Reflexión. El mundo digital: Oportunidades para crecer y riesgo de desigualdades

Jesús Delgado Cisneros

El desarrollo cada vez más intensivo y extensivo de los sistemas digitales y plataformas de comunicación auguran una sociedad totalmente interconectada, pero con un riesgo cada vez mayor de acrecentar las desigualdades existentes y hacernos perder conocimientos.

Hoy en día, las personas vivimos en un mundo interconectado de manera casi automática gracias a los continuos avances científicos. Dichos desarrollos tecnológicos aplicados al campo de las ciencias de las telecomunicaciones y el manejo de datos, han permitido conectarse de manera inmediata con cualquier persona, sin importar ni su edad ni su condición ni tampoco su ubicación. Sí, actualmente nuestro mundo es casi una aldea global.  Tal implementación tecnológica nos ha permitido trabajar de una forma mucho más flexible, así como poder mantener la comunicación y la relación con otras personas, aunque estén muy lejos de nosotros. Dichas mejoras se han sustanciado en una mayor y mejor capacidad de comunicación, en una mayor rapidez en la toma de decisiones y en las respuestas comerciales y personales y en el logro de unos ahorros muy importantes y cuantiosos por cuanto se han evitado multitud de desplazamientos. Para apreciar la profundidad de los adelantos, bástense aquí exponer dos ejemplos:  en tiempos de nuestros abuelos la comunicación comercial y personal se realizaba mediante el franqueo de cartas, operativa que demoraba las respuestas y la llegada de las noticias días o incluso semanas, y, en tiempos de nuestros padres, la televisión aún no estaba muy desarrollada ni extendida y las telecomunicaciones vía satélite resultaban onerosas.

La comunicación, deprisa, deprisa…

Todo lo anteriormente narrado nos invita a ser optimistas, a dar por enteramente positivos todos estos avances, así cómo todos aquellos que están por llegar. Disponer en un terminal de ordenador o en un teléfono móvil una capacidad de comunicación tan potente no deja de sorprendernos. Hoy en día un móvil es, a la vez, un teléfono, un pequeño ordenador, una cámara fotográfica, un reproductor de música e imagen, una calculadora, en fin, tecnologías que nos permiten caminar, como sociedad, más deprisa y hacerlo con más compañía a nuestro lado. Gracias a plataformas de comunicación instantánea como Telegram, Instagram, Whatsapp y otras, la información sobre lo que ocurre en cualquier parte del mundo fluye al momento y no hay lugar ni para la soledad ni para la pobreza.

La exclusión si no conoces el medio

Pero lo hasta aquí contado es la cara bonita de todos estos avances. Sí, existe la otra cara de la moneda, la cara oscura y que tantas veces no es ni advertida ni detectada por la mayoría de la sociedad. Por desgracia, no todo el mundo dispone de ingresos suficientes para comprar un ordenador o un móvil con todas las capacidades actuales. Otras veces no es la falta de dinero, sino la falta de conocimientos la que impide a parte de la sociedad poder mantener el paso de ésta. Todos conocemos casos de personas mayores incapaces de poder manejarse con el correo electrónico o sacar dinero de un cajero automático o comunicarse con la administración, el banco o su médico de manera telemática. En ambos casos, bien por falta de dinero o bien por carecer de conocimientos (analfabetismo digital), cada vez más personas se ven expulsadas de una sociedad que, quizá, esté avanzando demasiado deprisa y dejando fuera a un número excesivo de ciudadanos.

El analfabetismo digital fuente de exclusión

Existe otro punto dentro de esa cara oculta de los avances y es la pérdida de habilidades y capacidades. Seamos claros, cuando determinados cálculos, operaciones y operativas se automatizan por el uso de la informática, calculadores, electrodomésticos inteligentes, etc.., los usuarios, es decir, todos nosotros, podemos, sin advertirlo, perder determinadas capacidades cognitivas por falta de uso. Por otra parte, cuando nos comunicamos a través de las redes sociales, demasiadas veces y por economía de tiempo utilizamos expresiones, abreviaturas, símbolos, dibujos o emoticonos que poco tienen que ver con el uso de un lenguaje claro, conciso y con suficiente riqueza léxica. Es decir, puede que, sin saberlo, estemos perdiendo poco a poco todas esas facultades intelectuales que nos han traído hasta aquí y se esté construyendo una sociedad de usuarios incapaces de razonar o reflexionar sobre lo que hacen, dicen o escriben. Es posible que ya se esté sufriendo una cierta pérdida de capacidad o coeficiente intelectual como así lo atestiguan algunos estudios recientes al respecto. Todo ello determina un más que posible futuro menos dorado del esperado, pues en él sólo una minoría sería la beneficiada de todos los avances, en detrimento de una mayoría analfabeta a nivel digital lo que nos llevaría a un mundo con una brecha social más grande y, quizás, insalvable.

El modo de solucionar o paliar dicho incremento de las desigualdades sociales sólo puede acometerse desde los poderes públicos a través de actuaciones educativas activas e iniciativas de formación en las nuevas tecnologías. Los logros de dichas políticas podrían ser altos e inmediatos si se utilizasen canales tan sencillos y conocidos como las bibliotecas públicas. Además, dichas políticas crearían nuevos puestos de trabajo, elevarían el espíritu positivo de las personas al comprobar que el sistema trabaja por ellos y se reduciría la brecha social.

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