Reflexión: Doble vara de medir para las personas inmigrantes

Reflexión: Doble vara de medir para las personas inmigrantes.               

 Luis Pernía Ibáñez  (CCP Antequera).

A lo mejor, es que hay inmigrantes de primera e inmigrantes de segunda.

Aquí, cerca de casa, en el dispositivo habilitado en Málaga para recibir a inmigrantes ucranianos, celebramos cómo la policía lleva a cabo un mecanismo “rápido y sencillo” para dar papeles a los refugiados de la invasión rusa; pero a corta distancia, quizá 300 metros, en un centro cedido a la Cruz Roja para inmigrantes africanos, la entrega de documentación se hace eterna, a pesar de que muchos de ellos vienen de otras guerras, como las que sufren Sudán, Malí, República Centroafricana y otros infiernos,  obviando que a estos jóvenes se les conceda la autorización de residencia por razones humanitarias, en aplicación de manera flexible del artículo 126.3 del Reglamento de Extranjería, que sugiere otorgar este tipo de autorizaciones a aquellos extranjeros que no puedan volver a su país a tramitar el visado correspondiente por las circunstancias que viven esos países.

Una doble vara de medir

La acogida que se está haciendo de las personas procedentes de Ucrania está siendo inédita, entre otras cosas, porque es la primera vez que las autoridades europeas activan la Directiva de Protección Temporaluna norma creada a raíz de la guerra de la antigua Yugoslavia, que nunca se había puesto en marcha y que ofrece “protección inmediata y un estatus legal claro con acceso a la vivienda, al mercado laboral, a la atención médica, a los derechos sociales y a la escuela para los niños”. 

En la perplejidad de esta doble vara de medir, caía en mis manos una carta de Monseñor Agrelo, arzobispo emérito de Tánger, que decía: “Todos hemos visto que Europa abrió sus fronteras; pero que nadie me pida discernir si se trata de una Europa que se despierta solidaria con los necesitados…porque en la misma semana, en los mismos días, en la frontera de Melilla, rechazamos sin piedad a hermanos nuestros que huyen de otras guerras, de otros horrores, de otros sin vivir”.

Hay refugiados de otras guerras

No cabe duda de que es admirable el despliegue de generosidad y compasión con que Europa se ha volcado con los refugiados ucranianos. No sólo la Unión Europea y los diversos organismos gubernamentales, sino también iniciativas municipales, vecinales y particulares, haciendo un esfuerzo para el envío de camiones con alimentos, ropa o medicinas a las fronteras de Ucrania con Polonia, Rumanía o Moldavia.

Lo que ya no resulta tan admirable es la tibieza que la Unión Europea  ha mostrado con docenas de miles de refugiados de otras guerras y de otros continentes, la tranquilidad con que bosteza ante los repetidos naufragios de las embarcaciones que se atreven a cruzar el Mediterráneo, la pachorra con que plantea indescifrables telarañas burocráticas a los afortunados que logran poner pie en Europa, la indiferencia con que asiste al infierno helado de los campamentos turcos y griegos, donde los niños mueren de hambre y frío.

Hay otras guerras que no vemos por la tele

Debe de ser que Ucrania cae más cerca que Siria, que Sudán, que Yemen o que cualquiera de esas guerras terroríficas que asolan África y Oriente Medio desde hace años, algunas desde hace décadas. Debe de ser que no vemos esas guerras por la tele, comentadas a todas horas por los mismos tertulianos que antes estaban hablando de volcanes o pandemias, publicitadas a todas horas mediante imágenes escalofriantes que en ocasiones están tomadas de otros conflictos o incluso de un videojuego, mientras que nunca vemos las ráfagas de ametralladora en las selvas africanas, ni los hogares destruidos en Yemen, ni los cuerpos golpeados de esos jóvenes africanos que intentan saltar la valla de Melilla. Debe de ser que los ucranianos se parecen más a nosotros, tienen la piel blanca y no son negros ni musulmanes. A lo mejor es porque hay refugiados de primera y de segunda.

Refugees welcome?

Nos preguntamos, pues, por qué no se actúa igual con el resto de los refugiados e inmigrantes, provenientes de otros países en conflicto, como sirios, palestinos, saharauis, yemeníes o subsaharianos. ¿No tienen la misma dignidad, independientemente de su nacionalidad, cultura o religión? A los ucranianos se les ayuda a desplazarse y se les procura lo necesario para vivir y realojarse, sin embargo al resto no se les trata igual. ¿Diferente vara de medir? De hecho Almeida se ofreció a acoger en Madrid a los ucranianos que hiciera falta, cuando hace sólo unos años criticaba el cartel de bienvenida con que Carmena recibía a otro tipo de refugiados. O que Polonia también ha cambiado abriendo sus fronteras a la llegada de miles de ucranianos, cuando hace sólo unos meses docenas de migrantes sirios y afganos murieron congelados en los bosques al intentar cruzar la frontera polaca.

Es triste constatar que la solidaridad, la cooperación y la compasión acaban ante cierta tonalidad de la piel, cierto sesgo ideológico o ciertas creencias religiosas, lo mismo que el interés informativo por unas guerras que merecen portadas, primeras planas y reportajes a todas horas, y la apatía por otras que importan menos que una romería de mayo.

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