: “Y vio Dios que los seres humanos recuperaban a Dios y a la persona humana como Alfa y Omega, reduciendo a las instituciones, creencias, políticas, gobiernos y demás entidades humanas a su papel de simples servidores de Dios y de los pueblos. Y Dios los vio adoptar como ley suprema aquella que dice: Amarás al Dios del universo con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu bello y maravilloso planeta y lo tratarás con infinito cuidado. Amarás a tus hermanos y hermanas humanos como te amas a ti mismo. No hay mandamientos mayores que estos. Y dijo Dios, “Eso es bueno”.

1 comentario

  1. Me parece muy interesante eso de que «Ninguna sociedad puede vivir sin utopías». Y realmente ¿tiene utopías la sociedad capitalista? Yo creo que no. Está obsesionada por la búsqueda ciega del beneficio inmediato. Por eso no podrá sobrevivir. El peligro es que se nos lleve por dealante a toda la humanidad.
    Pero lo malo es que tampoco tenga utopías ese espacio político que llamamos en general la izquierda. Me da la impresión de que más bien tiene «quimeras», objetivos ilusorios e imposibles. Y la quimera que hoy domina es la de «un capitalismo bueno». Una sociedad con una estructura y una cultura capitalista en la que disfrutemos todos de un «estado de bienestar», que, además, sea sostenible. Yo, la verdad, no veo en los discursos de nuestros políticos nada que vaya más allá del pasado «estado de bienestar» consolidado y generalizado. Y eso ¿es utopía o quimera?

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