Reflexión: Ética y Comercio con los sentimientos humanos

Jesús Bonet Navarro

Una necesidad: vivir con equilibrio interior, tener tiempo para disfrutar de la amistad, de la familia, de la conversación, de la naturaleza, de las aficiones,… sin estar siempre acelerados y cansados.

Un comercio con ellas: del mismo modo que en la cultura de la postverdad hay una industria muy rentable de creación de noticias falsas, existe un mercado en expansión en el que las emociones y sentimientos humanos son el centro del negocio; de él son víctimas no sólo los sectores menos formados de la sociedad sino también las personas supuestamente bien informadas y con buen nivel cultural.

Un mercado rentable

El sufrimiento de unas personas supone un gran beneficio para otras. Los mismos que inducen deseos y metas inalcanzables en la población ofrecen luego el supuesto remedio para el desajuste emocional que ellos han causado. Es un mecanismo económico igual al de las empresas que fabrican y venden minas antipersona, y luego fabrican y venden, a un precio mucho mayor, los instrumentos para detectarlas y desactivarlas.

No es difícil manejar, mediante una publicidad machacona, el horizonte de deseos de la gente, producir artificialmente estímulos e indicar respuestas, que luego terminan en una insatisfacción total, a veces fruto de un desequilibrio neurohormonal.

Y cuando uno está sufriendo, se agarra a cualquier clavo que le ofrecen como salvador, aunque ese clavo sea la dependencia de psicofármacos (ansiolíticos, antidepresivos, hipnóticos) -generadores de grandes resultados económicos para las multinacionales farmacéuticas- o terapias psicológicas caras que no siempre van al fondo del problema. Está claro que el comercio con las emociones y sentimientos humanos es muy rentable.

Terapias y terapeutas

            Los profesionales de la salud mental observamos que en el mercado con los sentimientos se proponen con frecuencia métodos y técnicas que originalmente tienen cientos y hasta miles de años de aplicación pero que, una vez que se les denomina con una etiqueta en inglés, pasan por ser el último invento de la modernidad. El aprendizaje de algunos de esos métodos, en principio válidos, se diluye muchas veces en unos talleres o cursos de pocos días o pocas horas y cuyo coste no es precisamente bajo, pero sin análisis ni seguimiento del caso de la persona, como si todo valiera para todo y como si la avería de un objeto se arreglara pintándolo de un nuevo color.

Al lado de esto, hay infinidad de individuos autotitulados psicoterapeutas de casi todo, que no tienen ninguna formación académica o, como mucho, han participado en algún cursillo (on-line o presencial) y que, por supuesto, no están colegiados en ningún colegio profesional sanitario. Por eso vemos con tanta frecuencia anuncios de supuestas terapias en los lugares más variados. Pero es que el negocio con los sentimientos, la debilidad o el sufrimiento de las personas es tan amplio, tan atractivo, tan fácil y con tanta rentabilidad a corto plazo que son muchas las moscas que se acercan al pastel.

Autoayudas y autoterapias

Otra parte del negocio lo constituyen los libros, conferencias y talleres de la denominada autoayuda presentes por todas partes. La autoayuda, igual que la ayuda recibida de otros, es, potencialmente, buena; necesaria, muchas veces. Pero bastantes de los libros de autoayuda (los hay de una calidad ínfima, escritos por el método de “corta y pega”) ofrecen un tipo de autoayuda que fomenta el individualismo y el desinterés por lo que ocurre alrededor y más allá del mundo reducido de quien lee el libro.

No es difícil encontrar personas que, después de entregarse casi compulsivamente a las lecturas y a los cursos de autoayuda, terminan sintiendo soledad, insolidaridad, frustración y agresividad hacia el exterior. Algunas decían: “cuando yo esté bien, entonces me preocuparé de los demás”; nunca encuentran el momento de estar bien, es decir, nunca encuentran el momento de darse a los demás.

Cuando la autoayuda o la autoterapia se reducen a métodos para estar uno mismo bien y no entran los demás en ese estar bien, es insana. Si la autoayuda aísla, aleja del compromiso con los otros y no tiene un fruto inmediato de apertura social, no es verdadera autoayuda: es un autocentramiento narcisista, aunque uno no se dé cuenta.

Y desde ese momento, se entra en el juego que conviene a quien saca beneficios de los agobios y dolores humanos; es decir, se entra de lleno en ese mercado que comercia con los sentimientos humanos y que tiene puestos de venta en todas partes. Los sentidos del homo sapiens –con terminología de Iván Illich- se han convertido en los del homo miserabilis, que es una mutación del homo oeconomicus; y el homo miserabilis es un ser humano infeliz.

¿Ética de ese mercado y de ese capitalismo emocional? Ninguna.

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